El Peñón de Gibraltar

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Le suceden cosas a esta casi entera vida mía que se recuerdan siempre, seguramente hasta la muerte. Son  muchos. Unas de más calado. Otras de más dolor. Y de bastantes más corazón, otras. Nacen de los hechos vividos; y juegan en el correr del tiempo, a ese pasar en cuyo camino vamos dejando largos regueros de cosas interesantes, casi todas iguales de largas, como carreteras infinitas…

Foto: CLDoyle

Cuando era pequeño, yo nunca conseguí entender una de esas cosas que nunca se olvidan. Gaditano yo, vivía de pequeño relativamente cerca de El Peñón. Y me sorprendía, conforme iba teniendo más clara la razón, que algo tan pequeño, en un lugar tan visible y tan curiosamente atractivo, no estuviese, desde los hombres del Neandertal, fuertemente soldado a la llamada piel de toro de España.

Mientras estudiaba, en el colegio de los Salesianos, a mí nadie me aclaró nunca nada, por  más que preguntaba, nada del asunto de El Peñón de Gibraltar. Hubieron de pasar muchos años para que por fin alguien me  explicaran algo del asunto, pero aun así yo seguía en la inopia.

Lo de los hombres de Neandertal lo supe mucho, muchísimo después. Y con los años, me contaron también lo de los fenicios –fundadores de la capital, Cádiz-, que habían andaban por el Estrecho haciendo sus negocios. Cuando ocurrió esto, yo ni siquiera había nacido todavía, porque, según pude saber después, lo de los comerciantes fenicios fue allá por el año 950 a. de Cristo. Así como que los griegos creían que fue su dios Hércules quien abrió el estrecho de Gibraltar. Figúrense qué disparate.

Y de disparate en disparate iba aprendiendo cosas de mi propia tierra. Aunque muy lentamente.

Pero, para no hacerme pesado con asuntos tan lejanos, vayamos a siglos más próximos: al año 711 de después de Cristo, fecha en que los musulmanes entran por Ceuta en la piel de toro con el firme propósito de conquistar España (claro que entonces no disfrutaban de tan hermoso nombre), a hincar la espada a dodo cuanto se le pusiera por delante, hasta donde pudieran llegar. Que fue hasta donde Carlos Martel les paró los pies, y no tuvieron más remedio que recular. Y olvidarse de Europa, que era su objetivo.

Pero del 711 a 1492 se derramó mucha sangre. Las guerras de la edad media se enfurecían. Y el Peñón fue siempre bocado exquisito para todos, especialmente por su situación geopolítica. Y una vez acabada la Reconquista, ya con el paisaje más despejado, holandeses e ingleses se interesan por el Peñón. Y nuevas guerras.

Más tarde ya, cuando se firmó el Tratado de Utrecht (1713), nuestro cabo de Trafagar.  (Léase la obra de Benito Pérez Galdós, Trafaga [de los Episodios nacionales]).

Desde entonces, España y la Roca han estado ensalzado  en continuas  discordias. Y nunca han llegado a entenderse. Parecía que la apertura de “la reja”, que abrió el presidente Felipe González iba a solucionar el conflicto en la zona del estrecho. Pero por lo que estamos viendo, las cosas van de mal en peor. El gobierno español actual se he empeñado en limpiar el campo de Gibraltar de los efectos provocados por el contrabando de tabaco, el blanqueo de capitales, los paraísos fiscales, y el robo de tierra al mar de aguas españolas. Con todo, se han intensificado los controles, lo que ha provocado la retención de  vehículos: los de los turistas pero, sobre todo, los de “los llanitos” que viven en España y los de los españoles que trabajan con “los llanitos”. Y, finalmente, el puntillazo a los pescadores de La Línea de la Concepción, a los que les están arruinando su pan, con esos bloques que están lanzado con muy mala leche al mar, nuestro mar, aplastando los peces y deñando gravemente el ecosistema.

Muchos son los  conflictos para un territorio tan pequeño.

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