Cuando Cataluña buscaba El Dorado (I)

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El fundamento ético no es la ley sino la libertad”,  profunda frase cargada de enorme contenido, pero siento no poder citar al autor de la misma. Así que lo dejamos para el próximo artículo, que trataría sobre estos mismos asuntos.

emigrantes
Emigrantes españoles

Pero, aunque sin perder de vista este bello y hondo pensamiento, el asunto que hoy asoma estas páginas es el fuego de Cataluña, fuego que solo se apaga con deliciosa agua refrescante para los ánimos algo exaltados. Y Cataluña tiene que apagar su fuego independentista con el agua de la comprensión, y no con la rebeldía ni el orgullo, tampoco con el empecinamiento de romper con España.

La Unión Europea ya se ha pronunciado al respecto: si Cataluña se separa de España,  Cataluña saldría inmediatamente de Europa. Y en cuanto a la moneda, ¿cuál, la peseta? Algo que parece del todo ridículo. ¿Tendría que empezar a emigrar? ¡Qué tontería! ¿Qué sería entonces de esa comunidad hermana?

Los que ya tenemos algunos años –aunque entonces éramos muy jóvenes todavía- recordamos muchas cosas del pasado, por ejemplo, cuando Cataluña era una especie de El Dorado. Una sociedad media-alta, con una importante tasa de inmigración: sobre cerca de un millón de trabajadores, solo contabilizando los procedentes de Andalucía. Fue también la fecha en que se escribió el conocido libro titulado  La novena provincia andaluza.

En palabras de Martín Marín Cabrera,la emigración de andaluces a Calalunya arrancó en los años 40, tomó velocidad de crucero en los 60 y siguió activa en los 80”. Y añade: “De esta manera, a la altura de 1970, Cataluña registraba nada menos que 840.206 habitantes nacidos en suelo andaluz. Un viaje que tomó forma de penosa andadura, ya que fueron acogidos con recelo, alojados en infraviviendas, tratados con desdén y contratados con míseros salarios bajo precarias condiciones de trabajo”.

Pero ¿cómo estaría la situación, y cuál no sería el tremendo contraste social y económico entro las dos comunidades, cuando los trenes –que tenían sus propios nombres para tal cometido: “El sevillano”, “El malagueño”, etc. Y el tren procedente de El Dorado, “El catalán”. Toda una feria de trenecitos llenos de dramas, hambre, de hombres desolados y descolados en su nuevo hábitat; desgarradas separaciones familiares.

Y cuando llegaban a Cataluña, donde los esperaban los barracones, lágrimas saldrían de sus ojos.

Pero esto, poco les importaba a empresarios y ricachones, bien cuidados por el Régimen.

Hoy, la crisis ha puesto algunas dificultades en esa bella autonomía. Y las cosas no son como antes. Ahora quieren romper.

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