El problema del nacionalismo, el caso mexicano

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Quien me conozca sabrá que desde siempre he estado en contra de los nacionalismos y regionalismos. He tenido varias razones para eso, pero en un país como México, donde el orgullo por la nación y demás valores que nos dejó la revolución, resulta extraño que alguien se atreva a considerar que dicho sentimiento es, más bien, nocivo para el individuo. En este artículo, que espero sirva como un preludio a una serie de ensayos sobre la miseria del pensamiento mexicano y latinoamericano, pretendo establecer, a modo de esbozo, lo que en verdad representa la noción de patria. Ardua tarea, más que nada porque siempre se nos enseña a amar al país, a nuestra bandera e himno nacional.

Más allá de realizar un análisis exhaustivo sobre lo que representa la patria, creo que sería mejor establecer una clave para la comprensión de la tesis que aquí desarrollaré: como tal, país es un territorio delimitado geográficamente y que posee una historia muy particular que deviene en su realidad social, cultural, política y económica. En esa lógica, México se nos presenta como un típico país latino, donde la psicología colectiva parece obedecer al supuesto de que es necesario enaltecer lo propio, lo que hay en esta tierra, a saber: el maíz, el petróleo, los tacos y, claro está, las características de todo mexicano que se precie de serlo. No obstante, más importante que todo lo anterior, un país no representa, en el ideario popular, una suma de individuos que habitan un territorio, sino una mezcla homogénea que se presenta en la forma de una colectividad y con el nombre de, en este caso, mexicano. Si entendemos esa lógica, podríamos decir que antes de personas somos mexicanos.

Lo anterior puede llenar de orgullo a muchas personas. La independencia de México nació como demanda de la burguesía de aquella época. A partir de ahí se configuró una esencia nacional que hasta nuestros días nos persigue, a tal grado de que el fanatismo mexicano por su país es tal que incluso se cree que nuestro territorio es una bendición, un regalo de los dioses, donde podemos estar mal pero a la vez seremos felices por vivir en el suelo mexicano. No hay hospitalidad como la mexicana, dicen muchos, ni comida como la de acá. ¿Cómo se explicaría, entonces, que México, hace poco, ganara en una encuesta organizada por un periódico español sobre la bandera más bonita del mundo? Los resultados eran en verdad predecibles: los programas de televisión llamaron a la población a votar por nuestra bandera, por el verde, blanco y rojo con el águila devorando a una serpiente, sin importar que, probablemente, hay banderas con una mejor estética y simbolismos menos cursis.

El primer problema del nacionalismo es que nubla la objetividad y el sentido común de las personas. De otra forma, ¿por qué el mexicano goza exaltando sus defectos? En un país como éste parece ser una virtud el llegar tarde y las maneras en que el mexicano escapa de los problemas sin que en el fondo se solucionen éstos. Poner vírgenes de Guadalupe con sus foquitos en la vía pública no es sólo absurdo y poco estético, sino que también representa un modo de degradación colectiva. No es el hecho de la fe, sino de imponer un símbolo a los demás. Decía Carlos Fuentes que en México hasta los ateos son católicos.

Por otro lado, el nacionalismo no significa estar orgullosos de la patria, sino que, más bien, tiene como definición el sentirse superiores a todos los demás, sólo por haber nacido en determinada tierra. Dicho sentimiento ha sido tan peligroso que en los albores del siglo XX acarreó la Primera Guerra Mundial.

Pero lo que resulta más peligroso en el nacionalismo es que anula por completo la noción de individuo en favor a una colectividad mal entendida. Cuando el individuo muere, la libertad es cercenada. De ahí que resulte ser un enemigo público aquel que ose decir que México no es la patria elegida por los dioses, ni el mexicano la raza suprema y sublime. ¿Cómo podría serlo una población cuya ideología se basa en la vacuidad de la vida, en la abulia generalizada por los problemas de su propio territorio, en la exaltación de defectos como el macho mexicano, el pobre que está orgulloso de serlo, el que considera que los ricos son una peste, el xenófobo que odia con toda su alma a Estados Unidos y a España con un rencor irracional que ha perdurado durante siglos, en la incultura homogénea de quienes sólo se atreven a leer una revista de chismes o el último libro de Paulo Coelho, en la pasión desaforada por un deporte al que le dan más importancia que al trabajo, en la fealdad que se transforma en belleza autóctona, en el desconocimiento del pasado y en el furor que despierta nuestra idiosincrasia conformista?

Yo no me siento orgulloso de mi país. Mucho menos estaría dispuesto a decir que “aunque todo esté chingado, estoy feliz en mi México lindo y querido”. ¿Festejar la miseria es virtud? ¿Abogar por el colectivismo es conveniente? ¿Por qué no estar orgullosos de los individuos en vez de la masa amorfa que es el “mexicano”?

Pero hablando en tintes nacionalistas y dejando la pregunta al aire, ¿por qué será que los países donde son más importantes las virtudes individuales y la superación de la miseria propia, son los más prósperos? Si existe una suma de individuos que desconocen su estado, es lógico que el lugar donde habiten -el país en el caso que nos ocupa- sea un sitio que genere problemas para la suma de todos ellos. México, no debe quedar duda, padece de lo último a causa de sus personas, configurando así al típico mexicano cuyo arquetipo es más que vergonzante.

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