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Sociedad

Diario de un emigrante (II): El Ermitaño

Última actualización: 09/12/2013 12:26
RenedeVal
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PorRenedeVal
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Tarot. El ermitañoFrente al mar, como cada día, recordando las calles que le vieron crecer.

Algunos grandes buques entran a puerto, repletos de deseos que satisfacer.

Á‰l se enciende un pitillo, por unos momentos cree saborear el chocolate caliente, pero pronto el salitre se sobrepone a la realidad utópica.

Mientras camina por el paseo marítimo reflexiona sobre los motivos que le movieron a abandonar su país. Ahora ya no es de ningún lugar.

El viento es su único amigo.

Decide cantar una canción, en su lengua natal.  A los pocos minutos una chica japonesa se acerca. En un muy mal inglés pregunta una dirección, parece ser una escuela para estudiantes extranjeros situada en el soho.

Explica muy despacio la forma de llegar, pero ella parece que no acabar de entender.

Se decide a acompañarla.

Con otro pitillo en la boca intenta mantener una conversación con la chica japonesa que no deja de sonreír, pero parece que ella no entiende nada. Acaba de llegar a la ciudad.

Tras una media hora caminando llegan a la escuela. Está situada en la parte de los clubes nocturnos. Interesante paquete de viajes. Por la mañana algo de ortografía y por las noches a practicar la lengua en la cama de un desconocido de cabellos rubios que no volverá a ver.

Pero recordará para siempre la pasión de aquella madrugada.

Por ahora se limita a sonreír a un tipo del cual no sabe nada y que tiene un aspecto muy misterioso. Va vestido de negro. Fuma mucho.

El emigrante indica por señas que esa es la escuela. La chica se acerca a la puerta, comienza a llover.

Llama al telefonillo, alguien contesta en buen inglés, la puerta se abre.

Los cabellos de la chica dejan resbalar suavemente el agua de la lluvia mientras mira fijamente al emigrante.

EL sonríe y se da media vuelta encendiéndose otro pitillo. Ella lo sigue con la mirada hasta que se pierde en la siguiente esquina.

Ella también sonríe, coge su gran mochila y  camina un largo hall con decoración minimalista y muy colorida.

En la recepción se encuentra una chica morena, muy amablemente le pide su nombre. Tras comprobar algo en la computadora se da la vuelta. Coge una llave electrónica de un casillero y se levanta.

Acto seguido indica a la chica japonesa que la siga.

En el tercer piso hay un largo pasillo, al fondo una gran ventana que deja entrever todo el bulevar. Ambas mujeres caminan hasta llegar al ventanal. Se detienen en la última habitación a mano izquierda.

Una vez dentro y tras una breve descripción, al parecer acerca del funcionamiento del equipo eléctrico de la habitación, la chica japonesa sonriente  suspira. Se tumba sobre la cama. Sigue sonriendo.

Tras unos minutos con los ojos cerrados se levanta para quitarse el abrigo y coger su portátil.

Antes mira por la ventana de su habitación. También tiene vistas al bulevar. Las calle comienza a llenarse de adolescentes, con cualquier edad, deseosos de experiencias.

La chica japonesa sonriente mete sus pequeñas manos en los bolsillos de su abrigo. De repente su sonrisa desaparece.

Su mano izquierda se desliza suavemente del bolsillo sujetando algo.

Es una carta, pero no parece de la baraja convencional de póquer. Tiene algo dibujado. Es un hombre viejo y encorvado con un farol.

La chica sonriente se tumba de nuevo en su nueva cama, mirando fijamente la carta.

De repente viene a su mente la imagen del encuentro con el amable tipo misterioso. Por qué se decidió a pedirle ayuda. Precisamente a él que parecía tan serio.

Sonríe de nuevo imaginándose que el tipo misterioso ha dejado aquella carta en su bolsillo a propósito, para que se vuelvan a ver. Poco a poco se duerme plácidamente.

Por su parte el emigrante fuma de nuevo, solo, frente al mar. Preguntándose quién demonios es.

Algunos barcos llegan al puerto, repletos de deseos que satisfacer.

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