Deporte solidario

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Deporte que educa y acoge

La comunidad más grande de bosnios fuera de su país se encuentra a 8.400 kilómetros de Sarajevo, su capital. En Saint Louis, una ciudad mediana del estado de Missouri, en Estados Unidos, viven cerca de 70.000. Uno de ellos anotó el 2-1 contra Argentina que acercó a los bosnios al empate a pocos minutos del final de su debut mundialista en Brasil.

El jugador Vedad Ibišević, que empezó el partido en el banquillo, emigró de su ciudad natal, Vlasenica, cuando cayó en manos de los serbios, en 1992. Fue en Tuzla, su nueva ciudad, donde empezó a jugar al fútbol. En 2000 emigró con su familia a Suiza como consecuencia de las tensiones que aún se vivían en los Balcanes.

Tras una estancia de menos de un año en Suiza, emigró con su familia a Estados Unidos, donde jugó para su bachillerato, Roosevelt High School, y para otros equipos juveniles de los suburbios de Saint Louis, ciudad del Midwest estadounidense considerada una de las canteras más importantes del fútbol en ese país. De ahí surgió el mítico futbolista Pat McBride, por ejemplo, aunque surgieran muchos otros.

Foto: Angelo González

Fue reclutado para jugar en el equipo de Saint Louis University, uno de los 25 mejores equipos universitarios a nivel nacional. Como él, a muchos jóvenes les ofrecen becas completas para jugar un deporte en una universidad universitaria mientras cursan sus estudios. Los mejores pueden acabar con un contrato en un equipo profesional. Lleguen o no lleguen a ese nivel, suelen concluir esa experiencia con un título universitario, y nada ni nadie les puede quitar la experiencia del fútbol universitario, a un nivel de entrenamientos y de juego casi profesional, con una vida llena de experiencias, amistades, viajes y nuevos contactos.

El Paris St. Germain se interpuso en la trayectoria académica de Ibišević al ficharlo en su segundo año de universidad. Jugó pocos minutos en el equipo parisino, lo que lo llevó a la segunda división. Ahí pudo demostrar el olfato goleador que aún hoy le elogian en la ciudad estadounidense que lo acogió. “El mejor delantero de St. Louis”, dicen algunos con nostalgia.

En mayo de 2006 se trasladó a Alemania para jugar con el Alemannia Aachen de la Bundesliga y, un año más tarde, al TSG 1899 Hoffenheim. Su trayectoria en ese club iba de camino a convertirlo en el jugador que batiera el record de goles en una temporada del futbolista Gerd Muller, pero una grave lesión de rodilla lo apartó de las canchas durante más de un año. En enero de 2012 firmó por el VfB Stuttgart.

Como Ibišević, miles de jóvenes futbolistas han encontrado en Estados Unidos oportunidades para alcanzar su sueño de convertirse en futbolistas, o al menos para intentarlo sin tener que renunciar a una educación universitaria. No sólo se trata de niños extranjeros o de hijos de inmigrantes que influyen en la cultura futbolística de sus pequeñas comunidades de acogida. En los últimos años, las universidades de Estados Unidos dedican presupuesto y personal para atraer talentos de todo el mundo a sus equipos a cambio de becas deportivas.

Asimismo, proliferan empresas en diversos países que, entre otros servicios, buscan becas deportivas para los jóvenes aspirantes en distintas universidades de Estados Unidos. AGM Sports, una de ellas, contribuyó al fichaje del madrileño Víctor Muñoz Martiáñez por el DC United, en Washington D.C.

Estas realidades han contribuido a la configuración intercultural del fútbol en Estados Unidos. Ésta, combinada con la constancia, la disciplina, las inversiones en infraestructuras y en formación, y la apuesta por el deporte, explican el progreso que ha vivido el fútbol norteamericano en pocos años. Todavía en los años ’90 no despertaban más que simpatía en sus rivales.

Hoy no sólo ganan partidos importantes en los mundiales y en la fase previa, complicando incluso la clasificación de selecciones como la mexicana. Además, se han convertido en referente a la hora de buscar un equilibrio entre la carrera académica de los estudiantes universitarios y su desarrollo en actividades deportivas, artísticas, comunitarias y de voluntariado. En lugar de dar primas desorbitadas a los futbolistas que ganan mundiales, el dinero de la FIFA podría utilizarse para fomentar el deporte de base en sintonía con actividades para su desarrollo académico.

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