María Alberto

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Me vino envuelta en un sobre procedente de África. Tiene cinco años. Su piel es negra y está descalza. Retratada con un fondo repleto de cañaverales, el suelo de guijarros y algunas nubes blancas, parece entresacada de uno de aquellos cuentos imposibles que nunca nadie me contara. Habita en Namarroi, provincia de Zambezia, el lugar más pobre de Mozambique, una tierra arrasada por la sinrazón de la violencia entre hermanos de sangre y de comarca.

Me vino envuelta en un sobre procedente de África. Y no paro de mirarla a preguntas silenciadas. (¿Sabrá leer? ¿Sabrá escribir? ¿Sabrá expresarse en lumweson, en chicheva, o mismo en portugués? ¿Sabrá decir ayudadme?) Pues que sus ojos, su rostro, delatan, ¡a edad tan temprana!, la gravedad propia de quienes sufren del peso de la existencia sobre sus espaldas.

María Alberto, que así se llama, me vino envuelta, seguro, en un oleaje de esperanzas. Las mismas que, a pesar de todo, yo sigo depositando en ese ser al que calificamos de humano. Las mismas que yo devolveré a María redobladas, porque decidí apadrinarla.

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