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Política

#SpanishRevolution 3.0

Última actualización: 24/05/2011 17:08
joselopezsanchez
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Porjoselopezsanchez
José López es un ciudadano normal, que trabaja y que tiene las mismas preocupaciones y problemas que la mayoría de sus conciudadanos. Empezó a escribir tras...
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Estamos en una fase crítica. Aunque no seamos conscientes de ello, esto puede ser algo grande. No tenemos nada que perder y mucho que ganar. Algunas ideas para afianzar la Revolución de los indignados.

Hemos logrado lo más difícil: arrancar. Pero el camino va a ser largo y va a estar plagado de obstáculos. Lo primero de todo es afianzar la Revolución. Esta fase es crítica. Nos jugamos el ser o no ser. No consintamos que desnaturalicen esta Revolución, que la vacíen de contenido, que la conviertan en unas simples protestas, simpáticas pero inofensivas. Esto no es una simple protesta, no es una simple acampada masiva, es una REVOLUCIÓN. Llamémosla nosotros mismos por su verdadero nombre, no tengamos miedo de decirlo ante la gente, ante los medios. Pero es una revolución pacífica, estamos en el siglo XXI. ¡No vamos a dar ninguna excusa al Estado para que nos reprima fácilmente! Esta revolución va a marcar las pautas de las revoluciones del siglo XXI. Va a ser ella misma revolucionaria, por sus formas. ¡Estamos revolucionando también la manera de hacer las revoluciones!

Á‰stas son mis modestas, y por supuesto discutibles, aportaciones a la causa:

