DRAGOLANDIA: La Saca

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Jueves, 25 de junio, mediodía… Dentro de unos instantes rasgará el cielo el tercer cohete de la sanjuanada de Soria, se abrirá el portón de los corrales plantados en la yema del parque regional de Valonsadero, saldrán por él a campo abierto los doce erales del solsticio, la bravura impondrá su ley y el mundo quedará patas arriba. Es ―era― el regreso del hombre, por unos instantes, a su condición primigenia, a su naturaleza ancestral, al código de la sabana, del alto llano y de la jungla, al coro unánime y, a la vez, disperso, del sálvese quien pueda. Yo, al hilo de muchos años y de varias décadas, estuve siempre allí, a bocajarro de ese portón, dispuesto a todo. La saca me parecía un sacramento, un rito de renovación y de paso al que anduviera por donde anduviese tenía que acudir. Y acudía, en efecto, puntual y bien duchado, desde cualquier rincón del globo. Pero hoy, jueves, 26 de junio, mediodía y sereno, no estoy allí, sino aquí, en Castilfrío, a muy pocos kilómetros de distancia. No los he recorrido, no los volveré a recorrer nunca, dejé de recorrerlos hace cinco o seis años. La Saca ya no es mi Saca, ya no es la ley de la jungla, el grito de libertad del hombre primigenio, el retorno a lo que fuimos, la llamada de lo que nunca seremos, la tregua de Dios proclamada por las gentes del común a contrapelo de la historia, de la dictadura de lo cotidiano y de la voluntad de las autoridades. Éstas han empuñado el mando de la fiesta, la han despojado de su noble barbarie y le han arrebatado el alma. Lo que fue explosión es ahora café sin cafeína, ágape sin calorías, fútil remedo. El Orden ha sustituido al Caos. La Saca es un parque temático. Yo no pinto nada allí. Prefiero recordarla como fue a vivirla como es.

¿Y cómo fue? Así la describía yo, desde Japón, en el invierno de 1975. Acababa de morir Franco y…

«Broncos garrochistas de la estepa (nadie vaya a confundirlos con los jinetes andaluces) han encerrado ya los doce toros en su penúltimo corral. Falta, por ejemplo, una hora para que suene como clarín inicial la del mediodía. Sube el astro y casi en la cresta del solsticio un cohete lo persigue. Luego otro. Ahí el sésamo que abrirá las puertas del cubil. Por su dintel asoman cuernos y morros de dioses. Comienza la Saca, primer acto de una ópera que se divide en cinco. Los de Numancia ―hombres y mujeres― esperan impertérritos el aluvión trenzando el dibujo de la jota y de la bota en la explanada por donde enseguida cruzarán los toros. Estamos a siete kilómetros de la ciudad. Hay que recorrerlos como sea y al precio de una sola condición: las doce bestias rituales entrarán en los chiqueros de la plaza antes del crepúsculo. Para todo lo demás, y por una vez, escrupulosamente ancha va a resultar Castilla. Y venturosa, imprevisible, versátil, abigarrada como el Orinoco, agridulce como el final de una guerra, undívaga como la macumba, cruel, inexacta como el desierto, jadeante y feliz como un carnaval de otra época. Nadie la toque, nadie la propague. Repito que es la Saca, un sacrilegio, una apuesta, una locura, un rock, un desafío. De Valonsadero al Ferial y desde el mediodía hasta el sol poniente: en la intersección de esa superficie, esa trayectoria y ese decurso de tiempo se libra, quizá, la mayor y mejor aventura que hoy puede correr un español en España.»

Sic transit. Oración fúnebre. Ni una palabra más. Es jueves, mediodía, sorianos y toros del solsticio en un lugar de Castilla del que ya sólo quiero acordarme. Ni estoy ni estaré nunca más allí.

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