Áspero, tierno, liberal, esquivo

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Son las nueve y aún hay luz, pero no es la del toreo. Días de mucho, vísperas de casi nada. La vida es así, y los toros son su espejo. No hubo rabo. Palomo Linares conserva el palmarés.

Iba yo a eso de las cinco, despacito y a pie, camino de la plaza. Creía, como tantos, que Las Ventas serían hoy un Aleph: ese lugar del imaginario de Borges en el que convergen, cruzándose sin confundirse, “todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos”. Me equivocaba.

Cuando no hay toro, no hay toreo; cuando no hay toreo, no hay literatura posible. Yo voy a las plazas como Píndaro iba al valle de Olimpia: para escribir epinicios, cantos de celebración. Hoy no hay nada que celebrar. A ver como salgo del paso. Me disgusta criticar lo que me gusta.

Lo peor, el público. Lo suyo era fe ciega, pensamiento volitivo, olés que estallaban antes de que el toro llegase al percal y a la franela, ovaciones orquestadas de antemano. ¿Una oreja en el primero concedida sólo al valor –escalofriante, cierto- de un hombre extraordinario al que, por serlo, se le concede todo? ¿Dos orejas, nada menos, en el segundo para premiar, además de lo mismo, dos o tres derechazos de insondable hondura, una portentosa tanda de manoletina y una estocada de impecable ejecución y fulminante efecto? Excesivo, señores, incluso para un tomista confeso, como yo lo soy. ¿Llevarán razón quienes nos acusan de ser una partida de domingueros? Hoy el público lo parecía. Pesaba, quizá, en su ánimo el deseo de amortizar el precio de las entradas, pero eso no es suficiente disculpa.

Quien sí tenía, esta vez, razón era Victorino Martín : torear no es –no es sólo, añado- arrimarse, aunque, como decía el cuplé, a un torero que no se arrima, ¿para qué lo quiero yo? Tomás se arrimó mucho, demasiado, cerrándose en tablas con el primero, peligrosísimo, y porfiando con los dos de su lote hasta la exasperación en todas las suertes y terrenos. Resultado: tres cogidas y dos visitas a la enfermería. Nos tuvo a todos en un grito, pero los gritos no son olés. Torear no es bailar sobre los pitones, sino, en todo caso, frente a ellos, y no siempre. Tiemblo al pensar lo que podría haber sucedido con toros de diferente encaste.

Hubo, eso sí, emoción a raudales y, por ello, sentimiento. El público participaba: comulgaba. Saludo hoy tu valor, José, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, animoso, alegre, triste, humilde, altivo, enojado, ofendido, receloso, pero no puedo celebrar tu torería. Lo haré, estoy seguro, la próxima vez que te vea torear. Hoy recurro a Lope, que te describió sin conocerte en el mejor de sus sonetos, y te reitero mi admiración, mi devoción y mi amistad.

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