Diagonales: Umbral y Dragó

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121.- Coloquio literario en Buenos Aires. J.S.C. me recrimina que encuentre puntos relacionales entre escritores españoles antitéticos, buscando siempre una parte positiva que no existe. Me deafía cariñosamente a encontrar alguna conexión entre Francisco Umbral y Fernando Sánchez Dragó, vitaliciamente enfrentados.

En principio, la única conexión que encuentro entre Umbral y Dragó es que ambos pertenecen a la raza blanca castellana. Aproximadamente. Los contrastes llegan a ser pintorescos. Umbral era de una estudiadísima y singularísima coquetería en el vestir; detestaba los viajes largos, incluso los cortos; tenía terror al frío; se mantenía en las locas noches del Oliver madrileño con vasos de leche; cultivaba una hipocondría herrumbrosa, con inventario de miopías, faringitis crónicas, vértigos, exhibiendo en su casa una gama de sedantes y ansiolíticos que serían la envidia de qualquier neurótico titulado, temiendo incluso que algún libro suyo sería póstumo. Dragó viste como un hippy, es un apasionado del viaje con mochila a lugares imposibles; tiene una casa en el pueblo soriano de Castilfrío, de temperaturas mongólicas; considera la leche el peor veneno y despierta envidias con su salud de hierro, convencido de que no morirá hasta acabar toda su obra; la también variadísima gama de productos que consume son todos de herbolario, ninguno farmacéutico. La actitud de Umbral era distante y resentida, alguna filia aparte; su voz engolada comunicaba mal. La actitud de Dragó es cercana y cordial; su voz de llaneza castellana comunica muy bien.

Ombliguistas literarios, sus obras giran íntegramente sobre sí mismos. Pero lo autobiográfico en Umbral se poetiza, superficializándose en una brillantez que no toca fondo; se rebela sin revelarse. Lo autobiográfico en Dragó se hace carne; se revela, a veces sin rebelarse. Umbral se gusta, casi nunca se siente. Dragó se siente, no siempre se gusta.

Salvo un par de excepciones intimistas, la obra de Umbral creció deliberadamente al margen del sentimiento, aplastando el sentimiento. La obra de Dragó es sentimiento en estado puro, la literatura como cirugía a corazón abierto, renunciando muchas veces al oficio, a la estética, incluso al pudor.

Dos egos desbordantes, alejados de historias colectivas y dotados de una facilidad torrencial que profesionalizaron al máximo. Francisco Umbral, protegido por la trinchera del lenguaje, tuvo admiradores. Dragó, saltando de la trinchera a cuerpo limpio, tiene fieles.

Puntos de conexión: la misoginia, amor a los gatos, austeridad en las costumbres, indiferencia imperial por el patriotismo, la religión, el deporte, la música, el teatro, el mar; trabajadores imbatibles en una literatura que era la razón de su vida y que profesionalizaron al máximo. Desesperadamente vocacionales hasta la raíz y desde la raíz. Los dos.

J.J. Suárez, Diagonales (Fuentetaja)

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Nota: Sólo dos puntualizaciones: 1. Mi ego murió el día en que tomé mi primera dosis de LSD. 2. ¿Misógino yo? Mejor, quizá, me habría ido en la vida siéndolo, pero caí en los contrario.

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