La ira de los pueblos: el caso santiagueño

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“No habrá paz en la tierra mientras perduren las opresiones de los pueblos, las injusticias y los desequilibrios económicos que todavía existen”. Juan Pablo II

«Una nación que gasta más dinero en armamento militar que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual». Martin Luther King

Ya es global la insatisfacción social de las mayorías como expresión visible, 10850267_10205394931695380_7353895353311899176_ny a manera de reacción a las penurias que imponen a través de las políticas neoliberales, y esas expresiones adquieren distintos matices y formas.

Realmente las llamaradas de las fogatas de insatisfacción social recorren la vieja Europa y la América se sacude de una añeja e irresoluta circunstancia de racismo. Latinoamérica se inquieta.

Sin embargo, estos fenómenos sociales no nacen espontáneamente, no surgen de la nada. Nos explican los científicos sociales que las causas son muchas y concurrentes, pero esa concatenación de hechos va encausada, en principio, subterráneamente y emergen esporádicamente en variadas secuencias e intensidades. Como dice la frase popular “de allá lejos y hace tiempo”.

Desde luego que están los trabajos académicos, de investigación y de organizaciones sociales y políticas más certeras sobre la cuestión aquí sucintamente expuesta como trazos de nuestra columna periodística que dan cuentas de las fisonomías que distinguen a estos sucesos sociales.

Estamos en el último mes del año 2014. Y el mes de diciembre trae a la memoria varios sucesos llamados “estallidos sociales” en la Argentina, se destaca, sin dudas, el producido en la Provincia de Santiago del Estero, precisamente se lo conoce como “el Santiagueñazo” ciertamente en el mes de diciembre del año de 1993.

“El Santigueñazo” implicó, sin duda, el más significativo estallido social en razón a su virulencia y especificidad: se atacó a la casa de gobierno, la legislatura y los tribunales, símbolos de la división de poderes de la República. Una República que en los hechos reales y concretos ya no lo era, al menos para los desposeídos.

También los hastiados populares, que implicó la ira de los pueblos, convirtió el caso santiagueño en paradigmático, pues atacaron las lujosas viviendas de los caracterizados políticos corruptos.

¿Cuáles fueron las profundas causas de tal fenómeno social?

Podemos inventariar la falta de pago de los salarios a los empleados de la Administración Pública, la aplicación a raja tabla de la política económica conocida como de “ajuste” en una población empobrecida y marginalizada, y a la que se la reprimía inmisericorde.

Entonces, la composición social de la manifestación fogosa fueron personas de carne y huesos oprimidas, desalentadas y humilladas en su condición humana más elemental. De allí el reclamo justo de que se atienda sus demandas urgentes, hablamos de cubrir su alimentación. El Estado ausente para tales demandas, respondió con represión. Los garrotazos, proyectiles y gases lacrimógenos no son, en modo alguno, nutritivos.

Resumiendo: La convulsión popular desatada en Santiago del Estero en diciembre del año 1993 prosiguió su trayectoria subterránea y emergió en Buenos Aires también en diciembre, pero del año de 2001 y los siguientes meses, cerrándose una época social virulenta que tuvo su altura con la masacre del puente Pueyrredón de junio de 2002.

¿Son evitables estas sacudidas sociales? Sí lo son, sólo que lo impiden sortearlas la fenomenal soberbia política, la ceguera y sordera de una dirigencia pública sedienta en el despojo del capital social.

Las transformaciones que nos impelen desde una realidad tan dolorosa y real, a ojos vistas, deben ser encaradas con la urgencia que de nosotros reclama.

El cambio debe ser al interior de nuestras cabezas, abandonar ideas perimidas y avanzar hacia el estadio superior de organización social cooperativa. El infortunio nos interpela a alcanzar la conciencia de que el cambio transformador es, no tan sólo necesario, sino que su certeza está ajustada a leyes del desarrollo social de la especie humana.

El hombre es un ser eminentemente cooperativo y transformador. Esas cualidades deben continuar razonablemente, puesto que contrariando esos caracteres, en realidad, se construyen represas a torrentes de aguas que bajan vigorosamente, y que más tarde o más temprano prevalecerán. Oigamos pues la voz de la naturaleza, nuestro hogar global.

¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!

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