Mensaje a Laura, de Carlos Eugenio Baylín

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Me perdonará el lector si, por una vez hablo de mí mismo. Como Borges, a quien tanto admiro y de quien tanto difiero, me siento más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito: cada año disfruto (a veces, padezco) alrededor de cincuenta libros aragoneses, además de otros tantos de toda procedencia. Muchos están publicados hace dos, tres o cuatro años, y se amontonan en difícil equilibrio en las estanterías de mi apartamento de Madrid; otros son libros recién salidos de prensas y aún están calentitos como un pan que pide el favor del paladar.

Debo decir que me gusta leer libros humildes, es decir, de escritores que no han acariciado las mieles de la fama: en casi todos, hasta en los más malos, encuentro dos o tres líneas que los justifican. No puedo recomendarlos pues sería traicionar mis principios ya que dos líneas no los hace merecedores de un desembolso; sin embargo, casi siempre encuentro una línea, un verso, tocados por el dedo de la musa que me llegan a estremecer.

Recuerdo la presentación del libro de un poeta primerizo en Épila (Zaragoza) un verano de hace cinco o seis años. El autor se había autoeditado de manera muy elemental; tenía las facultades mentales vamos a decir que “afectadas”; le acompañaba su mismo padre con una mezcla de cariño y prevención; leyó algunos versos de manera atroz; lo vendió a seis euros aunque estoy seguro de que estaba dispuesto a regalarlo… Cuando más tarde comencé a leerlo, encontré tres o cuatro versos que me conmovieron.

Tal vez por eso pienso que la historia de la literatura está hecha de líneas y versos; que muy pocos son los que merecen ser enteramente recordados; que escribimos para el reloj y para nosotros mismos además de para nuestros amigos y nuestros generosos lectores. Tal vez por eso agradezco tanto la labor de esos estudiosos y arqueólogos de la palabra que se dedican a recuperar a esos autores olvidados o simplemente perdidos.

Antonio Pérez Lasheras es uno de ellos. Como estudioso de la literatura aragonesa, resulta imprescindible. Hace unos años llegó a mis manos un libro del escritor aragonés Carlos-Eugenio Baylín (Zaragoza, 1913-1940) con un ramillete de poemas inéditos que él había recuperado y editado; un libro que ojeé, leí por encima y arrinconé con el propósito de una lectura detenida. Desde hace unos meses, vengo leyéndolo una y otra vez. Baylín era, las fotos nos lo muestran, un pollo atildado que jugaba al tenis (estamos a principios del siglo XX), ejercía la extravagancia literaria como forma de rebeldía (vanguardias, lo llamaron), esquiaba en invierno y gozaba de un despacho que era un museo de la excentricidad (lo presidía una hélice), es decir, pertenecía a esa categoría de escritores que Borges definía como preocupados por “el triste arte de asombrar con corbatas” cuando calificó a Óscar Wilde a quien por otra parte admiraba. Odontólogo, novelista, periodista (de El Noticiero y El Lunes), petimetre, conservador, elegante, gozó de la amistad y el apoyo de César González-Ruano o Luis Horno Liria. No era un gran poeta, digámoslo ya, pues pecaba de un tardorromanticismo que era escapismo dada la época que le tocó; sin embargo, encontramos en él una sensibilidad privilegiada además de logros memorables. Cuatro Poemas, Llanto de Ausencia, Retorno a la Tierra y Fuego Interior son sus principales obras en verso además de este Mensaje.

Mensaje para Laura (1938) consta de una introducción de 14 páginas de Pérez Lasheras, doce fotografías del poeta y quince poemas sin publicar que conservaba la familia, además de mostrar el principal defecto del poeta quien, tras un desarrollo a menudo prodigioso de los poemas, muestra deudas, ecos o desfallecimientos que desconciertan.

Veamos a modo de ejemplo el poema No hables, que empieza de esta manera: “La única palabra que podrías decirme / No la dirás aunque mi muerte se decida. No hables.” Se trata de un poema que nos recuerda aquel de Pablo Neruda (lo cual no quiere decir que haya imitación: el chileno quedaba lejos estilística e ideológicamente) “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, perteneciente a Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924.) Baylín lo rompe con “Mientras calles, esta gozosa incertidumbre / siempre valdrá más que todo lo dicho y escrito / del mundo. Más que las amapolas y que las rosas, / Más que las estrellas y más que yo.” Estas tres últimas palabras, “más que yo”, destruyen la atmósfera de desazón y esperanza, pues el poeta se integra en el poema con el pronombre personal más contundente. Hasta entonces lo ha hecho hablando de “mi muerte” o “mi ansia”, ahora entra como Goya en la cama de la Duquesa de Alba, es decir, sin quitarse las botas. Lo mismo ocurre en los versos siguientes donde tras esconderse tras su “noche”, su “alma” e incluso  sus “dientes”, se abalanza sobre la imagen de la amada con un “Estás viva, / viva, viva y yo no te percibo.”

En algunos casos, como en el poema Sueño, Baylín nos recuerda a aquel Mallarmé que se quejaba de que “la carne es triste y yo lo he leído todo,” con un tono desengañado y pleno de spleen que desviste un aire simbolista posiblemente traído por Rubén Darío. En otros, es suavemente juanramoniano, como en Intimidad. En no pocos, consigue emocionar como ocurre en Profecía (maravilloso.) En casi ninguno, se muestra comprometido con el mundo como ocurre en Identidad, aunque se diluya al final en romanticismo. Pero Carlos-Eugenio Baylín no pocas veces nos ofrece imágenes que tocan la genialidad como: “Tus manos / parecen pecados antiguos / de hombres beatificados”, en Balada a unas manos; o: ¿Por qué hay en el mundo mendigos / si la luna no da sino limosnas de luz?“, y nos muestra hallazgos expresivos de altura provocando nuestra turbación y sirviéndose de una sencillez y pureza expresiva que hacen que se lea con la misma frescura que a un contemporáneo.

He aquí un poeta felizmente recuperado y que no deberían perderse los lectores y estudiosos de la poesía aragonesa.

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