Una discoteca en el desierto

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Lo primero que es necesario señalar antes de entrar en esta discoteca es que no todos los libros (en realidad, muy pocos) son literatura. Es más, la mayoría de los que se encaraman en los puestos de ventas, no pasan de folletines baratos (un decir eso de “baratos”) enaltecidos por la tapa dura. Lo primero que es necesario señalar es que la voluntad de gustar no siempre va unida a la originalidad, la hondura o la disimilitud.
Félix Romeo (Zaragoza, 1968) no pretendió gustar con Discoteque (Editorial Anagrama). Tampoco, vender y encaramarse en las listas. Félix Romeo sólo quería hacer literatura; una literatura distinta.
Discoteque es una road movie, una comedia negra, un libro de viajes, una novela entre el surrealismo y el realismo mágico, un culebrón escatológico, una historia paródica, mordaz, escabrosa, guarra, sórdida, feísta, esperpéntica, primitiva y despiadada; una novela coral que trascurre en la periferia de Zaragoza y los Monegros, y que deja al lector clavado en la silla.
La novela cuenta la historia de una pareja de porno duro, Torosantos y Dalila Love, (perdón, pero escribo de memoria) bastante peculiar. Él es un boxeador (exboxeador, más bien) zumbado y medio impotente; ella, un travestí promiscuo pero enamorado; en suma, una pareja de artistas del sexo que vagabundean de tugurio en tugurio. Junto a ellos, una pléyade de secundarios cual un humorista sin gracia, un padre (del boxeador) que se ha jugado y perdido la vida del hijo -por lo que debe matarle-, el fantasma de un jugador de fútbol (Nayim) que nos recuerda a aquel de Hamlet, las drogas, el cine, la locura y el desierto…
Hay ecos de Carver, Bukowski, Tarantino y Cela en el tono de esta historia, pero lo que se impone a todo y le da categoría literaria es el estilo, un estilo de una limpieza extrema: sencillo, lapidario, cortante, urgente y fluido. Escribe Félix Romeo como un escritor norteamericano posmoderno: despojado de todo lo accesorio, con mala leche, haciendo gala de gustar de lo políticamente incorrecto. Escribe y maneja el castellano como un jugador de billar deslumbrante y preciso; como un canalla que se juega la vida en la partida, es decir, el libro, y no quiere andarse por las ramas.
Y es aquí cuando es necesario fijarse en el escritor para comprender la obra. Gasta (gastaba) Félix un aire de ventajista que siempre me ha traído a la memoria aquel personaje de El Gordo en El Buscavidas, aquella película donde Paul Newman, un tahúr del billar, debía medirse con un hombretón aparentemente inofensivo pero que resultaba ser un auténtico virtuoso del taco. Así veo yo a este escritor que apenas si escribe libros, porque Discoteque es sin duda una de las mejores novelas que se han escrito en Aragón sobre los mundos marginales, pura literatura de un autor radicalmente impuro.
Es por eso que me pregunto, ¿dónde está el novelista Félix Romeo? ¿En qué discoteca apaleó el periodista al escritor? ¿A quién o qué teme este autor? Es por eso que me respondo: ojalá lo echen del Club Bartleby, donde sin duda se encuentra, y vuelva a frecuentar las discotecas.
Un daiquiri, por favor.

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