Poner las manos en el fuego

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“Era la ciudad merienda de negros… Ser honrado y ser necio venían a ser una misma cosa. Avergonzabame no de robar, sino de robar poco”  (Cervantes, “Rinconete y Cortadillo”)

 

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En un país de cuyo nombre a veces suelo acordarme,  vivo y maldigo sorprendido, con toda la verdad que permite mi esqueleto, contemplando a estos prohombres públicos, políticos y patriotas de una clase especial, herederos directos de un pasado poco agradable, capaces de sacrificarse y pregonar públicamente a voz en grito, cómo son capaces consumir sus manos al fuego defendiendo los valores de la patria, pese a todos los riesgos y consecuencias que puedan provocar tan dolorosos crueles sacrificios.

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Toda una desafiante muestra de heroicidad y entusiasmo, orgullo patrio. Ejemplo heroico en favor de aquellos  de los suyos a los que voces contrarias de esos que no aman la patria, judeo masónicos de oficio, ya sin Oro de Moscú, acusan de malversadores a los verdaderos patriotas en estos tiempos que no son los de un tal Cervantes ni tampoco de pillos como  Rinconete y Cortadillo.

manos fuego
Foto: Pixabay

Verlos  emocionados, manifestar su sentir solidario haciendo pública su entrega, ejemplaridad camino a seguir, ofrendar sus limpias manos a que sean consumidas por el despiadado fuego, temblor  protector, y así, proteger la honra y la gestión en favor de hermanos gobernadores de cofradía de lo público. Administradores de  bienes que pertenecen a todos los ciudadanos y ciudadanas, repartidos por la piel de buey de la madre Patria acusados como malversadores (vulgarmente meter la mano en cajón ajeno. Cinematográficamente “Coge el dinero y corre”) defendiendo su honestidad frente a las calumnias del trasnochado enemigo judeomasónico.

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Ejemplo conmovedor de alta política de un país todavía vigilante defensor de valores sublimes, vigilia alerta de la Reserva Espiritual de Occidente, sin que les tiemble el pulso, valentía de la raza incontaminada, sacrificar fervorosamente, con pasión y públicas manifestaciones sus amados miembros al martirio del fuego, expiación benéfica en defensa de hermanos de cruz entregados a una misión imparable  y espiritual. Toda una lucha sin descanso por elevarla a la categoría que por blasones históricos le corresponde. Tortura ejemplar sin alterar el gesto en cualquier estación del año, cuando surgen las acusaciones de la envidia cainista de los descontentos antipatriotas a los que no les importa que la efigie del país se presente manchada de oscuridades fuera de nuestras fronteras. De aquí esta inmolación a  Dios Todopoderoso implacable ante el fuego de fervorosas manos,  modelo adherente, salvaguardia de transparente gestión de tan laboriosa colmena de una tierra irredenta.

Pero admirarlos  no significa ingenuidad inquebrantable, aunque si sorna castiza ante tanta osadía, por lo que sentirse uno avergonzado “rodeado de ridículo” como canta el verso insobornable de César Vallejo en Trilce. Porque todo este drama nacional es un número de tómbola manipulado para que el premio le caiga a quien no le corresponde. Por eso me suda el universo entre las piernas que discurre al socaire y rescoldo de  tanto fuego fatuo  adornado con patrióticas manos de comediantes  de “Arriba el espíritu patrio  y su manejo” remoldeada mentira. Y es que con tanto ladrido y no menos rebuznos, la inocencia de ese pueblo parece haberse perdido buscando al burro en el bosque.

Y así se rebuznan unos a otros con todos sus manejos y manos limpias tras un difuso fuego como ofrenda a la mentira.

Y es que viven enfrascados en permanente convulsión  triunfal, ignorando que están situados, bajo un volcán de fuego premeditado por Vulcano, de aparente y deslumbradora hermosura de oro falso, que el fuego de la fragua de Velázquez  los mantiene hipnotizado, distraídos, hasta que tarde o temprano los fuelles que al fuego aviva acelere su viento hasta convertirlos a  todos en pavesas, pues los dioses reunidos en el Olimpo heleno  lo tienen decidido.

Luego ¿Cómo tirarle del rabo del gato sin que se enfade? Aquí está el detalle,  exclamaría Cantinflas. Entonces, acerquémonos al fuego verdadero del humilde  pesebre cantando  aleluyas en favor de los jueces honestos que, aquí en la tierra luchan por mantener limpia la balanza de la Justicia.

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