Apostolado contra los sinvergüenzas

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Hay que hacer apostolado allí donde está la escoria, donde habitan los hombres malos -pocos-  pero muy ricos y sinvergüenzas. Hay que hacer una intensa campaña de propaganda por todo lo alto, digo, frente a ese grupo de chupópteros, con poderes invisibles pero que exhiben lo que yo llamo un refinado estilo de vampirismo y un terco y repugnante propósito de acabar con la poca sangre de los anémicos,  de los ágrafos, de los sin pan… Hay que hacer cortafuegos con la misma rapidez que avanzan las llamas, con la maligna intención de esquilmar la riqueza de los montes.

democracia real ya
Foto: Javi SM

Sabemos que entre ellos se conocen casi todos, pues todos son los mismos. Buscan idéntico fin y usan las mismas estrategias. Solo que nosotros estaremos -allí, aquí- haciendo ese místico apostolado, única forma de que, con un poco de suerte, y si los jueces aceleran los procesos, respiraremos tranquilos cuando un día los veamos entrando en la cárcel. Para quedarse.

Es verdad que siempre hubo y seguirá habiendo pobres y ricos. Como hay listos y tontos. O  habrá licenciados a los que sus padres costearon la carrera; y hubo pobres –por culpa de ellos mismos- o de la sociedad o de los chupópteros…, los propios políticos o, sencillamente, por culpa del destino. Qué sé yo, los han colocado donde están. O son ellos mismos lo que han colocado donde están.

Por eso mismo hablaba al principio de impulsar el apostolado. Algo así como lo que hace la iglesia, sin cuyo trabajo sería del todo imposible mantener en pie la fortaleza; pues cuando huye el abandono, el abandonado se sumerge en una especie de soledad, que casi siempre es maldita. Solo que los ricos, que están bien adiestrados por el dinero, se alejan del territorio hostil de la pobreza y buscan sus paraísos (nunca perdidos).

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