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Sociedad

Libertad, igualdad, fraternidad, ¿y qué más?

Última actualización: 14/04/2016 10:17
Originario-Ashima
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PorOriginario-Ashima
Exprofesor de primaria, poeta,ensayista interesado en el cristianismo originario. Me gusta mirar la vida de frente y contar lo que veo.
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Foto: caniho.tumblr.com/
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¿Quién no conoce el triple lema de la Revolución Francesa, convertido en las señas de identidad de nuestro vecino país y  tantas veces nuestro propio modelo como españoles?

Libertad, Igualdad, Fraternidad, ¿cuántos de nosotros no hemos anhelado su existencia durante  las negras décadas del nazi-franquismo?

Y  seguimos con el mismo anhelo ante el cortejo de leyes del gobierno neofranquista en funciones  que soportamos, que busca  evitar que se cumplan esos principios. Y contra la libertad, imponen la Ley Mordaza;  contra la igualdad, las amnistías fiscales, el aumento de la pobreza y la marginación social. Y la fraternidad ¿para qué mencionarla?

Es bueno saber que la Revolución Francesa adoptó 3  principios cristianos originarios, pero olvidaron  añadir dos más: Justicia y Unidad.

Libertad, igualdad, fraternidad, Justicia y Unidad

Los gobiernos neofranquistas siguen en su empeño de negarlos todos, pues a la Justicia les oponen las interminables injusticias sociales hasta  con aval jurídico,  y a la Unidad toda clase de obstáculos para evitar la más temible, para ellos, de todas las formas de unidad: la unidad del pueblo. Sin embargo, si preguntamos a nuestros gobernantes, se declaran cristianos practicantes, ¿cómo no? Su General-Modelo hasta hizo una cruzada contra el  pueblo en nombre de la civilización cristiana, naturalmente.

La unidad aún tiene un sentido más profundo que el social y  forma parte del mismo pack que libertad,  igualdad,  justicia y fraternidad.

Ninguna de estas propuestas puede ser excluida en  el progreso de nuestra especie hacia metas sociales y espirituales más elevadas.Su relación es tan profunda que la ausencia de cualquiera de ellas impide o disminuye en alto grando la existencia de las demás.

El sentimiento de unidad nos aproxima a la idea de formar parte de un gran todo en el que todo lo existente confluye. Por eso  nos hace cósmicos y, por tanto, nos hace libres, abiertos, receptivos, al contrario que el sentimiento de división y extrañamiento, tan propia del intelecto, que nos ata y limita, y tan propia de la baja política que trabaja en esa dirección. Cuando sucede esto, podemos hacernos conscientes de que la mente ordinaria, que es la mente colectiva dominante,  está anclada en ego y fragmentación. Así difícilmente nuestro cerebro llegará nunca al cien por cien. Y esto sin contar el efecto de prejuicios de todo tipo, ignorancia, imposiciones y manipulaciones culturales propias de la respectiva civilización en que nos hallemos.

Hoy  día está muy lejos de que exista  una demanda social de cerebros a pleno rendimiento. No hay más que observar los gastos en educación de los gobiernos. No es un hombre sabio ni crítico  lo que este Sistema quiere; no quiere  un hombre integralmente desarrollado, y menos una persona espiritualmente desarrollada, que sería muy incómoda,  sino un cerebro instruido y adiestrado convenientemente para hacer y obedecer en asuntos concretos relacionados con el sistema de producción que nos atenaza. No es el modelo que se busca un tipo sensible, sino un tipo frío y egocéntrico más propenso a los negocios que a la meditación. Pero esta sociedad, basada en tal modo de pensar acaba volviéndose contra nuestra propia evolución.

Nos encontramos al principio del tercer milenio, tenemos puesta en jaque a la vida en este Planeta y al Planeta mismo como entidad biológica y nos hemos dotado de unos sistemas sociales y políticos que se han quedado obsoletos ante las nuevas necesidades surgidas a raíz del cambio tecnológico tan acelerado y destructor en que nos hallamos inmersos y los cambios de forma de pensar el mundo consecuencia de ese salto tecnológico. Hasta ahora no hemos conseguido erradicar la guerra, ni el hambre, ni la enfermedad, ni el sentimiento de destrucción y autodestrucción, y sin embargo, nos atrevemos a incluirnos en los titulares de “especie inteligente, naciones libres”, “sociedades civilizadas,” y otros adjetivos increíbles para cualquiera que pudiera observar desde otro planeta cómo se vive y se muere en este. Somos, en fin, una civilización deplorable, fallida, formada por gentes mediocres, limitadas y de conductas egocéntricas, empezando por los más altos representantes de esta civilización: todos los personajes y personajillos que dirigen este mundo.

Si utilizando una parte mínima de nuestra capacidad cerebral hemos sido capaces de crearnos tal cantidad de problemas derivados de nuestra forma de ver el mundo, ¿qué sería si nos dedicásemos a ampliar nuestras facultades en dirección a una conciencia – la nuestra- liberada del ego y sus limitaciones y con el objetivo del bien común considerado como propio? ¿Cómo sería si fuéramos capaces de positivar nuestras energías y dirigirlas hacia la creatividad, la convivencia cooperadora y la buena relación con la Naturaleza y las leyes espirituales?

ETIQUETADO:política
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