  1. Es imprescindible no abandonar las posiciones tomadas. Si nos mantenemos unidos y concentrados en los lugares céntricos de las ciudades, la Revolución se fortalece. Sería un grave error abandonar las acampadas actuales. Si nos dispersamos o nos vamos a lugares periféricos, la Revolución tendrá muchos visos de fracasar rápidamente. Es muy difícil que salte la chispa, la chispa saltó y debemos procurar que no se apague el fuego. Lo más seguro es no arriesgarnos, es avivar el fuego de la revolución, ese evento tan excepcional en la historia. Si somos pocos, al estar dispersos, la represión por la fuerza volverá. El Estado está deseando disolver mediante la violencia física las acampadas, si no lo ha hecho ya es porque no ha podido o porque teme el efecto rebote, que ya se dio. Ya lo intentó cuando la acampada inicial era muy pequeña. Si puede, lo volverá a intentar. ¡No se lo pongamos fácil! Si estamos en lugares no céntricos aumentan las posibilidades de la represión brutal por parte del Estado, y además, la Revolución pierde protagonismo. La Revolución debe hacerse fuerte en las plazas céntricas de las ciudades. Si surgen nuevas acampadas, como así debe ser, esto no debe ser a costa de desmontar las que ya existen. Ninguna acampada debe impedir el normal funcionamiento de la ciudad de que se trate. Si lo interrumpe el Estado lo tendrá muy fácil para desmantelarla, dirá que impide la vida normal de los ciudadanos. Si una acampada se hace demasiado grande, entonces se hace otra, pero sin abandonar la antigua. Las acampadas deben tener un tamaño mínimo, es decir, deben ser suficientemente grandes, y deben estar en lugares bien visibles, en los lugares céntricos (para evitar las cargas policiales), pero también deben tener un tamaño máximo (para evitar la interferencia de la vida normal de los ciudadanos y para que sean manejables internamente, pues una acampada demasiado grande es mucho más complicada de gestionar).
  2. Debemos ser exquisitos en las formas. Ya lo estamos siendo, pero hay que serlo todavía más. No debe haber botellón, pero tampoco porros. Para mucha gente, entre la que no me encuentro, ver a unos jóvenes fumando porros da mala imagen. Es absurdo, ya lo sé. Pero tampoco pasa nada si quien desea fumarse un “peta” se sale de la plaza, lo fuma y vuelve. Cuanto más exquisitos seamos en las maneras, más adeptos ganaremos entre los ciudadanos que vienen a curiosear. De paso, así los acampados pueden cambiar un poco de aires. ¡Lo estamos logrando por las maneras exquisitas en que estamos haciendo la revolución! ¡No nos relajemos! La Revolución es algo muy serio. Por supuesto que necesitamos momentos de descanso y lúdicos, pero siempre recordemos que los ciudadanos nos ven, y, desgraciadamente, para muchos ciudadanos ver fumar porros es signo de poca seriedad. Si vamos en serio, debemos dar una imagen seria. ¡Ya tendremos tiempo en el futuro de incluso intentar legalizar las drogas blandas! ¡Pero ahora estamos intentando cambiar el sistema, estamos intentando construir una nueva infraestructura política!
  3. Hay que mantener siempre un tamaño crítico, mínimo, suficientemente grande, de las acampadas (si no la policía aprovechará el primer momento para desalojar), pero podemos intentar rotar, unas personas acampan unos días, otras otros. Así nadie se agota y el movimiento en conjunto permanece “fresco”. Si tenemos intención de prolongar en el tiempo las acampadas hasta que logremos resultados concretos, entonces es imprescindible que los acampados vayan rotando para no agotarse. Somos muchos, hagamos turnos, organicémonos para mantener viva la llama, pero sin que se resienta nuestra salud. Esto es lo que está esperando el sistema, que nos cansemos y nos retiremos tranquilamente del campo de batalla. Que sepamos que el sistema tomará bien nota de lo ocurrido, ya lo ha hecho, y no volverán a ser posibles las acampadas, por lo menos en los centros de las ciudades. Si nos retiramos ahora, lo perdemos todo, o por lo menos nos arriesgamos mucho a ello. En la “guerra” cualquier mal paso dado se paga muy caro. Y una revolución, por muy pacífica que sea, es la guerra contra el poder. ¡Esto no es un juego!
  4. Existen muchos peligros que, por supuesto, a medida que pase el tiempo se acrecentarán. No olvidemos que estamos cuestionando al sistema y que estamos atacándolo, de la mejor manera posible (pacífica y ejemplarmente), pero lo estamos atacando. Sin duda, el Estado se va a defender de todas las formas posibles. Una de ellas, clásica, introduciendo espías, quintas columnas, entre nosotros para reventar las asambleas, para crear confusión, para dividir. Por este motivo, el aprobar las cosas por unanimidad es muy peligroso: basta que haya uno de la quinta columna para impedir cualquier decisión y cualquier avance. Por esto propongo que una vez votada cierta propuesta, se intente primero que salga por unanimidad, si no es así, que hable quien se opone radicalmente (siempre debemos dar voz a todos, incluso a los críticos más radicales, los cuales deben ser respetados en sus opiniones, por lo cual convendría incitar al público a no silbar, a respetar todas las intervenciones por igual), y que a continuación la gente vuelva a votar, no siendo necesaria esta segunda vez la unanimidad, sino la mayoría absoluta. Lo que no puede ser es que no se pueda avanzar por un solo voto. Insisto: este método de la búsqueda de consensos, de la unanimidad, el cual a mí en particular me encanta, es muy peligroso en un momento de lucha