Soria. Pueblos sin almas, pero con alma

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Son cerca de noventa pueblos abandonados, con nombres como Manzanares, Armejún o Bea. Y lo están más en invierno que en verano, pues en esta época vuelven quienes se fueron buscando su mundo desde el infierno urbano. Aunque nació en Madrid, él mismo se define como soriano numantino. A esta tierra dedica buena parte de ‘La España mágica’ (Espasa).

Vale el título propuesto, pero también cabría llamar a esta crónica, con un poquito de amoroso humor y una miaja de socarronería, ‘La decadencia del imperio soriano’.

Roma cayó cuando sus gentes cambiaron la seda del agro por el percal de la polis. Así, por lo mismo, caerá también la apestosa hegemonía del american way of life y de sus numerosos palanganeros. Cultura viene de cultivar la tierra. Y, de hecho, cuando la tierra no se cultiva, tal y como sucede ahora, la cultura se extingue.

El nuevo satiricón ya ha empezado, Pedro Almodóvar es uno de sus petronios y Mercedes Milá, caída en combate, es una de las primeras víctimas. España, como puede verse, desfila al frente de la procesión.

Perdóneme el lector estas consideraciones, acaso extemporáneas en el ámbito de una crónica viajera, pero hay en el hinterland de Soria, si la cuenta de la vieja de mi amigo Antonio Ruiz no desbarra, alrededor de noventa pueblos abandonados por quienes eran, hasta que empezó el éxodo, sus vecinos, sus pobladores, sus valedores. Ahora andan casi todos desperdigados por Madrid, por Barcelona, por Zaragoza o, inclusive, por Düsseldorf. ¡Qué disparate! En el pecado llevan la penitencia.

Sí, sí, ya sé que la desbandada no se produjo únicamente en Soria, sino por doquier, pero qué quieren. Yo soy soriano, además de alicantino, y barro para dentro. Los demás, que arreen.

Pero no todo es mohína donde falta la harina ni hay mal, ya lo dicen Lao Tse y el refranero, que por bien no venga. Al peregrino, en medio de la catástrofe, le queda el nada triste consuelo de emprender y recorrer –con morral, refrigerio y viático, eso sí, pues no resulta fácil encontrar en tan puros y duros finisterres iglesias ni figones abiertos– la ruta, distinta a todas, de los pueblos abandonados al hilo e intramuros de lo que un día fuese terruño, trajín de labranza, azacaneo de vida e itálica famosa. Hágalo el viajero, cubra esa ruta con el mismo talante y asombro con el que Winckelmann llegó a Pompeya.

CELTIBERIA

Noventa pueblos no caben en una crónica. Nueve, tampoco. Ni la literatura ni el periodismo son guías de teléfonos. Me limitaré a mencionar los que la lógica mande y el espacio disponible acote. Imagine, en cuanto a los demás, el lector que está, como cuando era niño, ante un mapa mudo de esos que el estudiante debe rellenar con nombres y búsquese la vida por su cuenta.

Sea, además, humilde. Preguntando se va a Roma, y con más facilidad aún, y menos gasto de suelas y de tiempo, se llega, verbigracia, a Manzanares pasando por el Burgo (catedral y fonda… La del maestro rötisseur Ramón Gil en el Palafox), por San Esteban de Gormaz (románico y vinillo joven en espeluncas de troglodita), por la Venta de Tiermes (que fue magnífica, y en lo relativo al yantar lo sigue siendo, pero a la que le han levantado encima un mamut de hormigón armado) y, sobre todo, por la propia Tiermes.

Sobre todo, digo, porque allí, en lo que fue epicentro moral de Celtiberia (junto a Numancia. La duda ofende) y primera plaza de toros de la historia, experimentará el viajero, si tiene la piel sensible, escalofríos de emoción arqueológica, histórica, patriótica y paisajística similares, pongo por caso, a los que suscitan las pirámides de Egipto.
¿Conque ya está Dragó exagerando? Bueno… Vayan y vean. Quedo a la escucha.

Manzanares es una excelente meta. Desengañémonos: casi la mejor posible. Fue el primer pueblo abandonado que yo visité, allá por el 70, cuando se echaba a andar en mí la aventura literaria y vital de Gárgoris y Habidis, y claro: eso marca, pero marca también, todavía más, la posterior (en mi caso) evidencia de que los restantes pueblos con alma, pero sin almas, de la Soria secreta no rayan a la altura del enclave mencionado. Éste es, por añadidura, algo así como una recopilación, un breviario, un museo o una síntesis de todo lo que ofrecen al trotaiberias los otros puntos de la ruta.

ALDEAS ABANDONADAS

A saber: hermosos y juiciosos edificios de adobe, mampostería y piedra en los que vivir no era un tormento; cocinas para el fogón, la mesa y la sobremesa rematadas a cielo abierto por formidables campanas de chimenea revestidas de hollín de siglos; caños de fuente en la plaza por cuyas bocas aún sale el chorro antiguo del agua de los neveros; iglesias de noble fábrica, espadañas de barro, techumbre desventrada, iconos caídos y mandrágoras en los confesionarios; cementerios invadidos por la acre verdolaga de las ortigas; escuelas en cuya única aula aún se distingue la última frase escrita por el maestro en el encerado; tabernas en cuyo mostrador aún descansan, con la huella turbia del poso del vino seco, los últimos vasos apurados por quienes, en un mal momento que no cesan de lamentar, optaron por meter sus cosas en un hatillo –no todas. Allí, en las aldeas a las que aludo, siguen algunas, bastantes, de las que ellos dejaron atrás y no se llevaron posteriormente los descuideros como yo– y por emigrar con la familia (o no) a cuestas hacia los infiernos urbanos…

Lo dicho: Pompeya después de la erección y erupción del Vesubio.

