Un sobrino de Cadalso

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La literatura de costumbres no tiene una larga tradición en las letras españolas: los escritores que quieren contar y criticar la sociedad y sus administradores, siempre han preferido expresarse a través de unos personajes antes que en primera persona, medida profiláctica que les puede salvar el cuello (esa parte del cuerpo al norte de la realidad) o el cocido, que tanto complace al sur del citado. Ahí está, por ejemplo, El Lazarillo de Tormes cuyo autor prefirió prudentemente el anonimato, verdadero fresco del Renacimiento en donde nos topamos con el hidalgo, el cura o el ciego como representantes de esos tres estratos (la pequeña nobleza, la iglesia o el pueblo llano) que el autor disecciona con el bisturí de la ficción. O las Cartas Marruecas de José Cadalso, ya en el Siglo de las Luces, supuesta visión de España a través de los ojos de dos marroquíes (Gazel y Ben-Beley) y un español, Nuño, donde el autor se atreve a criticar las gentes y costumbres del siglo XVIII a imitación de las Cartas Persas de Montesquieu, aunque sin perder un ápice de originalidad…

Sin embargo, la costumbre de escribir sobre un país por un viajero (fingido o no) para contarlo, no es algo tan extraño. Ya lo había hecho Giovanni P. Marana con sus Cartas de un Espía Turco u Oliver Goldsmith con Citizen of the World (Ciudadano del mundo)… Chusé Inazio Felices (Alcalá de Henares, 1955), que llegó a Madrid «llamándose José y al cabo de unas pocas semanas empezó a firmar sus artículos con el sustitutivo aragonés de Chusé por la nostalgia de su tierra dejada», se conforma con ofrecernos cuarenta y seis polaroids, la mitad de las noventa de José Cadalso, aunque sin adoptar la forma epistolar, para contarnos cómo ve Aragón un transterrado, es decir, para ofrecernos su visión del bosque sin el impedimento de los árboles que no siempre lo dejan ver.

Aragón desde el Guadarrama, es decir, Madrid, es la crónica de unos de esos maños sin pelos en la lengua que contempla su tierra desde el extrañamiento, con nostalgia y estupor. Una suma de reflexiones con las que se puede estar o no de acuerdo, pero que nos dan a entender que sólo así, hablando y discutiendo, es como se construye Aragón. Un libro atento, didáctico, apologético, crítico, de humor, que si bien a veces (pocas) precisa de la memoria para entenderlo, pues cuenta un momento histórico (principios del siglo XXI) que no coincide con el de la edición, resulta siempre un lienzo que gusta contemplar: Teruel (¿existe?), los Pirineos, la fabla, Huesca como capital de Aragón, el teatro, George Bush, los artistas aragoneses, la burocracia, Canfranc, el nacionalismo mestizo, el trasvase…, y un puñado más, son los asuntos desgranados en él con  erudición e inteligencia.  

Dice Cadalso en su Carta Marrueca XXIV: «Bien sé que para igualar nuestra patria con otras naciones, es preciso cortar muchos ramos podridos de este venerable tronco, ingerir otros nuevos y darle un fomento continuo; pero no por eso la hemos de aserrar por medio, ni cortarle las raíces.» Dice José Antonio Labordeta en el Prólogo de este Aragón desde el Guadarrama que el autor «poco a poco ha ido reflexionando sobre este país entre amargo, cainita, entrañable y desustanciao. Y de todo ese cúmulo de sentimientos, de rabias, de añoranzas y de reflexiones entre la ironía y el cachondeo y la dura crudeza de lo bordecicos que somos, nos ofrece este libro.»

Decimos nosotros que mejor que cortar o aserrar, es leer, discutir y contrastar. Mejor es construir. Como en este libro de recuerdos y morriñas de un aragonés a trescientos kilómetros de su tierra.

Como para no quererla.

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