No lo haré yo

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Bajo el tímido fogonazo de luz de la Justicia, comienza a hacerse patente la penumbra de la corrupción, que resultó ser más sistémica y extendida de lo que algunos, interesadamente, proclaman. Nuestros dirigentes, de antes y de ahora, los de siempre, aprovecharon ese mínimo crepúsculo para culparnos de haber vivido por encima de nuestras escasas posibilidades, añadiendo otro embuste a todos los anteriores, que fueron muchos. Ya no es posible ocultar que mintieron cuando negaron la existencia de la crisis, nos engañaron acerca de la gravedad y de los culpables de los desmanes y que falsearon la verdad afirmando que no traspasarían las líneas rojas de la Sanidad y de la Educación.

Ante tanta inmoralidad manifiesta, y gracias a los recortes de aquellos que no estaban dispuestos a rebasar ninguna línea roja y a su daltonismo ético, la silenciosa, que no indolente, mayoría de enfermos y familias que no protestan, cargan sobre sus espaldas la doble brega de la lucha frente al sufrimiento y contra la evidencia del desamparo institucional. Por más que no quieran escuchar sus apagadas voces, eso no va a conseguir hacerlos desaparecer ni puede convertirlos en frías estadísticas, manipulables y manejables. Se trata, como bien apostilló José Luis Sampedro, del silencio de los hombres buenos, que callan y miran hacia otro lado. Son personas, pacientes, que rehúyen ese combate por considerar inalcanzable la victoria ante una Administración enrocada en la insensibilidad. Pero, sobre todo, porque su flanco débil sigue siendo atacado y conviene reorganizar esfuerzos con tal de emplear adecuadamente las reservas antes de que empiecen a hacerse añicos las defensas, sometidas, desde hace ya demasiado tiempo, a la quimioterapia, al cansancio, a la radioterapia y a todos los efectos secundarios posibles, incluida la indolencia de quienes deberían haber proporcionado los medios pertinentes con los que recuperar la salud arrebatada. Inmersos en esa realidad, enjugándose lagrimas que no saben de dónde nace su dolor, cuando desfallecen -son humanos, recuerden- se agarran a esa mano amante que le tiende los que les rodean, para que, alzando la rodilla del suelo, puedan empuñar nuevamente la espada de la esperanza, con una firmeza y un tesón dignos de admiración. La mano de los suyos, de los nuestros: manos blancas, manos limpias, manos vacías de interés.

Las mismas palmas que recogen medicinas en la farmacia de cualquier Hospital y asumen el cargo del correspondiente repago de lo que ya sufragaron con sus impuestos. Lo hacen con la mente puesta en superar un presente cruel y despiadado, sin ignorar que con su dinero están enriqueciendo a las farmacéuticas que llenan los bolsillos de alguno de nuestros políticos. Las mismas empresas y los mismos dirigentes que explotan o expulsan del país a nuestros investigadores, a los que disfrazan de becarios. Uno de ellos se atrevió a afirmar lo siguiente: “Se ha dicho tantas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos campos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y el enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia.” Se trataba de Don Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina, sin saber que, casi un siglo más tarde, la Ministra de una Sanidad que no es pública ni universal ni gratuita es, precisamente, uno de esos talentos perdidos en la ignorancia, deslumbrada por los reflejos coloridos del confeti y por los brillos sorpresa de un Jaguar en su garaje.

Ana Mato
La ministra ¿de Sanidad? Ana Mato. ¿Está con o contra el cáncer? Foto: Partido Popular de Navarra

Ella, y otros como ella, incumplen, sistemática y empecinadamente, lo dictado en el Art 44.2 de la, a veces madre, siempre madrasta, Constitución española: Los poderes públicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica en beneficio del interés general. Lo han hecho, lo hacen y, empecinados en su desalmado error, lo seguirán haciendo. Solo así es entendible que, mientras dicen ver brotes verdes bajo sus pies, puedan seguir clamando, ante quien le quiera escuchar, que cuando se produzca la salida de la crisis, no van a dejar a nadie atrás. De ser cierta la taimada afirmación, se constatará que o no queda nadie, o que, por fin, el pueblo ha dejado de seguirles. Pero, hasta entonces, desde la incierta seguridad de su bote salvavidas de los recortes, han dado el grito de “¡sálvese quien pueda!”, ignorando que la tempestad del cáncer no se va a detener, porque, entre otras causas, no entiende de rendiciones ni toma prisioneros. Pretendiendo, tal vez, dejar al tiempo la estocada fatal, olvidan que no se trata de coste político ni de cuantía económica. Son vidas humanas. Son Xulio, Yolanda, Carmen, Isabel. Somos todos.

Frente a sus miedos, conviene mirar y mirarse en los ojos de esta gente, sostenerle la mirada y saber que uno hace lo que está al alcance de su mano. Interesa, alejados de cualquier impregnación emocional, mirarnos los unos a los otros, porque nadie está libre de este mal. Ojalá, los responsables, nunca tengan que arrepentirse del cruel e irreparable parón que están haciendo padecer a los investigadores en la lucha contra el cáncer, a los aquejados y a sus familiares, porque, entonces, será demasiado tarde y únicamente quedará al alcance de muy pocos, el poder repetir ese estribillo del grupo musical Amaral:Puedes intentar que te perdone Dios. No lo haré yo”.

Ojala que cuando te mires en el espejo, ministra Ana Mato, puedas ver en su reflejo algún rastro de inocencia y la certeza de que has hecho todo lo que está al alcance de tu mano.

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