Manzanares y su alfoz quedan en el sudeste de la provincia. Saltemos ahora, por ejemplo, aunque dejando constancia de que existan otras muchas posibilidades, al vértice septentrional, allí donde Soria deja poco a poco de ser castellana para poco a poco hacerse riojana o aragonesa, y busquemos lo que no es fácil, porque aquello parece la Amazonía (si es que en la Amazonía hay valles). Tire usted de jeep, de burro, de mula o de bota de Siete Leguas, ¡evohé, Baeta!… Busquemos, decía, el territorio comanche de Villarijo, a un paso de San Pedro Manrique, y topémonos en él, y en sus andurriales, además de todo lo dicho, con la agradable sorpresa de que reina allí, milagros de San Saturio, un microclima cuya suavidad permite que broten higueras, cerezos, almendros e inclusive olivos cuyos frutos nadie se molesta en recoger. Quien los plantó es o puede ser ahora, que cosas aún más absurdas se han visto desde que Adán prefirió las tetas de Eva a los consejos del Creador, taxista en Moratalaz, cipago en Donosti, chulo en Las Ramblas, tendero en Hospitalet, profesor en la Sorbona o monago en la sacristía de la basílica del Pilar. Así va el mundo. Hay por las cercanías de Villarijo, o de San Pedro Manrique, como también las hay en los alrededores de Manzanares aunque no se hayan mencionado aquí, otras aldeas abandonadas y merecedoras no sólo por ello de una visita y un trago. Se llaman Armejún, Bea (como mi última ex mujer), Valdelavilla…

Bueno, bueno, y menos lobos, señor Dragó, que Valdelavilla estuvo abandonado, sí, pero dejó de estarlo por voluntad de gentes con poderes y posibles de los de arriba, ¡vaya! y ahora es, debidamente reconstruido con esmero, pero sin gracia, una especie de parque temático para que los turistas (¡puah!), los veraneantes, las criadas, los horteras y sus rorros crean que se están paseando por las tripas año mil. Ersatz, sucedáneo, pura virtualidad. No se confundan, por más que en este valle de lágrimas, lo reconozco, hasta Disneylandia merezca una visita. He dicho una, y si es posible, breve. El que avisa…

Me parece que esto es todo. O mejor dicho: no lo es ni puede serlo, porque lo demás no cabe, pero mejor, seguramente, así. Lo dije antes: búscate la vida y el camino, lector, pregunta, piérdete, vuelve a preguntar, vuélvete a perder y no te olvides nunca de que el viaje es la distancia más larga entre dos puntos.

Permítaseme, sin embargo, una última observación: las aldeas abandonadas lo están y lo son más en el invierno que en el verano, y ello, de sobra lo sabes, porque quienes se fueron están ahora volviendo, contritos, a lo que fue su sangre, su tierra, su mundo, su matriz, aunque la modernidad, la posmodernidad y la ignominiosa y cobarde mitología del trabajo fijo les permitan hacerlo sólo durante un mes al año o en fin de semana.

Pero eso es otra historia… Que la soledad sea, lector, contigo y te guarde.

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Imprescindible…
1. Ya lo he dicho: lleve provisiones, por si acaso. Elemental, ¿no? Está usted viajando a un planeta en extinción.
2. También lo he dicho: no se pierda el lechazo ni el tostón del Mesón del Virrey, en el Burgo, ni el buen yantar de la Venta de Tiermes.
3. Lleve un buen mapa. A ser posible, de esos que elabora el ejército. Más vale pecar por exceso.
4. Le pilla de paso: suba al castillo de Gormaz. Es el más hermoso de las Españas.
5. Si entra en cualquiera de las casas abandonadas, hágalo con prudencia. Podría fallarle el suelo bajo los pies.
6. Da vergüenza decirlo, de puro obvio, pero lo digo: déjelo todo tal y como lo encuentra.
7. Si pasa usted por la capital, póngale una vela a San Saturio. ¿Qué trabajo le cuesta?
8. No vaya al Restaurante Maroto, en el que nació la fastuosa nouvelle cuisine soriana. Sigue llamándose así, pero Maroto ya no está.
9. Las chuletas de cordero lechal soriano son las mejores del mundo. En todos los restaurantes las hacen bien. Aproveche la ocasión.
10. Sánchez Dragó vive en un pueblo en el que hay 10 habitantes. Olvide ese lugar. No incremente su densidad demográfica.

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Bibliografía.
Poesías Completas de Antonio Machado. Gaya Nuño, El santero de San Saturio, colección Austral. Josep María Espinás, A pie por Castilla (en tierras de Soria), EMECÉ. Antonio Ruiz-Vega, La Soria mágica y el resto de sus obras. Otros autores: Avelino Hernández, Isabel Goig, Manuel Villar Raso, Peracho… Perdón por las ausencias. No caben todos. Y, por supuesto, Gárgoris y Habidis (una historia mágica de España), del autor de este artículo, Planeta

(publicado en ‘El Mundo’, julio de 2000)

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