Ni refugiados, ni emigrantes: huidos

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Refugiados de guerra

Ni refugiados, ni emigrantes

Imagine que vive en un mundo donde solo hay dos países

La vida transcurre normalmente hasta que los gobiernos de uno de los dos decide que quiere dominar al otro  porque posee un filón de oro mientras que el oro propio se está acabando y sin él se hunde la economía del país.

Así que deciden que quieren el oro ajeno. Pero como no desean pasar por lo que son, esto es, como codiciosos y criminales sin conciencia, difunden públicamente como excusa para intervenir militarmente que el gobierno del país que posee el filón lo dirige un horrible dictador que no respeta los derechos humanos más elementales.

Con este disfraz de defensores de los derechos humanos comienzan una guerra contra el país vecino, bombardeando sus casas, sus hospitales, sus colegios y haciendas, matando a sus gentes indiscriminadamente. Los que consiguen escapar a las bombas huyen despavoridos hacia el mar y embarcan con destino ¿a dónde? Miles hacia la muerte, y los que consiguen escapar  de los naufragios, al país que les bombardea.

Allí, desesperados, ruegan a su gobierno que les acoja, suplican misericordia, piden compasión, pero  el gobierno causante de su desgracia, el defensor de la libertad y los derechos humanos en cuya supuesta defensa organizó el exterminio de este pueblo, no solo se niega a recibirles, sino que  refuerza sus fronteras para que no entren, y hasta tachan de terrorista al que se subleva y descarga su ira ante los soldados que defienden la puerta infranqueable de la libertad y los derechos humanos. Otros tienen menos suerte y mueren por el camino, y sus cadáveres se los traga el mar a millares.

Pero…

Esto no es un cuento

Hace tiempo que el Mediterráneo tendría que haber cambiado de nombre y llamarse Mar de los Muertos, porque no pasa día sin que reciba nuevos cadáveres de exiliados forzosos que huyen de las bombas que están arrasando Siria- pero no solo- y matando a sus gentes. A unos, por quedarse; y a otros por naufragar.

Extenuados, llenos de miedo y ansiedad, muertos de hambre y frío, espantados ante un presente que les ha sido arrebatado  del modo más cruel e inhumano  concebible y en condiciones peores que las del ganado hacia el matadero, sirios, pero también eritreos, yemeníes  y otros, huyen de las guerras montadas en sus países por ese galimatías asesino que forman el llamado Estado islámico, EEUU, Arabia Saudí, Turquía, y sus aliados europeos, cada uno en busca de su botín.

A los que huyen de sus países en guerra y tocan a sus puertas, los agresores les llaman cínicamente “refugiados”, pero blindan sus fronteras para que no tengan refugio mientras atraviesan las de sus víctimas rechazadas sembrando la muerte con sus aviones de guerra. Aquí no hay oro, pero sí petróleo, que viene a ser casi lo mismo al fin y al cabo. Por eso fue Afganistán, por eso Irak, por eso Libia, por eso Siria; por eso  los problemas eternos con Irán; por eso está amenazada Venezuela. Y luego vendrán otros.

Entre tanto, la paz mundial, que es el deseo de todo ser humano digno de su condición, se retrasa con cada bomba que cae, con cada asesinato impune y con cada ahogado en el Mar de los Muertos, en las fronteras entre México y los EEUU, o entre Israel y Palestina, que en esto de matar inocentes con una u otra excusa, son pródigos los gobiernos belicistas enemigos de la paz, pero muy amigos, por supuesto, de la libertad, la democracia y – cómo no- de los Derechos Humanos con mayúscula.

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