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Desafíos de una sociedad injusta

Última actualización: 02/03/2012 17:22
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Muchas personas, entre ellas no pocos jóvenes, han abierto sus mentes a los problemas que asolan a una sociedad universalizada haciéndoles permanecer con el corazón a la escucha. Mantienen sus brazos abiertos para tratar de comprender la desigualdad injusta que domina ese muro que no cae: el enfrentamiento entre los poderes económicos y las muchedumbres empobrecidas por el sistema.

De la observación nace la reflexión para la búsqueda de soluciones en común de forma que, ante la natural protesta, surjan propuestas viables para un desarrollo integral de la persona y de los pueblos que tienen derecho a la felicidad en una vida digna. Con libertad y respeto a sus características peculiares y en donde rija la justicia como presupuesto de toda acción solidaria.

Es tanta la necesidad y son tan acuciantes las tareas que nos llaman que sólo desde la sinergia entre las personas comprometidas será eficaz la acción solidaria como respuesta a una desigualdad injusta.

Es preciso abrirnos a los desafíos de una sociedad que causa situaciones de explotación, de pobreza, de hambre, de enfermedades evitables, de incultura, de guerras en las que siempre padecen los más débiles, de postergación de la mujer y de abuso de los niños, de abandono de los ancianos, de degradación del medio ambiente, de racismos y de marginación de amplios sectores de la población apoyados en un egoísmo tan inmerso como estéril.

Ya no más ayudas ni asistencias indiscriminadas sin el estudio serio y documentado de las consecuencias de esas estructuras de injusticia que dominan las relaciones entre las personas y entre los pueblos; sin la denuncia en todos los frentes sin temor a las consecuencias, y sin los adecuados proyectos en colaboración con todos los agentes implicados en la resolución de este desafío. Comenzando por los oprimidos y marginados que son y serán siempre los sujetos protagonistas de toda acción solidaria. Ningún ser humano podrá ser nunca objeto de nada, ni siquiera de nuestra compasión o de nuestra justicia: el otro siempre el sujeto que nos interpela y a cuya llamada acudimos con espíritu de servicio, dispuestos a aprender y convencidos de nuestra personal indigencia.

La cooperación, o se da entre iguales o se convierte en un mito. De ahí que en no pocos ambientes serios comience a cuestionarse la validez de la “ayuda al desarrollo”. ¿De cuál desarrollo? ¿Quién está legitimado para intentar cambiar a nadie? ¿Qué es eso de países en “vías de desarrollo”? ¿Acaso no convenimos hoy muchas personas en que el “subdesarrollo” no es un estadio del desarrollo sino un subproducto del mismo? Es preciso recuperar el lenguaje y asumir la mutación que preside el tiempo que nos toca vivir, so pena de ser arrastrados por la corriente. Si cambiamos “destino” por “vida” permanecen las palabras de Horacio: Ducunt volentem fata, nolentem trahunt (El destino conduce a quien lo acepta y arrastra al que lo rechaza)

Estamos convencidos de que es preciso despertar un movimiento a favor de lo más hermoso y noble que reside en el ser humano: su capacidad de justicia, de solidaridad y de entrega. En nuestras manos está el promover toda acción positiva, estimular todo esfuerzo útil, toda conducta noble. Todo y siempre con la libertad inherente al ser humano y al respecto incuestionable de sus derechos.

En ese reto nadie está exento, porque el Estado y sus funcionarios están al servicio de la sociedad y del bien común. Todas las instituciones, asociaciones, confesiones religiosas y movimientos humanitarios, así como cada ciudadano, estamos obligados a construir una sociedad más justa, más libre, más digna en la que cada uno pueda expresarse para poder alcanzar la plenitud personal que es prenda de la felicidad a la que todos aspiramos. El desarrollo tecnológico, que debe servir al desarrollo equilibrado de los pueblos, ha puesto en nuestras manos instrumentos poderosos que amenazan con ahogar los avances de las ciencias y desvincularlas de la sabiduría sin la cual todo progreso acaba por esclavizar a los hombres. De ahí la responsabilidad de los conformadores de la opinión pública y no sólo de los medios de comunicación, sino de quienes influyen en el mercado y se sirven de la publicidad para influir en la voluntad de los ciudadanos.

José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS

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