Revelaciones homéricas

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La soledad solía angustiarle al principio. Pero después se calmaba con uno de esos ejercicios, probablemente placebos, de los budistas. Cuando su alma ya estaba tranquila, y los latidos de su corazón se confundían con la brisa matutina, empezó a caminar grácilmente por el camino.

Camino en el bosque
Foto: No soy bueno escribiendo

Se encontraba en un camino estrecho, por el que apenas cabían dos personas más a su lado. Pero en ese momento no hacían falta personas, no hacían falta otras perspectivas; era el momento de la meditación. El joven Abril caminaba a paso lento, no tanto por la oscuridad que infundía miedo a su alma, como por no molestar a sus cavilaciones, que se dispersaban por el mínimo esfuerzo físico. A la derecha una hilera incesante de acacias se mecía con dulce movimiento. Sin duda es el viento –pensó- quien avisa a las acacias para que no me sean hostiles. A izquierda el panorama era más abstruso; incontables zarzos intrincaban la pretendida homogeneidad de un bosque que rompía el tópico infantil de los bosques. Aquel bosque era diferente; no era una vasta prolongación de árboles similares, sino que tenía unas zonas más nobles, mientras que otras eran feas y no merecían la atención de unos ojos solitarios.

Consternado por esta falsa apariencia de los bosques, cogió una rosa atrevida que parecía rebelarse contra todas sus amigas. Suavemente se la acercó y su aroma lo infundió de un algo inexplicable. Solía pasarle eso mismo con otros placeres. No sabía por qué existían. De hecho oler una rosa o escuchar a Beethoven no eran cosas necesarias para vivir, aunque, y esto llegaba a su cabeza con cada fruición inesperada, había ciertos momentos en los que sentía morir de desesperación si no conseguía diluir un deseo.

Abril llegó a la conclusión de que aquello era un verdadero bosque. Pero cuanto más pensaba en lo que le habían dicho en la escuela y en lo que había leído en libros y visto en películas, más se convencía de que en verdad el terreno que pisaba retaba seriamente a los otros bosques. Aquel bosque no era ni a lo sumo parecido a los otros bosques; era laberíntico, no se apreciaban búhos, y además se alternaban zonas áridas con otras infestadas de acacias. Abril dudó por un instante de que los otros bosques sí que cumplieran las características que comúnmente se le atribuyen al “bosque”. “Algún día habré de hacer un viaje al cielo platónico, porque esta duda existencial no me deja esclarecer mis pensamientos”.

El mundo inteligible era bastante inalcanzable, por eso Abril sintió rabia al descubrir que lo habían engañado. No existía ningún bosque en ningún sitio, y mucho menos aún todas las cosas que se puedan derivar de la idea de bosque. Más bien el “bosque” es un lugar que responde a ciertas necesidades de los humanos. El problema reside en creer que verdaderamente existe un recinto poblado de hadas y brujos encantadores, donde podemos acudir para hacer un alto en nuestra vida y rendirnos ante la inefable sabiduría humana. Entiéndase por inefable la no-posibilidad de un conocimiento certero de la realidad. “No se puede intentar validar el conocimiento de una realidad que ha sido nombrada y explicada por nosotros mismos y nuestra subjetividad” pensaba Abril “a mi modo de ver es como si un jugador de apuestas pudiera modelar el destino y ajustarlo al resultado que él ha predicho”.

Abril sentíase un héroe y podía llegar a compararse en sus momentos de mayor lucidez y arrogancia con el valiente Odiseo, quien venció a la maldad con astucia y obtuvo reconocimiento perpetuo. “La moral de los hombres nunca dejará de ser heroica, porque en cada uno de nosotros viven cautivadas mil ansias de eternidad. No nos equivoquemos, y no pensemos que hayamos cambiado tanto desde esos tiempos griegos. Todos anhelamos en algún momento la eternidad, algunos incluso la anhelan constantemente. Todos queremos ser héroes, la diferencia es que algunos lo intentan a partir de lo ya hecho. Los filósofos nadan a contracorriente, y su voluntad de eternidad es tenaz, abigarrada y sangrienta, y consiste en negar lo eterno, la esencia, lo inmutable; todo eso creado para legitimar un conocimiento demasiado oscuro”.

