EL LOBO FEROZ: Pobre de mí

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No. Pobre homo sapiens. Las campanas doblan por todos. No es ociosa la alusión a Hemingway. Somos pecios a la deriva sin islas en el Golfo donde tomar un daiquiri. Las nieves del Kilimanjaro se deshielan y en su cumbre yace el esqueleto de un turista. Ya no hay verdes colinas en África. Los leopardos se extinguen, y la especie humana, también. No nos queda ni París. Aquello es un osario de turistas que van a Disneylandia, sacan fotos, hacen cola y comen hamburguesas. La Gioconda está triste. ¿Qué tendrá la Gioconda? Hemingway, viéndolas venir, se suicidó en el 61. Fue su último encierro. Lo pilló el toro. Yo le rendí póstumo homenaje yéndome a Pamplona en autostop el 5 de julio. Tardé dos días en llegar, no encontré cama, anduve de aquí para allá toda la noche y al salir el sol compré un periódico, lo enrollé, me fui a la Estafeta, me santigüé (aunque era ateo del colegio del Pilar y comunista del barrio de Salamanca) y brindé al suicida mi primer encierro. Salió bien. No me pilló el toro. ¿Capote del santo patrón o del santo bebedor de Illinois? He vuelto a ver estos días, desde la barrera de la televisión, la sanferminada. Sic transit, aunque con un jirón de gloria mundi. Un jirón, digo. Apenas nada. ¿Fiesta? No. Velorio anticipado. Dentro de unas horas cantarán el pobre de mí, o el de todos, y ése es el plinto de mi columna. Nací en un mundo que no estaba lleno, en el que había espacio para correr los seis mil toros de la vida. Hoy ya no caben en la calle de la Estafeta ni siquiera los seis de cada encierro. Las muchedumbres –neozelandeses borrachos, y cosas así– lo invaden todo y convierten el espacio vital en mortal. Lo que sucede en los sanfermines es signo de los tiempos, alegoría del futuro, vaticinio de Apocalipsis. Ya no queda en el mundo un solo lugar que no esté de bote en bote. Ni siquiera los cementerios. En las plazas de toros de la vida han colgado el cartel de no hay billetes. ¡Qué agobio! No sé ustedes, pero yo no quepo. Me asfixio. Seis mil millones de egos, incluyendo el mío, no caben en el planeta. Imaginen cuando seamos diez mil. Dicen los demógrafos que eso, si algo o alguien (guerras, epidemias, catástrofes, extraterrestres, Godzilla, el doctor No, Zapatero) no lo remedia, sucederá en 2050. El exceso de población es la madre de todos los males que nos afligen. ¿Enfermedades víricas, amenaza nuclear, contaminación, China, hipotecas basura, precio del petróleo, biocombustibles, escasez de agua y de alimentos, choque de civilizaciones? Todo eso viene de lo otro. Las especies que proliferan por encima de lo que su hábitat consiente ―es inflexible ley zoológica― se extinguen, y punto. En ello andamos. El hombre es el peor de los depredadores. El mundo empezó sin él, ha dicho Lévi-Strauss, y terminará sin él. Quien a hierro mata… Pónganse los salvavidas. Yo ya lo hice. Vivo extramuros de todo, en un lugar cuyo índice demográfico es inferior al del desierto de Gobi. No exagero: menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. ¡Qué gusto! En la puerta de mi casa hay un cartel: visita no acordada, visita no deseada. Respétenlo para que siempre me quede Castilfrío.

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