Los hombres de negro del poder mundial

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Foto: h.koppdelaney

Cientos de miles de millones cayendo en los agujeros negros de la economía hacen inviable- junto a los intereses que los gobiernos pagan por las primas de riesgo- economías como las del sur de Europa, que amenazan convertir a nuestros países en estados fallidos, si es que ya no lo son.

El capitalismo internacional (desde Estados Unidos a China o Rusia) se ha puesto de acuerdo en varios aspectos que conviene subrayar y son básicos para su deseado nuevo orden mundial. El primero se refiere al uso del dólar como moneda de referencia global, ya que todos los países sea cual sea su signo político y sin excepción alguna, cuentan en dólares la riqueza de sus arcas.

El segundo aspecto es la configuración económica: este gran mercado global que no se piensa cerrar, porque eso significaría el fin del propio sistema. Sin embargo, algo va rematadamente mal en el supermercado global: el dinero se va del capital productivo hacia la especulación y hacia los paraísos fiscales. La evasión fiscal de los ricos y la falta de control sobre sus bienes es algo así como un agujero negro insostenible. Y un agujero que traga la riqueza que los trabajadores  producen y no devuelve ni canaliza para el bien general esa riqueza, es un cáncer social de pronóstico fatal.

Convertir, cuando se convierte, el capital productivo en capital financiero, ahorra muchos problemas a los capitalistas, que así no tienen que lidiar con la oferta y la demanda y con los sindicatos y obreros reivindicativos. Pero esto tiene graves efectos secundarios: sin capital productivo suficiente, no hay suficiente producción de bienes;  y sin todo eso no hay suficiente  trabajo ni consumo, lo que crea un caos generalizado, aumenta la pobreza y conduce a un desatre seguro. Entonces  los conflictos sociales que se pretendían evitar son ahora  cada vez más profundos y afectan a todo y a todos, incluida la capacidad del Estado para atender las necesidades de los ciudadanos en materia de educación, sanidad, pensiones  y servicios sociales. Por esta razón el Estado moderno, que siempre ha estado al servicio del capital productivo se ha convertido en el gerente de las grandes fortunas improductivas, entonando así su canto del cisne. Sin asomo de sensibilidad alguna y tratando con  algo que no le pertenece, se dedica a vender  al mejor postor de  sus nuevos amos toda la riqueza colectiva privatizando bienes y servicios y dejando a la población en manos de desaprensivos que solo miran  aumentar sus riquezas para continuar con la misma cantinela: defraudar, evadir, especular., mientras el pueblo ha sido esquilmado y  se queda desprotegido. Y cuando llegan las protestas sociales, la  respuesta de los gobiernos–mayordomos de los  banqueros  y multinacionales de los ricos, son la represión, la desinformación, y sucesivas  medidas de ajuste que dicen pretender sanear nuestra economía para nuestro bien. Medidas que nos suenan como la alabanza de un  verdugo a  la cuerda de cáñamo ante  su víctima en el patíbulo.

Esto no lo van a solucionar ellos.

Por más  sindicatos y partidos políticos que haya, mientras no exista un cambio profundo mayoritario más allá de lo social, las leyes del mercado no van a ser abolidas, sino únicamente  modificadas en algunos de sus aspectos superficiales  mientras aumentará  la  intervención de los Estados inyectando dinero público en bancos moribundos, como hasta ahora; inyectando, como hasta ahora, recursos públicos a  las grandes industrias  y dotando de un mayor poder  al FMI, al Banco Mundial , al gobierno de banqueros de Bruselas y sus “hombres de negro” que tampoco eligieron los europeos, y a la Organización Mundial de Comercio.

Hoy por hoy para lo que  sirven nuestros  políticos es únicamente  para llevar a término  aquello que se decide en las altas esferas mafiocráticas a través de reuniones de los “mayordomos hombres G” y otras multilaterales. Y no parece haber alternativa alguna  mientras no cambiemos nuestros programas mentales ante  gobiernos convertidos en  auténticos  encargados de negocios de los verdaderos jefes del mundo a los que sirven por más oposición que sus continuadas   medidas  antisociales encuentren  en los ciudadanos y en  sus organizaciones.

De nosotros, sin embargo,  depende el final de esta pesadilla, pero de ninguna manera de quienes la provocan a diario. ¿ Se trataría  entonces de orientar el voto en una u otra dirección, o de renovar la conciencia ética personal para que los cambios lleguen a ser  efectivos? Esta es la cuestión pendiente.

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