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Internacional

Venezuela, donde la crisis obliga

Última actualización: 24/02/2015 11:26
JoseOmarTirado
JoseOmarTirado
PorJoseOmarTirado
Licenciado en Educación. Especialista en Supervisión y Gerencia. Profesor de educación media y universitaria. Caracas (Venezuela)
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En esta época de dificultades que agobia a los venezolanos ante la escasez de alimentos, medicinas, cosméticos, productos de limpieza para la casa, pañales desechables para niños o ancianos, y un sinfín de cosas que para catalogarlos necesitaría un rollo de papel toalet, que tampoco se consigue.

Escasez.venezuela.leche.3.2014Ante la situación caótica que se vive en todas las ciudades y pueblos de este país venido a menos desde que llegó la langosta roja y se adueñó del poder, han entrado en escena una serie de nuevos personajes que han venido a incrementar el acervo de tipos pintorescos de nuestro pueblo. Vamos a echar un ligero vistazo a algunos de ellos.

El rentista de sillas: Se presenta todas las mañanas frente a los establecimientos comerciales con su cargamento de taburetes y sillas plegables. Como las colas de gente se van haciendo cada vez más largas, y por lo general duran entre cuatro y cinco horas, el rentista las alquila por un módico precio. Sus clientes son – por lo general – personas de la tercera edad porque; aunque en algunos comercios hacen cola aparte, en otros no ocurre lo mismo y cuando el viejito o la viejita se acercan al portón del negocio y preguntan al vigilante: – ¿mijito, donde comienza la cola de la tercera edad? – este lo mira de reojo y le responde, – ¡No mayol jaga su cola como to el mundo! .

Ni modo, el señor tercera edad para soportar semejante suplicio porque la espera es larga, alquila la silla, se coloca sus lentes oscuros, se acomoda y se dispone a llevar sol como si estuviese en una playa del litoral.

El avance: No se si este nombre sería el indicado para definir al personaje. Se levanta muy temprano, se dedica a buscar cualquier negocio donde presume que venderán productos de primera necesidad y, por consiguiente se formarán grandes colas. Cómo hace para enterarse dónde ocurrirán estos eventos, nadie lo sabe, cuestión de olfato se diría. Trabajan en pareja como la policía, la guardia y los malandros motorizados. Su modus operandi es el siguiente: mientras uno de ellos se coloca desde muy temprano en un punto estratégico cercano a la entrada del local, el otro se ubica al final de la larga fila de personas y se prepara para negociar el “puesto”. Cuando ve llegar a una persona con intenciones de hacer la cola, se le acerca diciéndole: – Doñita – o –Maestro-, según el género –están vendiendo jabón, azúcar, café y arroz- y continúa -, mire tengo un pana al principio de la cola, y ese puesto puede ser suyo para que no pierda tiempo .

Puede ocurrir que el cliente no acepte, bien porque le parezca cara la negociación, no tenga suficiente dinero o por simple sentido de honestidad, aunque este valor también se encuentra en vías de extinción. Pero llegará otro que aceptará de buena gana la oferta, y un vez realizada la operación, se lleva al individuo o individua y le indica – guardando cierta distancia – el lugar donde se encuentra su compinche, quien al ver al “cliente” exclama: -¡Caramba tío, tengo un buen rato guardándole el puesto!- y remata -, Ya estaba por irme -. El susodicho o susodicha ocupa el lugar del avance y nadie protesta: total, sale uno, entra otro y comienza un nuevo ciclo.

El fisgón de las bolsas: Cuando buscamos en cualquier diccionario el significado de la palabra fisgón encontramos a una “persona acostumbrada a husmear o curiosear en los asuntos ajenos” definición que le queda como dedo en….anillo a la descripción de nuestro nuevo sujeto. Puede ser de cualquier sexo o edad. No tiene un horario definido; puede salir en la mañana, al medio día o en la tarde, pero nunca por la noche: cuestión de seguridad que tampoco se consigue por ninguna parte.

Su actividad cotidiana consiste en fijarse detenidamente en las bolsas que cargan los demás cuando regresan de hacer las compras; como estas son transparentes puede observarse el contenido de las mismas: pollo, detergentes, aceite, lava platos y otras menudencias por el estilo. Nuestro personaje, una vez contabilizado los productos que lleva la persona la aborda diciéndole – Señora disculpe la molestia, pero ¿Dónde consiguió jabón? ella por cortesía le responde – lo están vendiendo en el mercado bolivariano” la pulga reumática” – dice la interpelada; luego tiene que explicarle con lujo de detalles la dirección del establecimiento comercial. Creo que está demás decir que en el trayecto del mercado a su casa es abordada por unos cuantos fisgones. Cansada que en todo momento la estén interrogando, decide la próxima vez que vaya al mercado, llevarse una bolsa negra para que le metan ahí sus corotos.

Existe también un tipo de fisgón que no hace preguntas, observa lo que lleva la gente en sus bolsas, sigue su camino, da la vuelta, regresa y ¡Zuas! se las arrebata de las manos: es el moto choro, individuo que también trabaja en pareja; mientras uno conduce la motocicleta, el que va sentado detrás ejecuta la acción. Otra variedad de estos malandrines son aquellos que siguen a sus víctimas, esperan el momento adecuado para amenazarlos con una pistola, revolver o cuchillo y despojarlos de su mercancía, muchas veces no les interesa el dinero sino los productos.

Los móviles enlaces: Llegan a hacer su cola como cualquier hijo de vecino. Indagan que cosa se va a poner a la venta en el negocio: una vez que conocen la mercancía que van a ofertar ese día, agarra el teléfono celular y comienza este diálogo telefónico: – ¡Aló María, soy yo, Juanita!, mira vente rápido para el mercado “El Burro Flautista” que están vendiendo café – y se permite aconsejarla -, pero te vienes acompañada porque solamente dejan llevar dos paqueticos por persona- . Los demás que le preceden o anteceden en la cola hacen lo mismo: agarran sus respectivos aparatos, comienzan a llamar y mandar mensajes de texto a los amigos y familiares, y así se va tejiendo poco a poco una red de información.

Al poco rato comienza el relajo, ya que las personas que recibieron las llamadas y los mensajes se van colocando delante o detrás del informante, y –como es lógico- los que estaban antes en la fila comienzan a protestar por cuanto, una cola de cien personas se convierte en otra de trescientos, por no decir más.

Los productos continúan escaseando, las amas y amos de casa siguen protestando, las colas multiplicándose frente a todos los locales comerciales, y aunque el gobierno quiera esconderlas, parece no haber forma de solucionar el caos, y así poco a poco van surgiendo nuevos actores en esta tragi – comedia que viven hoy por hoy todos los venezolanos.

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PorJoseOmarTirado
Licenciado en Educación. Especialista en Supervisión y Gerencia. Profesor de educación media y universitaria. Caracas (Venezuela)
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