El antinatalismo como herramienta contra el sufrimiento

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  • El dolor, el terror, todas las múltiples formas de sufrimiento nos proporcionan una noción absolutamente directa del mal, de lo que queremos evitar.
  • Esta noción se convierte en perspectiva ética cuando damos importancia también al sufrimiento ajeno.

La sensibilidad hace necesaria la moral, y la razón la hace posible

Somos agentes morales por ser personas racionales y pacientes morales por nuestra exposición al sufrimiento. No es el fin en sí el ser racional, como mantiene Kant, sino el ser sensible. Por fin en sí hay que entender, si algo, el respeto al bienestar del individuo.

Valorar es relacionar el mundo material con el sufrimiento y por eso se dice que los objetos, los acontecimientos y también las personas pueden ser buenos o malos. Pero el escenario de lo importante en sí mismo siempre es el individuo con capacidad de sentir.

Tortura y Muerte

La tortura es probablemente el contexto en el que el sufrimiento individual alcanza las cotas más altas de intensidad. Con la referencia a este fenómeno atroz, no se quita importancia a otros muchos problemas muy graves de incidencia acaso más generalizada.

También la muerte es traumática y un horizonte duro en la vida de los individuos y de su entorno familiar y amistoso. El procreador debería estar en condiciones de justificarla, ya que la mortalidad de todo ser humano es un hecho conocido. Probablemente es mejor ser mortal, ya que, de contrario, sería posible la tortura eterna, el infierno de verdad. Pero hay una tercera opción.

Reducir el sufrimiento

Ligoteo

Vamos al dentista, hacemos buena cara al mal tiempo, tomamos muchas veces decisiones duras. Todo eso parece dar sentido al sufrimiento. Pero, si nos fijamos un poco, vemos que siempre se trata de optar por el mal menor. También el castigo justificable es un mal menor y no lo que el malo “se merece”. Es hacer daño para persuadir y evitar otros daños.

Si es necesario combatir los problemas y minimizar sus efectos, si importa reducir y prevenir el sufrimiento en el mundo, la procreación resulta éticamente problemática ya que los futuros individuos siempre son potenciales escenarios, estadísticamente previsibles, de sufrimientos graves e incluso atroces.

bebé nacimiento
Foto: Pixabay

La producción de seres sensibles, vulnerables y mortales opera en contra de la prevención del mal y de la idea de mejorar las cosas en el mundo ya que aporta un incremento de las víctimas de todo tipo de problemas y circunstancias desfavorables.

El antinatalista mantiene que la contracepción y el control de natalidad son herramientas preventivas de un coste asumible y fácilmente justificable como mal menor.

Ciertamente, la renuncia al hijo puede suponer algún sacrificio, ¿pero a cuantos posibles sacrificios exponemos a nuestros hijos y nietos y toda la cadena de descendentes que podríamos poner en marcha?

La vida también puede ofrecer alegría y felicidad. A este hecho recurre la voluntad optimista o conformista más inmediata. Pero no es coherente reivindicar la vida feliz (hasta el punto de generar una vida en su nombre) si no se garantiza la ausencia de la infelicidad, de sufrimientos graves.

Por lógica tampoco puede haber ningún elemento reivindicativo de la felicidad en la no vida, en el hijo que no tenemos. Más tendríamos que lamentar la suerte de una piedra que no puede ser feliz. Pero, evidentemente, no hay nada problemático en ello.

Si la necesidad de la felicidad fuera una característica de la vida, más en contra tendría ésta ya que pocos y puntuales son los momentos de importante alegría, placer o cualquier otro sentimiento agradable. Ya es necesario algo de suerte –y acaso también cierta indolencia y despreocupación ante el sufrimiento ajeno– para poder pasar la vida sin grandes preocupaciones.

Dejando de lado los intereses de los padres, la opción del procreador se mueve así entre lo innecesario, la felicidad posible, y lo imperativo, la necesidad de evitar el sufrimiento intenso.

El progreso científico y tecnológico, a través de la explosión demográfica, ha conseguido que la situación en la Tierra sea hoy peor que nunca. Han aumentado los devastadores efectos de las catástrofes naturales, de las epidemias, de las calamidades bélicas, de la explotación del hombre, de los crímenes, de los accidentes, de los suicidios… El siglo pasado fue el siglo de los mayores genocidios, con creces, de todos los tiempos. Sólo este siglo podrá ser peor, y otros futuros.

La vida es una imposición

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Foto: Pixabay

Es cierto que resulta antiintuitiva la idea de la imposición a algo que aún no existe. Pero el recién engendrado ser humano enseguida se ve obligado, desde el primer segundo y sin opción alguna, a persistir en la vida y exponerse a todas las agresiones a su bienestar hasta, como mínimo, la edad en que esté en condiciones de decidir su suicidio, medida que también tiene su coste, el cual se ha de incluir en la imposición.

La oposición a la procreación se sostiene en dos perspectivas confluyentes, la individual y la demográfica.

Desde la perspectiva individual hay que reconocer que nadie está en condiciones de garantizar el bienestar de su hijo. Sólo sabe que le esperan múltiples amenazas (enfermedades, accidentes, una situación de guerra…) y la muerte segura.

La dimensión demográfica del sufrimiento también es evidente. Todos los problemas en cualquier lugar, no sólo a los específicamente relacionados con el aumento de la población (menos recursos por individuo), tienen su caja de resonancia en el tamaño de la población. Todas las posibilidades de sufrir se potencian demográficamente y dejan su huella estadística en proporción aproximada a la población humana.

La mirada del antinatalista se centra en las víctimas o potenciales víctimas de la condición humana y de las adversidades.

No quiere atacar la moralidad de los padres, quiere evitar el mayor número posible de víctimas de los grandes problemas y prevenir hechos terribles que ningún padre desea para sus hijos.

mirada ojo niño sufrir
Foto: Pixabay

La procreación como asunto ético

Hasta ahora, nunca se ha tomado como un problema ético la creación de un ser humano. Antes los hijos, poco más o menos, tenían que “caer” por mandato de la naturaleza, o de Dios, según las religiones monoteístas. Pero ahora, que el número de los hijos está en sus manos, la reproducción humana se ha convertido en un asunto de responsabilidad ética, responsabilidad que nos negamos a ver. La procreación es el último tabú de la razón.

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