Caballero Bonald: siglos y libros

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Nacido en Jerez de la Frontera en 1926, cursó estudios de Náutica y Astronomía en Cádiz, y de Filosofía y Letras en Sevilla; fue profesor de Literatura en la Universidad de Colombia; pertenece al seminario de Lexicografía de la Real Academia Española; es miembro de la Generación del 50; y pasa por ser uno de los poetas mayores de nuestro siglo.

Caballero Bonald es un poeta cuyos versos profundizan en la memoria colectiva aunque huya de la lengua  coloquial; autor de una poesía ora social, ora culturalista, de la que se pueden resaltar Las Adivinaciones, su primer libro (1952); Las Horas Muertas, quizás uno de sus mejores obras que además fue Premio Boscán y de la Crítica; Descrédito del Héroe, que de nuevo fue Premio de la Crítica; y Manual de Infractores, que  obtuvo el Premio Nacional de Poesía en el 2006; su creatividad no ha parado en la lírica y como narrador ha dado a las prensas libros como Dos días de Septiembre, Premio Biblioteca Breve en 1962; Ágata Ojo de Gato, premio Barral y Premio de la Crítica en 1974; y En la Casa del Padre, Premio de Novela Plaza y Janés en 1988.

En cuanto a sus ensayos, hay que resaltar Breviario del Vino (1980), Los Personajes de Fajardo (1986) y Sevilla en Tiempos de Cervantes (1991), además de otros sobre  Góngora, la narrativa cubana o el flamenco. También, ha publicado dos volúmenes de memorias titulados Tiempos de Guerras Perdidas (1995) y La Costumbre de Vivir.
Dice la crítica que Caballero Bonald es un «hijo del mestizaje y el barroco», un maestro de la memoria escrita, alguien incapaz de escribir mal…; sólo me queda añadir que el primer libro suyo que leí, fue para mí (tenía entonces veinte años) el mapa del tesoro de la poesía. Se trataba de Descrédito del Héroe, un libro aparecido en 1977, colección El Bardo (Lumen), que tenía las tapas marrones, casi de estraza, y que rondaba las 200 pesetas. En el prólogo del mismo, su autor decía que «escribe para defenderse de algo con lo que está en desacuerdo», algo evidente pues leyéndolo uno descubre que nos encontramos ante un hombre apasionado e insumiso, un marinero que ha  naufragado pero que no se rinde, un infractor y disconforme, alguien que ha levantado la poesía como bandera, un montaraz, un poeta comprometido, un luchador que clama contra los herederos de los «secuaces.»

Más tarde lo habría de tratar en la Sala Blanquerna de Madrid, el Círculo de Bellas Artes y alguna tertulia del Café Gijón. Caballero se mostró fresco, descarado, divertido,  siempre acompañado por su mujer Pepa de bellísimos ojos azules y una botella de vino, que trasegaba como si fuera agua pero sin perder una brizna de lucidez. Sí, ahí estaba el viejo luchador con casi ochenta años pero sin rendirse y haciéndole una pedorreta a la vida, toda una lección.

Es por eso que su ejemplo me permite comprender y hasta admirar al fumador que se mete entre pecho y espalda una cajetilla en un espacio prohibido, el Ministerio de Sanidad, por ejemplo, o al vecino del Tercero B que se fuga con una bailarina. Es por eso que a veces temo que al final haya que leerle en una narcosala.

Escalera al cielo para la literatura de José Manuel Caballero Bonald.

Nunca morirá.

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