Conforme iba avanzando se alejaba más del pueblo; símbolo perfecto del engaño cultural. Ciertamente, para Abril en su pueblo se concentraba la gran falacia de la humanidad, trazada por la humanidad misma y que ha tenido en pocos humanos sus únicos detractores. “Los filósofos son niños eternos que han podido ver un poco de luz en una oscuridad cegadora”. Abril tenía guardada en su alma una gran aflicción, motivada por su ira hacia el pueblo. Ello es por los prejuicios decimonónicos que se procesaban por sus calles y sus habitantes. Si alguien descubría que un ciudadano, y menos de quince años, había tomado rutas peligrosas por las montañas colindantes, el infractor quedaba cuanto menos en consideración de loco o miserable. Además podía pagar su imprudencia con los azotes de su madre o una semana de servicios a la comunidad. “Todos ellos están confundidos, y ven en la civilización un producto acabado y en expansión. No saben de verdades, o de mentiras, quienes como Zaratustra no se lanzaron a las vicisitudes de la naturaleza, ese ingrávido campo virgen en contradicciones, que no entiende del bien y del mal, y permite con complicidad que destruyamos nuestra mente contra las rocas”.

Todos estos pensamientos los iba anotando Abril en un trozo de papel que se arrugaba cuando lo sacaba con poca delicadeza de sus vaqueros. Por miedo a que la lluvia no empapara sus ideas calientes, recién salidas de su interior, se refugió bajo los pinos de ese bosque inexistente. Le sabría muy mal que la naturaleza, cómplice de su disidencia con la humanidad, diluyera con gotas homicidas ideas tan reaccionarias. Al terminar con caligrafía pulcra su escrito, lo dobló cuidadosamente y lo escondió bajo unas hojas secas, a fin de que la tierra y el aire pudieran leer con atención su juramento. Era un buen regalo para la naturaleza, que a buen seguro agradecerá que le recuerden su imprescindible papel en el mundo, un papel protagonista, sin duda.

Abril salió del bosque figurado y se dirigió al pueblo, también figurado. Entró en su casa figurada y saludó a su familia, más figurada aún si cabe. Abril amaba a sus padres y a sus hermanos, y por ello los saludó con aladas palabras y les dio abrazos a cada uno. No obstante era consciente de que sus familiares eran unas ovejas más del rebaño, y que con cada palabra, cada acto que realizaban, contribuían a hacer más grande la espiral de la “gran falacia”. Después de haber cenado rico alimento, subió a su cuarto y se acostó sin dilación; necesitaba meditar su meditación.

Al día siguiente despertó con energía y enfadado porque no recordaba sus sueños. Posiblemente era un castigo del destino o de Dios por haber faltado el respeto a la humanidad. Abril consideró el castigo un poco excesivo, porque los sueños le encantaban, y tendía a valorarlos más que a la propia vida.

Esta última consideración se hizo tangible y se materializó, curiosamente, en otro trozo de papel de índole distinta al que él escribió un día antes. Abril abrió el buzón y no encontró cartas de la luz o el agua, ni siquiera las habituales penalizaciones de la escuela por no acudir a clase. La carta no tenía remitente, ni sello, y tampoco parecía una carta. Era un papel ajado y amarillento, como si detrás de él hubiera pasado iracunda toda la historia del universo. Tenía como título La misiva del desamor.

En ella un narrador anónimo, casi etéreo, con un lenguaje ancestral y un poco retórico, se dedicaba a proferir insultos hirientes contra Abril. El discurso, a modo de perorata incendiaria, aludía a una falta de amor por parte de Abril para con la sabiduría antigua y científica, y en último término un desprecio infinito por la vida y el valor humano. Por ello se asignaba al acusado, como decía en la carta: una muerte lenta y dolorosa en el bosque más cercano al pueblo, donde el criminal aseguraba encontrar su paz interior y su disidencia con el resto de la humanidad.

A Abril no le pareció extraña aquella acusación, y se resignó después de unos segundos. Y no es que quisiera imitar a Sócrates, es que había perdido sus esperanzas con la vida. Había descubierto que el rebaño del mundo se dirigía con firme autoridad, y esa autoridad provenía desde el alma de cada individuo. No sabía quién lo acusaba, ni le importaba. Tampoco le importaba seguir viviendo, aunque tenía opción: lo único a lo que puede apelar el criminal es jurar que nunca más volverá a visitar el bosque, a salir del pueblo, por prevenir así una infección de su espíritu… la negativa a esta determinación será inexcusable y se procederá entonces a su muerte lenta y dolorosa…

Oteado así el futuro que le esperaba, Abril consideró que no tenía sentido una vida sin meditación, sin poder salir a pasear al bosque. De hecho no llegó a albergar otra decisión hasta que se vio una cuerda atada al cuello. Aunque se asustó momentáneamente, todo pasó muy rápido. Así, su vida se fue extinguiendo bajo la mirada atenta de los ciudadanos, de amigos y familiares que no entendían nada y sollozaban enérgicamente. Su vida terminó en la mejor situación en que podía hacerlo, en un bosque figurado de un pueblo figurado, penetrado por fulgurantes miradas de incomprensión figurada.

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