El puente de la jirafa. Pablo Manzano. Ediciones Barataria. 2008.

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El puente de la jirafa. Pablo Manzano. Ediciones Barataria. 2008.

Hay libros que bajo una apariencia extraña analizan y diseccionan la compleja psicología humana. Éste es uno de ellos. La máscara está constituida por una sociedad mitad futurista mitad absurda. Como ejemplos podrían valer que la gente in se desplaza en esferas aéreas, que existen televisores que son capaces de materializar lo que se ve en ellos, que se baila al ritmo de despertadores o que llueven jirafas y se dan pistolas a los niños para acabar con el sufrimiento de los animales caídos del caprichoso cielo.

Lo que cuenta en El puente de la jirafa no es el metalenguaje ni el barroquismo de la expresión. El escritor tiene preocupaciones diferentes a aquéllas sobre la riqueza descriptiva o el enfoque estructural. La naturaleza humana planteada con diálogos coloquiales y párrafos directos es lo que conforma el cuerpo de la novela, si puede llamarse así. A lo largo de la obra se escapan frases que pueden trasplantarse, tal cual, a nuestro mundo, y resultan de brutal acierto: “Los hombres han inventado la ciencia y el progreso, Nafra. ¿Cómo me explicas que todavía no hayan inventado nada para sobrevivir a una mujer?” Pero las hay todavía más certeras y de punta más afilada: “No tienes nada que entender, eres un ser racional occidental, de modo que tu capacidad de comprensión está limitada por tu cinismo y tu escepticismo”. El mundo de las drogas está analizado con este criterio de cuchillo que va cortando con la hipocresía de disfrazarse de seda de colores y lentejuelas brillantes. El autor no sólo asemeja las drogas a inventos electrónicos, o similares, cuya finalidad es que el hombre pueda hacer cosas que realmente ignora o creerse más seguro, más importante o más habilidoso (ambas cosas, inventos y estupefacientes son vendidos por el mismo comerciante), sino que las señala como un medio de escape que no conduce a nada a los personajes salvo a un abandono y a una indiferencia que cada vez los devora con mayor ferocidad: “Con respecto a los alucinógenos Lucio también mostraba preocupación. Para él habían quedado muy atrás los tiempos de comer municiones. En su temprana juventud estaban quienes al comerlas veían elefantes rosas y estaban quienes veían a Dios. Y también quienes tenían la revelación de que Dios era un elefante rosa”.

Los personajes fundamentales son tres: un eterno estudiante divorciado que tiene que pagar en el plazo de un mes todo lo que el Estado ha invertido en su licenciatura; una joven “de provincias” que llega a la gran ciudad huyendo de su padre y un “antisistema” que estudia en la Facultad de Manis y Protestas… o que asegura estudiar para obtener fondos de su padre al que detesta por burgués y acomodaticio.

Lo evidente es el trío amoroso. Lo que subyace es, una vez más, una crítica de los hombres que se obsesionan con su propia pequeñez.

El valor de Pablo Manzano a la hora de desmontar “iconos” y mentiras consagradas de nuestros días no disminuye por su evidente disfraz. Si las situaciones como los escenarios descritos y los comportamientos son muchas veces difíciles de comprender y resultan absurdos o faltos de lógica, basta con rascar ligeramente para encontrarse con evidentes concomitancias con la absurda manera de proceder del hombre en el siglo que nos ocupa. Si es que nos ocupa.

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