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Política

Los valores de las elecciones democrácticas en juego

Última actualización: 03/02/2012 22:51
DavidDonaire
DavidDonaire
PorDavidDonaire
Estudiante apasionado del conocimiento y muy curioso; bloggero muy activo, autor de http://daviddonaireblog.wordpress.com/ y Conmocion-social.blogspot.com
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Hay varias visiones de cómo actuar en democracia a la vista de la evidencia cuando se producen cualquier votación, por ejemplo, la última en el seno del PSOE. La primera postura es la que mantienen algunos de los propios «varones» del partido, el declararse a favor de uno de los posibles elegidos y otra, la que mantienen otros de los máximos dirigentes del partido, el declararse neutral con el fin de no influir en los demás. Es, no obstante un dilema interesante puesto que ambas posturas tienen su razonamiento en la democracia. Mientras la primera sostiene que ya que todos pueden elegir y son responsables de su elección, se puede declarar la intención de voto sin problema y sin perjuicio de efectos colaterales, que si los hubiera no son culpa sino de quién se deja influir. Además, resulta un orgullo estar en democracia y poder expresarse libremente sin tampoco perjuicio alguno. La segunda de las posiciones cree que la democracia se decide en las urnas y fuera hay que mantener la neutralidad con tal de no influir ni hacer propaganda de ningún tipo, las decisiones son totalmente personales y secretas. El recelo hacia los que declaran públicamente sus posturas proviene del pensamiento de los posibles conflictos, enfrentamientos entre las «facciones» de la sociedad o del partido como es el caso del ejemplo dado. Ambas posturas son irreconciliables a la hora de entender las votaciones democráticas y suponen un punto curioso de enfrentamiento entre los votantes y un signo de debilidad, a mi juicio, de la democracia tal como explicaré más adelante.

Los razonamientos, en realidad, son inequívocamente correctos en ambos y puesto que se está ejerciendo la libertad de expresarse, ambos tipos de argumentos son válidos y han de ser aceptados, así como las acciones en consecuencia a tales posturas. Sin embargo, muchos de molestan de los que claman a los cuatro vientos sus elecciones en los comicios y hablan abiertamente de ellas. No debería ser así, en primer lugar puesto que el voto, secreto y responsabilidad propia y presumiblemente consciente por el votante no debería ser influenciado si éste no lo desea. Lo segundo, respecto de las posibles confrontaciones: la democracia es debate y defender posturas, incluso contrarias en todos los sentidos y no por ello se ha de llegar a conflictos fuera del debate propio y habitual y hasta deseable en las democracias, para otros modos de pensar hay otros sistemas que se han dado a lo largo de la historia y en otros países, en la actualidad, aun subsisten algunos casos. Lo que no es ético-democrático son las falacias, la demagogia y los intentos de descrédito de la oposición u oposiciones en cualquier órgano de gobierno. Esa es la vergÁ¼enza del sistema, la que tiene que soportar en la práctica hoy día en casi todos los congresos, parlamento, senado, etc., en todas las instituciones democráticas. Por eso en el juego de la democracia hay dos posturas previas o, mejor, actitudes consustanciales al sistema que cumplir: la primera es la actitud de búsqueda de consenso, no se puede marchar a debatir si no se esta dispuesto a ceder en nada. Uno puede pensar que lleva la razón pero es que, al igual que uno, el otro también piensa que la lleva, sino no estaría defendiendo lo que está defendiendo, por tanto, la negociación implica, para consensuar un acuerdo, ceder por todas las partes implicadas en el proceso, en el encuentro. La segunda regla es la aceptación de los resultados, no sólo con el no-enfrentamiento, que es más o menos como la no-agresión en el mundo militar sino con el apoyo y el convencimiento de que es la opción legítima tal como proscribe la ley y es la voluntad de los votantes, del grupo al que se pertenece.

La libertad de las democracias de expresarse, incluso dentro de las propias instituciones no se riñe con su eficacia o coherencia. Esto es, que en un partido u organización cualquiera coexistan varias posturas acerca de sus funciones, quehaceres, etc. no es señal de mala salud de la entidad, al contrario, puede ser el símbolo buscado de la cohesión de la organización siempre y cuando, claro, no haya estragos y se cumpla con la «regla de oro» de la democracia en tanto a las actitudes necesarias para afrontar la divergencia de posiciones. La coherencia tampoco sufre de ningún daño. Porque en tanto el elegido en cualquier asamblea sea respetado por afines y detractores, además se conseguir el apoyo al mismo tiempo de todos. La implicación en el proyecto es labor de todos y las actitudes anti-consenso y anti-leyes son reprobables al completo. Por tanto, ni desde fuera ni desde el interior de las organizaciones donde se eligen los directores u otro puesto por medio de votaciones democráticas se ha de sentir la vulneración de la consistencia del grupo o de la coherencia de la dirección por ninguna de las partes.

La bancarrota de la democracia en los países occidentales es causa de los nulos efectos de consenso dados por las resistencias y la división entre «bloques» cual «facciones» que desembocan en poco menos que guerras tribales. Se ha dado a la opinión propia un rango tan elevado que asume en sí la verdad casi absoluta sobre las cuestiones en los debates. Es decir, mantiene una férrea convicción de inviolabilidad y, por consiguiente, a quién la mantiene, una posición de inflexibilidad y una nula actitud de logro de consenso. Ahora está de moda el «estamos en democracia, respeto tu opinión y tú también la mía y cada cual por su lado». Existe un miedo a exponer las posiciones de cada cual en busca de consenso, de convencer con argumentos y creo que esto se debe, además de auna perversa predisposición a mantener estas actitudes, a la poca educación sobre cómo se han de comparar, compartir, explicar, argumentar las diferentes posturas y la carencia de las guías lógicas sobre como dirimir tales diferencias y encontrar las similitudes. Soporta el sistema la ley del más fuerte y quién detenta esta posición ejerce en función sin mediación de nadie, aunque, eso sí, siempre con el «respeto» del resto de posiciones por delante. Pienso que en la democracia respetar no sólo es no agredir, llega a más. Supone un enfrentamiento sano de posturas sobre los temas, con el afán de aprender de los demás, de la construcción de las propias opiniones, en vez de sólo con heurísticos cualquiera, con voz en boca de todas las personas que han reflexionado sobre algo. Unido esto a las herramientas de la argumentación y de la lógica propias de los humanos, tenemos el coctel perfecto para enriquecer las posturas, evitar los sesgos lo más posible, los fanatismos y las imposturas. Llegamos a crear un ambiente de armonía y cooperación, utópico al parecer en las «modernas y avanzadas» democracias de los países más desarrollados.

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