contra el Estado como el actual. Se lo ponemos muy fácil a nuestros enemigos para usar nuestras bellas reglas contra nosotros mismos. Estamos luchando contra un enemigo muy poderoso que no tendrá la más mínima contemplación para vencernos, que aprovechará cualquier fallo que cometamos, por pequeño que sea. Por otro lado, quienes deben decidir sobre las cuestiones que atañen exclusivamente a los acampados, como si seguir acampando o no, deben ser los propios acampados. ¡No vaya a ser que el Estado mande a una quinta columna numerosa para que la votación sea a su favor! Podrían ponerse brazaletes los acampados para que cuando se vote cuestiones que les incumben sólo a ellos, no vote ningún infiltrado malintencionado. No sé si esto ya se está haciendo así, pero yo doy la idea, por si acaso. Lo ideal sería incluso que esa decisión de seguir acampando o no se consensuara entre todos los campamentos revolucionarios del Estado. La unidad hace la fuerza. Y una decisión unánime conjunta de todos los acampados del país sería un signo de fortaleza y de determinación. Esto sería lo ideal, pero, lógicamente, a lo mejor no es posible porque hay acampadas más pequeñas que tienen más difícil resistir por largo tiempo. La manera de combatir a los oportunistas, a los boicoteadores, a las quintas columnas, que, sin duda, aparecerán, más cuanto más tiempo pase, es mediante el enfrentamiento dialéctico con ellos, con el máximo respeto posible, con toda la libertad posible, pero sin dejar que acaparen la palabra, sin dejar que la acapare nadie. A quienes critican destructivamente les pediremos que aporten alternativas prácticas y concretas, les preguntaremos cómo harían ellos las cosas. Esto les delatará ante todos y les desarmará ideológicamente. Entre nuestras propias filas, basta ver los foros de la prensa alternativa, hay mucho infiltrado que desea que esta Revolución no vaya a más. Ellos son muy conscientes del peligro que amenaza a todo el chiringuito que tienen montado políticos, banqueros y demás. ¡Y, por supuesto, insisto una vez más, no se van a quedar de brazos cruzados! El poder nunca cede fácilmente sin resistir.
  5. Se necesita más coordinación, no sólo dentro de las acampadas, sino que entre todas las acampadas del Estado. Cuanto más unidos y coordinados estemos, más peligrosos somos. En una página web debe centralizarse todo para mejorar la coordinación. En dicha página hay que poner enlaces a artículos, libros, prensa alternativa, etc., donde cualquier ciudadano que entre pueda acceder a ideas alternativas que no conoce. ¡Tenemos que ir ganando adeptos a la causa, no sólo con nuestra simpatía sino que también informando! Si el Estado está cortando el acceso Wi-Fi a Internet, como así me consta que está pasando, debemos denunciarlo en los medios de comunicación, debemos ponerlo en las octavillas, en la página web central de la Revolución, en grandes carteles en las plazas. Ya que hemos logrado una gran publicidad, aprovechemos para seguir concienciando al resto de ciudadanos, sobre la represión que sufrimos, por muy sutil que sea, sobre nuestros motivos, sobre por qué decimos que aún no tenemos una democracia real, sobre la importancia esencial de la infraestructura política democrática para lograr una sociedad mejor. Esa web ya existe, es Spanish Revolution. Da igual si es una página u otra, pero debe ser UNA que centralice todo. Habrá que potenciarla y promocionarla prioritariamente.
  6. Debemos colocar carteles bien grandes en las plazas reivindicando MÁS Y MEJOR DEMOCRACIA. Concretando un poco, diciendo, por ejemplo, que la democracia no es sólo votar, es también igualdad de oportunidades, es también libertad de expresión real, acceso a todo tipo de ideas por cualquier ciudadano, separación de poderes efectiva (de todos los poderes: legislativo, ejecutivo, judicial, prensa, sindical, iglesia, ¡y poder económico!, la madre de todos los poderes), ley electoral justa, “una persona, un voto”, revocabilidad, referendos vinculantes, mandato imperativo, transparencia, autofinanciación de partidos políticos y sindicatos, derecho a elegir entre república y monarquía, etc. Debemos decirle a la gente que la democracia representativa no es la única posible, que puede ser más participativa, que es necesaria, pero que puede, que debe también, ser complementada por la democracia directa en los ámbitos más locales. Cualquier ciudadano que entre a curiosear en las plazas revolucionarias debe percibir rápidamente que no somos utópicos, que planteamos medidas concretas, perfectamente realizables a corto plazo, que somos realistas. Asimismo deben ponerse carteles bien grandes con direcciones web de la prensa alternativa, del movimiento 15-M, etc. Deben repartirse octavillas donde se reúnan todas las páginas web recomendadas y donde se resuma nuestras demandas y denuncias, sin abrumar de información. Ya sé que ya se empieza a hacer, pero debe hacerse todavía mucho más. Hay que mejorar mucho la labor de propaganda. Facilitémosle todo lo posible al ciudadano corriente, intoxicado por la propaganda del sistema, el poder emanciparse intelectualmente, el poder acceder a otras ideas y noticias. ¡Debemos romper el monopolio de las ideas que ostenta el sistema! ¡La grieta debe abrirse mucho más!
