Alemania: provocar dos guerras y no pagar los daños

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La derecha, los gobiernos de derechas, motivados por los palmeros socialistas del Parlamento Europeo, nos asustan con que iremos a los infiernos si no pagamos la deuda. Esa deuda que era propiedad de los bancos y especuladores y que, por arte de magia de los piratas de la “troika”, ha sido transferida a los presupuestos de los Estados, a los ciudadanos. Y si no pagamos ¿qué pasará? Que nos quedamos en la ruina y la miseria, como Alemania al finalizar la Primera y Segunda Guerra mundiales? Y, entonces, si los consumidores se arruinan, y para pagar la deuda es condición necesaria arruinarnos y en ello estamos, si nos arruinamos ¿quién va a consumir y el qué?, ¿quién va a pagar los impuestos y con qué? En realidad en el momento que no podamos ni consumir ni pagar impuestos la economía y el Estado se desplomarían. Y ese panorama sólo puede ocurrir si pagamos la deuda. Si no la pagamos nos liberamos. Como ocurrió con Alemania.

Alemania, por dos veces en el siglo XX, desencadenó dos guerras mundiales y las dos las perdió. Pero eso no fue lo peor sino que se arruinó a sí misma y a todos los países que arrastró, en su provocación, a la guerra. Alemania estaba sencillamente sumida en el caos económico y en esa situación se le exigió el pago de reparaciones ingentes que, sencillamente no pagó o sólo pagó una parte muy pequeña, porque si hubiera tenido que pagar lo que le exigieron, y con razón, ella no se podría haber reconstruido y los países acreedores, al no poderse reconstruir, habrían tardado milenios en cobrar la deuda. Y habría perdido grandes cantidades de dinero porque Alemania no habría podido consumir las exportaciones de los vencedores.

greciafinal copiaDe manera que la ruina de un país no sólo perjudica a ese país sino a todos los que exportan sus productos a ese país porque no lo podría consumir. La mejor solución fue, precisamente, la que ahora los alemanes se niegan a asumir: la anulación progresiva y regulada de la deuda. Cosa que se ha hecho ya tantas veces que en el siglo VI antes de nuestra era, el magistrado griego Solón eliminó las hipotecas y anuló las deudas de los campesinos. Después de esa liberación Grecia empezó a crecer y llegó a la cima de la cultura. De manera que si no pagamos no iremos al infierno, al revés, pondremos las bases del crecimiento económico. Porque todo el mundo tendrá más dinero para poder consumir.

El caos económico con el que nos amenazan quienes lo han provocado con sus políticas financieras y especulativas a ¿quién beneficia? A nadie. Esto debemos tenerlo claro. Y porque quienes nos amenazan con el caos serán los primeros en ser arroyados por él, necesitan impedirlo y por eso serán los primeros en sentarse a negociar la única salida posible: la disolución de la deuda. ¿Es posible este proceso o es producto de una delirante personalidad? Volvamos al ejemplo histórico de Alemania.

Este país fue asolado como consecuencia de la política belicista de sus gobernantes, y ellos fueron los únicos responsables de sus propios actos, y por eso fueron condenados, todos los alemanes, a indemnizar a los perjudicados, las potencias vencedoras en las dos guerras mundiales. En la Iª Guerra Mundial, por el tratado de Versalles, 1919, en su artículo 231 se decía: “Los gobiernos aliados y sus asociados declaran, y Alemania lo reconoce, que tanto ella como sus aliados son responsables de los daños sufridos por los Estados aliados y sus asociados como consecuencia de la guerra que les fue impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados”. En consecuencia, una Comisión especial determinó el importe de la indemnización que fue fijado en la Conferencia de Boulogne, 21 junio 1920, en la cantidad de 269 mil millones de marcos-oro a pagar en 42 anualidades.

Los franceses, ilusos, pensaron que Alemania pagaría la reconstrucción de los daños causados en su territorio y los inmensos gastos y deudas contraídas por causa de la guerra. Pero los alemanes no pagaron, porque no tenían con qué. Francia ocupó militarmente el Ruhr para explotar sus recursos económicos; pero fue peor el remedio que la enfermedad porque los alemanes devaluaron el marco a tales niveles que con un millón de marcos no podía comprarse ni una caja de cerillas. Con la devaluación podrían haber pagado, por papel humo, su inmensa deuda, pero no se lo permitieron.

