La cara de Pablo Iglesias

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La madre de Pablo Iglesias, igual a casi todas la santas madres de este mundo superpoblado, amorosa al ver la cara de su hijo exclamó: «¡Pablo, hijo, cada día tienes más cara de presidente de gobierno».

  • Si la buena mujer hubiese aguantado la exclamación, quizá algún desaguisado fisiológico de consecuencia imprevisible precipitara una urgencia médica.
  • Sin duda resulta muy saludable cualquier desahogo y, cuanto más espontáneo mejor para el interfecto o interfecta, (¡faltaría más el olvido de lo femenino!).

Entonces quedé un buen rato en actitud honrada ―aunque resulte inmodesto decirlo―, fijo en la cara de Pablo, con tal de compartir experiencia maternal, santa solidaridad a fin de cuentas. Pero lo mío no es la santidad, de momento, sino la creciente crecida de unos colmillos en absoluto parecidos a aquellos tan tiernos y pequeños: los de leche.

O sea, veo a su niño con cara especial, mirada diferente y barba en un sí pero no de medios pelos con anarquías asimétricas. Aunque, está visto, posee una coleta de sufrido mantenimiento, coquetos ricitos en su final, teóricos exaltados de arrechuchos en el lecho donde el amor se encarniza.

Me armé de valor y busqué un espejo al estilo del usado por la madrasta de Blancanieves, para ver la mía, mi cara, con la esperanza de preguntarle a la bruja mala, propósito rocambolesco de una autoexperimentación psicológica, delicia de Jung. Y a todo esto al acecho de Lola, no fuera a pillarme en un narcisismo de complicada explicación. Con sinceridad: solo observé a un viejo con bobalicón semblante, como si un marciano se hubiese introducido en el azogue del citado y me hiciese verdes cucamonas.

Pablo Iglesias, militante del Partido Comunista

…junto a muchos dirigentes de Podemos, cansados y aburridos del invento de don Julio, aceleraron el vehículo de la crisis económica hacia la meta del totalitarismo.

Suerte para ellos lo movedizo del pasado, dada la discontinuidad de la memoria, llena de sombras y de idealismos desfiguradores de lo vivido. Lo suyo es mimesis de chés, al galope de la revolución bolivariana, fideliariana o cualquier otra.

Su madre algún día cambiará de opinión y verá en él rostro de revolucionario con gorra estrellada bodaliana ―y no con traje oscuro de presidente―, algo más acorde con las armas de los sinmangas, expuestos a la intemperie del frío del abandono.

El meollo del asunto ―y de la cara de cada cual― estriba en el colapso del sistema global, probabilidad al acecho con disturbios civiles, la ruptura de las leyes y el orden, impedimentos absolutos para la continuidad de una vida civilizada.

Aunque algunos ingenuos creen atar el futuro, el suceso imprevisto nos acontece a todos. Y por desagradable o injusto, nuestra vida depende en no poca medida del pensamiento de unos pocos hacia el resto.

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