  7. Cada cierto tiempo deben hacerse actividades complementarias para mantener viva la Revolución, para llamar la atención de la ciudadanía y de los medios de comunicación. No basta con estar acampados durante cierto tiempo. Esto de realizar actividades paralelas a las acampadas ya se empieza a hacer, ya se han convocado nuevas manifestaciones, que, por supuesto, deben ser simultáneas en todo el Estado. Esta estrategia ha dado grandes resultados, hay que llamar la atención de la ciudadanía con originalidad, despertando la simpatía para con nuestra causa, pero también hay que despertar el interés por las ideas que defendemos, por la democracia real. Habrá que mantener esta estrategia de cada cierto tiempo hacer actividades complementarias, que no siempre tienen por que ser manifestaciones (aunque éstas deberán ser esenciales), también podrían convocarse concursos donde la ciudadanía pueda participar activamente. Por ejemplo, se podría dar voz a los ciudadanos a determinadas horas para que en las plazas expongan sus ideas acerca de la crisis, de la política, del trabajo (¡pero no de sus problemas estrictamente personales, por favor!). Esto mantendría vivo el espíritu de la Revolución, y la ciudadanía se identificaría todavía más con ella. ¡Esto es la Revolución de toda la ciudadanía! Posibilitemos la participación activa de todos los ciudadanos de todas las maneras que se nos ocurra.
  8. Como ya comenté en mi anterior artículo (#SpanishRevolution 2.0), creo que es importante el dotar al movimiento de símbolos. Tenemos ya una frase, la cual me parece perfecta: “¡Democracia Real Ya!”. Pero ayudaría también mucho una bandera. Todo ejército, toda revolución, todo movimiento, ha tenido siempre su bandera. Y esto no es así por casualidad. Las banderas identifican al movimiento, posibilitando enormemente su publicidad, uniendo a la gente alrededor de ella, elevando la moral. En una de las asambleas de la zona cero de la Revolución se propuso que la gente colgara en los balcones de sus casas algo que mostrara su estado de malestar, su apoyo a la revolución democrática, pero como no se sabía que colgar, se propuso sábanas blancas con las demandas escritas que cada uno quisiera. ¿No sería esto más eficaz si todos pusiéramos lo mismo: una bandera del movimiento por la democracia real ya? El mismo símbolo usado por todos da más sensación de unidad, da más fuerza al movimiento. Yo propuse primero usar la bandera republicana tricolor, pero hubo gente que me comentó, no sin razón, que era un error estratégico, pues para mucha gente esa bandera se asocia a una época y a una ideología. Por esto, propuse a continuación la bandera blanca. Algunos me contestaron que eso es signo de rendición. Yo no pienso así, pienso que es la bandera de la paz, nosotros queremos paz social, por eso nos hemos levantado contra este sistema, basado en la guerra de todos contra todos, nos hemos levantado pacíficamente porque somos gente de paz. Si estamos en las plazas es que no nos rendimos. Obviamente, es discutible si es mejor una bandera u otra. Lo más importante, y eso ayudaría también a elevar la moral, además de que daría un ejemplo del carácter profundamente democrático de la Revolución, sería que entre todos los acampados de España se eligiera democráticamente (tal vez vía Internet, si es factible, una perfecta excusa para practicar la democracia electrónica) nuestro nuevo símbolo. Una bandera que no pueda asociarse más que a este movimiento, que no pueda ser usada por nuestros enemigos, para, en base a los prejuicios labrados durante décadas, asociarnos a tal o cual partido, a tal o cual ideología. El principio estratégico de declararnos apartidistas y asindicalistas ha funcionado, ha despertado la simpatía de mucha gente, ha aglutinado a mucha gente alrededor de este movimiento. Debemos seguir con ese principio estratégico fundamental. Estamos al margen de cualquier organización preexistente pero no somos apolíticos, al contrario, como decían por las ágoras de nuestra Revolución, somos “superpolíticos”. En las plazas de España se oye más política desde hace unos pocos días que durante años en los falsimedia, en los medios de desinformación de masas, donde la política se ha convertido en un simple culebrón. Frente a la “política rosa” del sistema, nosotros reivindicamos y practicamos la POLÁTICA, con mayúsculas. ¡La política ha vuelto al país, pero a las calles! En las plazas se habla más de política, se parlamenta más, que en los parlamentos.
  9. Ya se han empezado a montar medios de comunicación alternativos en las acampadas. Usemos dichos medios (radio, prensa escrita) para hacer periodismo real, para dar voz también a los ciudadanos. ¿Por qué no también una webTV? Así posibilitamos que cualquier ciudadano pueda informarse prescindiendo de los medios clásicos. ¡Así vamos rompiendo el monopolio informativo del sistema, disfrazado de falsa pluralidad! La Revolución del siglo XXI será reportada por su misma prensa, la cual, gracias a Internet, se hace accesible a todo el mundo. Cuanto más seguida sea nuestra Revolución por la gente, de nuestro país y del extranjero, más efecto dominó producirá, aquí y allende. ¡Usemos la tecnología a nuestro alcance! ¡Aprovechemos la gran formación de la juventud que ha salido a la calle! Hagamos la revolución dando ejemplo, haciendo política en las calles, como ya estamos haciendo, pero haciendo también un periodismo real. Mostremos a la gente, no sólo con palabras, sino que también con hechos, que es posible otra política, otro periodismo, otro sistema. Demos voz a la gente para que se exprese, para que debata, contagiemos a la gente del espíritu democrático que tenemos. ¡Practiquemos la democracia real ya! ¡La democracia debe echar raíces en la gente!

