Verano indio

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Así se llamaba uno de los treinta y ocho relatos de mi dilecto Hemingway, y así ―indio― ha sido para mí este verano: dos meses fuera del mundo, en territorio sioux, comanche, cherokee, fuera del radio de acción del Quinto de Caballería y a solas, como quien dice, con mis fantasmas y con el ordenador.

Lo de los fantasmas es exacto, porque estoy escribiendo mis memorias, no vaya a ser que la muerte borre su disco duro, y lo otro, lo del ordenador, también, porque ésa ha sido, para mí, la gran novedad del verano. A comienzos de julio arrinconé la Olympia, amiga fiel, esposa eterna (aunque en terceras nupcias, porque antes estuve casado con la Underwood y la Hermes), pero arrinconado estaba yo también por el acoso de la informática. Me he rendido, y mal que bien voy tirando. Soy un traidor. ¿Me traicionará el aparatito que ahora tengo frente a mí? Aún no lo ha hecho, pero los amigos me dicen que lleve cuidado y no me confíe, porque es un cabrón que de repente va y te borra cincuenta páginas paridas con el sudor de las neuronas. Veremos.

Experiencia interesante, en todo caso. Umbral decía que el ordenador cambia el estilo. No sé en qué diablos se basaba, pues él no traicionó nunca a su Olivetti y siguió aporreándola hasta el último minuto, pero tenía razón: no se escribe igual con teclas de varilla de acero (aunque las de la Olivetti son de cadmio y, por ello, quebradizas y carentes de elasticidad) que con teclas platónicas, las de los ordenadores, que activan metafísicos puntos de conexión con lo invisible.

La máquina de escribir de Umbral en su casa

Escribir a máquina es como esculpir a martillazos, con esfuerzo hercúleo, estatuas gigantescas extraídas de roqueños bloques de mármol. Miguel Ángel, por ejemplo, arrancando a viva fuerza su David o sus impresionantes schiavoni, que dejó a medias, a las ciclópeas paredes de las canteras de Carrara. Hacerlo, en cambio, con un ordenador es convertirse en artesano del metal, en soplador de vidrio, en orífice, en joyero, en relojero, en aprendiz de Benvenuto Cellini… Se corta y se recorta, se afila y se perfila, se añade y se suprime, se pega, se despega, se traslada, y es el cuento de nunca acabar. La literatura como filigrana.

Cierto escritor inglés de cuyo nombre querría, pero no consigo, acordarme -¿debería buscarlo, ya puesto, en Wikipedia?- confesó que publicaba sólo para dejar de corregir. Imaginemos lo que habría dicho, y el purgatorio en el que su existencia se habría transformado, si hubiese nacido en esta época. Ni siquiera conoceríamos su nombre. Nunca habría publicado nada. ¿Será ése, a partir de ahora, mi futuro?

Bueno… No soy Nerón. El mundo no perdería un gran poeta. Tampoco, por desgracia, soy Miguel Ángel ni Benvenuto Cellini, pero sí persona paciente, voluntariosa y resignada. Prolongo ahora mi verano indio. Vuelvo al trajín de las memorias. Sigo escribiéndolas.

¿Escribiéndolas? Perdón. Quise decir corrigiéndolas.

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