¿ Viscerales o racionales?

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Bien sabida es la presunción humana de estar por encima de toda otra criatura del universo por poseer algo que a ellas les negamos: la capacidad de pensar. Sin entrar ahora en detalles sobre el error de semejante modo de ver, sí que podemos decir, para adentrarnos en el tema, que todo el universo tiene un comportamiento inteligente y coherente, y todo ser de la naturaleza -menos los seres llamados humanos- actúa con la lógica del universo que es la misma que la de la naturaleza, inteligencia una y permanente. Y desde el animal al vegetal o al mineral, existe una gradación de “acople” a esa lógica del universo material, si es que no se lo impedimos con nuestro modo de pensar, ser y actuar que llamamos racional y nos permite mirar por encima del hombro a aquellos que creemos menos inteligentes que nosotros. Pero basta observar el comportamiento de una de nuestras mascotas para darnos cuenta de que quizás somos demasiado optimistas con nuestra racionalidad.

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Foto: pixabay.com

Si la mayor parte de los seres humanos hiciéramos honor al hecho de ser criaturas dotadas de racionalidad ¿íbamos a ver pasivamente o con indiferencia, como hasta hoy sucede, a quienes destruyen nuestro medio ambiente hasta el punto de poner en peligro nuestra personal supervivencia? Es preocupante reconocer la pasividad de la mayor parte de la humanidad ante semejantes individuos y su evidente capacidad destructiva.

La pasividad mata y es un síntoma de decrepitud, pero para nada síntoma de inteligencia.

Si la mayoría fuésemos realmente personas inteligentes y altamente racionales nos haríamos preguntas como estas: ¿Por qué soportar a las industrias que destrozan el medio ambiente o acceder a trabajar para ellas? ¿Por qué no nos negamos a fabricar instrumentos de matarnos? ¿Por qué  se practican la caza o las corridas de toros? Podríamos añadir aún: ¿Por qué no somos capaces de movilizarnos inteligente y pacíficamente para neutralizar los abusos de poder de los ricos y su falta de sensibilidad hacia los problemas sociales y personales que nos empobrecen a diario? ¿Por qué no nos oponemos con toda firmeza a sus guerras y a las diversas formas de abusos, injusticias y violencia institucional? ¿Por qué no hemos sido capaces de  unirnos para conceder derechos a TODOS  los animales, como el derecho a  su vida? ¿Diríamos  que sale bien parada nuestra inteligencia ante los silencios a estas preguntas?

En el mundo natural, -no confundir con el artificial y artificioso mundo nuestro- existe, incluso entre animales que pensamos tan poco inteligentes como un pez, algo que no practicamos nosotros, los inteligentes humanos: reconocimiento entre iguales. Y ese reconocimiento lleva a la defensa ante lo que les pone en peligro como grupo de iguales, y a la cooperación para la supervivencia del grupo que a la vez garantiza la individual .En cambio es típico de nuestra especie aquello de “sálvese quien pueda” Muy inteligente, ¿no?

Fíjense en un simple banco de sardinas ante la llegada de un depredador,  en  sus incesantes  movimientos de cooperación para auto protegerse ante la amenaza. Podríamos poner miles de ejemplos, pero para quien sienta curiosidad por el comportamiento animal, y vea alguno de los muchos reportajes al respecto, sabrá de lo que se habla aquí. Incluso las plantas cooperan entre ellas para ayudarse a creer o simplemente para protegerse de otras especies amenazantes.¿ Acaso podemos decir lo mismo de millones de  los hombres y mujeres, los maravillosos humanos dotados de un cerebro más perfecto y teóricamente capaz de mayor inteligencia? Creo que la respuesta es evidente: somos incapaces de adoptar medidas inteligentes como la de un banco de sardinas porque tenemos muchos tipos de miedos, muchos tipos de desamor, su fiel acompañante;  muchos tipos de enajenación de la realidad, muy poca conciencia de especie cuando estamos amenazados como lo estamos ahora con el cambio climático. En cambio adoptamos con gran facilidad comportamientos viscerales. Basta ver un partido de futbol, un debate, o una simple reunión de vecinos para darnos cuenta de la desproporción entre nuestra racionalidad y nuestra visceralidad.

En la mayor parte de la humanidad, el hígado y el estómago tienen preferencia sobre el cerebro hasta el punto de empequeñecer sus funciones a mínimos inquietantes, y por ellos nos desinteresamos o somos poco conscientes de nuestra condición espiritual y  de la profunda conexión existente entre cada uno de nosotros con nuestros semejantes y con el universo y todas sus criaturas. Con nuestra visceralidad, nuestra arrogancia y nuestra inconsciencia ignoramos, ponemos poca atención, o nos oponemos directamente a las leyes racionales y espirituales de la naturaleza, y en consecuencia, estamos desarmados ante la adversidad extrema.

Estamos desarmados de muchas maneras, también moralmente, y en estas condiciones da igual que se trate de una adversidad natural como la que supone el cambio climático acelerado en que vivimos, o  una adversidad social de tamaño gigante como puede ser la agresión neoliberal a todos los pueblos del mundo o las guerras del nuevo imperio con su OTAN. En cambio reaccionamos rápidamente cuando se trata de defender nuestro pequeño ego con sus miserias de lo demasiado humano. Y con tan pobres fundamentos hemos construido nuestro mundo. Un mundo, por cierto, cuyos pilares se desmoronan hoy, precisamente por estar edificados contra todo criterio racional.

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