Las acampadas han logrado ya su gran objetivo: poner en agenda la política en un país donde la política era inexistente. El movimiento de los apartidistas, de los “superpolíticos” como se autodenominan frente a quienes confunden apartidista con apolítico, ha devuelto la política al país apolítico, dominado por profesionales de la política que no hacen política sino que se limitan a obedecer a sus dueños del poder económico, que se limitan a chupar del bote, a hablar para no decir. Gracias a las acampadas revolucionarias la gente de la calle ha recuperado la vitalidad política, debate, se conciencia, habla de las carencias de nuestra actual democracia. Se están replanteando las bases del sistema político y económico, de aquí el carácter claramente revolucionario del movimiento 15-M. Los viejos revolucionarios siguen con su hoja de ruta de siempre, no se dan cuenta del trascendental hecho de que no hay transformación social de ningún tipo sin la infraestructura política adecuada. Sin democracia política no hay democracia económica. Sin democracia económica no hay cambio social, no hay realmente democracia. La democracia económica realimentará a la política. Pero la democracia en el sistema político es por donde hay que comenzar. Si se consiguen cambios importantes que impulsen decididamente la democracia política, la revolución social será posible. Aunque no estará garantizada. El pueblo deberá seguir presionando para obtener resultados concretos en el ámbito económico, pero con el poder del pueblo real eso será mucho más factible. En cuanto a la concienciación, este movimiento del 15-M ha sido un éxito total, que ha desbordado a sus promotores. Hay que seguir concienciando. ¡Pero no basta con concienciar! Para cambiar el sistema, el poder político deberá ceder, deberá comprometerse a las reformas democráticas pedidas por la ciudadanía. Dichas reformas democráticas, repito, posibilitarán la revolución social. En verdad que un cambio de régimen es toda una revolución. La verdadera revolución es la democracia, la real. Sin ella no hay nada que hacer. Yo les pido a quienes critican esta Revolución por no cumplir con los cánones de sus dogmas, de sus revoluciones preconcebidas, precocinadas de una sola manera, que nos digan cómo lograr los ansiados cambios, que no se limiten a criticar, que aporten ideas prácticas. Como ya dije, el gran objetivo de esta Revolución debería ser el cambio de régimen (que no sólo el cambio de su nombre), que el pueblo español pueda ejercer en las urnas su derecho a elegir el régimen y su Constitución, que el pueblo pueda participar democráticamente, activamente, en la construcción de la nueva democracia. Cuanto más participe directamente la ciudadanía en la construcción de la democracia real, más real será la democracia lograda.