Y los aliados tuvieron que renegociar su deuda en lo que se conoció como plan Dawes, 1924. Con este plan pagarían 5.400 millones marcos hasta el año 1928 y el resto en cuotas anuales de 2.500 millones. Además, y esto demuestra que la ruina y el caos alemán a quienes menos interesaba era a los acreedores, se les concedió un préstamos de 800 millones de marcos-oro para volver al patrón oro y empezar a pagar las primeras cuotas. En realidad con este plan la economía alemana quedó abierta a las inversiones extranjeras, especialmente norteamericanas, que se dedicaron, una parte a pagar una pequeña parte de la deuda y la otra a su reconstrucción económica.

A pesar de lo cual, Alemania pagaba como le daba la gana porque no cumplía estrictamente con lo acordado. Y se volvió a renegociar la deuda en el plan Young, 1930. De una tajada, la deuda de 269.000 millones, deducidos lo poco que habían pagado en diez años, quedó reducida a 34.500 millones, ni la quinta parte del valor fijado en 1920. Y aún así la recuperación alemana no iba a la velocidad deseada para importar productos extranjeros y reconstruir su industria. De manera que en 1932, año en el que el nazismo pasó a ser la fuerza política más votada, con 230 diputados, en la Conferencia de Lausana se dio por liquidada definitivamente la deuda. Quedando sólo 3.000 millones de marcos por pagar. Los alemanes calcularon que habían pagado 53.000 millones de marcos-oro en lugar de los 269 mil millones. Los franceses, sin embargo se quejaron de que sólo había recibido 20 mil millones por las indemnizaciones de guerra.

En 1938, liberada de deudas, la participación de Alemania en la producción de bienes de equipo era del 14,4%, detrás de los Estados Unidos y delante de Gran Bretaña, con el 10,2%, y de Francia, con el 4,2%. En el mismo año, dedicó el 16,6% del PIB al rearme, mientras que Gran Bretaña dedicaba el 7,9%, lo mismo que Francia. Derrotado el nazismo, otra vez volver a empezar con las indemnizaciones. Pero, con la experiencia anterior no se fijó cantidad ninguna aunque sí se acordó, en Potsdam, controlar la industria, desmantelar parte de ella, la que les conviniera, disolver los sindicatos nazis, las corporaciones, consorcios y trusts. El desmantelamiento de industrias redujo la capacidad productiva en el 50% y en la zona rusa el 25% del total de las empresas fueron trasladadas a la U.R.S.S.

Se rechazó el plan Plan Morgenthau que proponía la desindustrialización de Alemania para reducirla a un país agrícola. Pero esa medida habría supuesto que este país al no poderse reconstruir dejaría de ser un consumidor de productos y de capital extranjero. Total, que los anglosajones lejos de mantenerla en el caos procedieron a su reunificación económica y a abastecerla de dólares por intermedio del plan Marshall. Una vez más Alemania, liberada de deudas, no sólo se reconstruía sino que tiraba de la reconstrucción del resto de Europa. A su ritmo de crecimiento crecían los demás y viceversa.

Imaginemos, por un momento, que España, Francia e Italia se niegan a pagar sus deudas. Sería el caos, ¿no? Sí, sería el caos para el capitalismo financiero y especulativo, por esa razón ellos serían los primeros en impedir el caos reduciendo la deuda a muy razonables dimensiones. Sencillamente porque si se obstruye la creación de riqueza se obstruye la generación de los recursos con los que no sólo hay que pagar las deudas sino con los que hay que importar productos que los otros producen y para que el capitalismo siga su curso, invirtiendo. Sería la única fórmula para impedir el fin de la historia del capitalismo. Reducir, hasta límites simbólicos, las deudas. Lo único que es necesario hacer es unirse y echarle un pulso a la “troika” o a quien le suceda.

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