La naciente revolución ha saltado de la Red a la calle, no debe volver a la Red para quedarse sólo allí. Si recordamos que la revolución empieza con el cuestionamiento del sistema actual y con el planteamiento de alternativas sistémicas, hace ya cierto tiempo que la revolución avanzaba por el espacio virtual. Pero, como toda revolución, la Spanish Revolution será real o no será. La originalidad de esta revolución, como de las que van a ser las revoluciones del siglo recién estrenado, es que, además de tener que darse la combinación adecuada “clásica” de diversos factores simultáneos que se realimenten mutuamente: condiciones objetivas (necesidad de cambio) y subjetivas (conciencia, estrategia, organización), teoría y práctica, vanguardias y masas (el liderazgo de esta revolución horizontal deberá nacer desde abajo, dicho liderazgo será el encargado de negociar con las autoridades cuando llegue la hora de la verdad, dicho liderazgo deberá obedecer las consignas aprobadas mediante democracia directa en las asambleas de base, y deberá rendir cuentas ante ellas); se añaden nuevos factores, propios de la era digital en la que estamos: realidad (calle) y virtualidad (Internet). La revolución en la calle se nutre de y nutre a la revolución en el ciberespacio. Así como no había, y sigue sin haber, revolución si no se da al mismo tiempo las condiciones objetivas y subjetivas adecuadas, si no existe al mismo tiempo la teoría adecuada y la práctica correspondiente (que a su vez realimenta a la primera), si no existe el hecho de que las masas asuman protagonismo y se coordinen a través de cierto liderazgo, no habrá, a partir de ahora, revolución si no existe simultáneamente realidad y virtualidad. Todos los factores son importantes y se realimentan mutuamente.

En el Estado español todos ellos se han dado de la manera adecuada, por eso ha surgido esta revolución. Si se comprende la dialéctica materialista se comprende por qué ha surgido esta inesperada, aunque deseada por muchos, revolución. Sí se esperaban protestas sociales, dirigidas sobre todo contra el gobierno actual o contra la figura genérica de los banqueros (esto no es tan peligroso como apuntar a la estructura básica del sistema político y económico), pero no se esperaba que derivaran en un cuestionamiento general del propio sistema, es decir, en revolución. Los medios de desinformación, es decir, de dominación ideológica del sistema, están intentando negar, o por lo menos amortiguar, la naturaleza real de este fenómeno, insistiendo en que los acampados son sólo indignados (cuando son también en verdad revolucionarios, pero no a la antigua usanza), preguntando continuamente hasta cuándo van a durar las acampadas (sólo les falta decir pic-nics), con el deseo así de influir en la opinión pública, y en los propios revolucionarios, en el sentido de que esto no puede durar mucho, de que va a durar poco, de que no va a ser más que un episodio breve, simpático y comprensible de una ciudadanía harta de la crisis. Pero es que los “acampados” ya han dicho, aunque no oficialmente sino que en los carteles que inundan las plazas de las Soluciones, que la crisis es el propio sistema. ¿Existe mayor declaración revolucionaria? Si se comprende la dialéctica, se comprenderá que la revolución, el acontecimiento más dialéctico habido y por haber en la sociedad humana, avanza cuando los factores se realimentan entre sí, o se estanca y muere si sus contradicciones estallan. Esta revolución podía preverse hasta cierto punto (ver El cambio en España), pero no podía esperarse la manera tan peculiar como ha surgido. Estamos en los albores de una nueva era de revoluciones. La actual, cuyo claro precedente es la Revolución islandesa de 2009, cuyas influencias provienen también de las revoluciones árabes, tunecina y egipcia especialmente, inaugura una nueva forma de hacer revoluciones. Este nuevo tipo de revoluciones ha cogido totalmente por sorpresa al sistema, de ahí su éxito inicial abrumador, y a los propios “profesionales” tradicionales de las revoluciones, ellos siguen aferrados a las viejas formas de lucha popular, como a los viejos dogmas. Como decía un conocido locutor de Radio en España, un crítico musical es aquel “experto” que no se entera de lo que ocurre delante de sus narices y que muchos años después nos dice a todos que eso que ocurrió era muy importante. Esto les está pasando a muchos revolucionarios “tradicionales”, de la vieja usanza (pero no necesariamente viejos), y a muchos “analistas” y “expertos”, sin contar con el insuperable handicap que tienen los lacayos del sistema de tener que llegar a la conclusiones que sus amos les dictan, de tener sus análisis igual de hipotecados que sus vidas y sus dignidades.

Las revoluciones de este siglo tendrán, por supuesto, muchos puntos en común con las de toda la vida, pero ahora serán pacíficas, cívicas, ejemplares, virtuales, además de reales. Y esto es especialmente aplicable en aquellos países que llevan “disfrutando” cierto tiempo de la vieja democracia liberal (“Primer” Mundo sobre todo). ¡Pueblos de Europa, de Norteamérica, alzaos! Islandia, España, os están marcando el camino, la manera en que debe hacerse la Revolución democrática mundial del siglo XXI. Porque este sistema sólo podrá ser superado internacionalmente. El internacionalismo revolucionario sigue siendo imprescindible, pues el sistema podrido es internacional, pero como todo lo demás, el internacionalismo de las revoluciones del siglo XXI adopta nuevas formas.

 

¡No abandonemos las plazas donde nos hemos hecho fuertes!

¡Trabajemos para promocionar mucho más la Revolución!

¡Practiquemos la sociedad alternativa en los centros de las viejas sociedades!

¡La unión y el número hacen la fuerza! ¡Esto es el ABC de cualquier revolución!

 

 

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Porjoselopezsanchez
José López es un ciudadano normal, que trabaja y que tiene las mismas preocupaciones y problemas que la mayoría de sus conciudadanos. Empezó a escribir tras observar el famoso incidente del Rey de España en la cumbre iberoamericana de Chile de 2007, tras observar el tratamiento “informativo” del mismo. Harto ya de permanecer impasible, de tragar, de no ver, no pudo evitar abrir los ojos, no pudo evitar “despertar” del largo letargo en el que permanecía sumido. Empezó a escribir como simple ejercicio de poner por escrito lo que estaba viviendo, como si fuera un diario personal de un ciudadano, que por fin “despierta” y quiere dejar constancia por escrito de dicho “despertar”, de lo que observa, de lo que vive. El objetivo inicial era simplemente escribir lo que veía para no olvidarlo, para ordenar sus ideas, para compartir con sus allegados sus impresiones. Pero todo cambió cuando, animado por su esposa, decidió dar el siguiente paso: intentar publicar en la prensa alternativa alguno de sus artículos. No lo intentó en la prensa oficial porque tenía la certeza de que no lo iban a publicar. Cuál fue su sorpresa cuando el primer artículo que envió (aunque no fue el primero que escribió), titulado Los desafíos de la izquierda en el siglo XXI, fue publicado en todas las webs donde decidió enviarlo por correo electrónico. Y no sólo eso, sino que, según parece, por los comentarios que vio, por las opiniones que le expresaron diversos redactores, gustó bastante. Así pues se dio cuenta de que no se le daba del todo mal escribir (en este punto la crítica constructiva de su madre, lectora empedernida y escritora potencial dando sus primeros pasos, fue también decisiva) y de que no sirve de nada escribir si luego nadie le lee a uno (aparte de sus más inmediatos allegados). Se dio cuenta del poder de Internet, de la posibilidad de que un simple ciudadano medio pudiera emitir sus ideas (como si fuera un “mensaje en la botella”) para que otros ciudadanos pudieran leerlas, pudieran opinar sobre ellas, pudieran rebatirlas o criticarlas. José López no es ningún “iluminado” ni ningún “gurú”, ni ningún “experto” en la materia, nada más lejos de su intención. Aun teniendo unos estudios superiores a la media, éstos no sin ni mucho menos extraordinarios. El mundo está lleno de individuos con elevadísimos niveles de estudio. Sin embargo, la mayoría de estos individuos, lejos de usar sus conocimientos o su capacidad intelectual al servicio de los demás, al contrario, los utilizan para su prosperidad individual. Carecen de compromiso, de honestidad, de valentía y rebeldía para denunciar las injusticias que observan a su alrededor. Lo que distingue a José López de estos individuos es precisamente su actitud activa, más que sus aptitudes. Las ideas expresadas por él en su libro Rumbo a la democracia, y esto es precisamente lo más interesante, son el resultado de la emancipación intelectual de un ciudadano corriente que, impulsado por su rebeldía innata, adormecida durante años, decide “dejar de mirar su ombligo”, y aportar su “granito de arena” para intentar mejorar el mundo que le ha tocado vivir. Su objetivo es muy simple: ayudar a concienciar a sus conciudadanos de que aún no hemos alcanzado la auténtica democracia, de que es posible y necesario mejorarla notablemente, de que el desarrollo de la democracia es, quizás, la única vía para que la humanidad, no sólo pueda prosperar, sino que, además, pueda sobrevivir a sí misma. Desde la humildad de un simple ciudadano de a pie, y en la medida de sus limitadas (aunque no nulas ni fuera de lo común) posibilidades, su objetivo es contribuir al debate público para que, entre todos, nos concienciemos, nos involucremos y contribuyamos a resolver los problemas de nuestra sociedad. José López se define como un librepensador independiente, como un demócrata pacifista convencido, que comulga con las ideas de la izquierda, pero que no se casa con ninguna de sus corrientes, que considera que el fin no justifica los medios. Para él la izquierda, es y ha sido siempre, la que ha impulsado los cambios por una sociedad más justa y libre. Sin embargo, huyendo de todo dogmatismo y de todo sectarismo, liberándose de prejuicios, como consecuencia del pensamiento libre y crítico que procura practicar, ha realizado un viaje personal de emancipación intelectual para estudiar de primera mano ideologías consideradas por muchos de sus conciudadanos como caducas, ideologías demonizadas por gran parte de la sociedad. Viaje cuyo objetivo fundamental ha sido intentar buscar soluciones a los problemas actuales de nuestra sociedad, partiendo del trabajo hecho en el pasado. Además de conocer a fondo ciertas ideologías “prohibidas”, se ha permitido el lujo de hacer una crítica constructiva de las mismas (el lector juzgará si fracasada o no). La búsqueda de una sociedad mejor debe realizarse en base a un trabajo en equipo entre hombres y mujeres de distintos lugares y de distintas épocas. Existe un repositorio de ideas y experiencias históricas que hay que considerar. No se trata de partir de cero, no se trata de “reinventar la rueda”, se trata de basarse en las ideologías preexistentes para, teniendo en cuenta sus resultados prácticos, sus éxitos y fracasos, reformularlas, además de adaptarlas a los tiempos presentes. José López considera que, para ello, lo importante son las ideas y no las personas. Lo fundamental es conocer, juzgar, criticar, rebatir o retocar las ideas y los razonamientos expuestos sin importar quién sea su autor, sin caer en el error, tan habitual, de dar mayor o menor importancia o validez a los escritos en función de quién los firma, sin dejarse impresionar por las “autoridades intelectuales”. Huyendo de todo protagonismo, de todo personalismo, considera que la lucha por una verdadera democracia debe ser tal que los liderazgos personales sean mínimos y transitorios. El desarrollo de la democracia no debe ser patrimonio de nadie, debe ser protagonizado por el propio pueblo. No debe haber “interferencias” personales. Lo interesante precisamente de su libro Rumbo a la democracia, es que las ideas expuestas sobre el sistema político de España (aplicables en su mayoría al resto del mundo), no son el resultado de un estudio riguroso de un experto en la materia basándose en “información privilegiada”, al contrario, sus análisis y conclusiones son consecuencia de lo que cualquier ciudadano de a pie puede observar a su alrededor. La información en la que se ha basado el autor es fácilmente accesible al ciudadano normal. Internet posibilita que cualquier ciudadano pueda acceder libremente a toda la información en la que se basa José López para expresar sus ideas en su libro. Á‰ste es el verdadero valor añadido de Rumbo a la democracia: el análisis y la búsqueda de soluciones desde la perspectiva (siempre opinable y cuestionable) de un ciudadano de la calle. Sólo será posible alcanzar la verdadera democracia, el poder del pueblo, cuando el mismo pueblo se conciencie y participe activamente, POR SÁ MISMO, en su emancipación. Cuando no dependa de ninguna élite intelectual. Cuando “despierte” y asuma su protagonismo. Este ambicioso libro pretende contribuir, humildemente, a ello.
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