Happy birthday to me

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Hoy es primer viernes de mes. En tal día como ése, cuando yo era niño, la gente comulgaba. Ahora ya no lo hace nadie. Comulgar es compartir, pero quien parte y bien reparte…

Ayer cumplí setenta y dos años. Sensación curiosa. Gandhi, Graham Greene, Antonio Gala, Maribel Verdú y Morante de la Puebla también nacieron un 2 de octubre. Eso crea lazos, aunque en toda lista haya al menos una oveja negra. Adivinen cuál.

Celebré mi cumpleaños tomándome dos horchatas seguidas en Los Alpes (Arcipreste de Hita, 6), que es en estos momentos el único sitio de Madrid donde la hacen ateniéndose a los antiguos cánones: poner la chufa a remojo con sal gorda durante una noche, dejarla reposar luego en una solución altamente concentrada de lejía, lavarla con cuidado para que ésta desaparezca… En fin: vayan y pruébenla. Es placer de dioses. Hasta el 31 de octubre pueden hacerlo. Al día siguiente, víspera de Difuntos, empieza el letargo invernal.

La heladería Los Alpes existe desde hace cincuenta y ocho años. Estaba ya allí, en la Moncloa, cuando yo pasaba por ella para coger el tranvía de la línea Paraninfo que me llevaba a la universidad. El dueño, y nieto, me parece, de quienes la fundaron, es persona encantadora. No lo conocía. Desde ayer es mi amigo. Los helados que despacha, todos ellos de elaboración propia, también son de rechupete.

En el mundo hay, a mi juicio, tres bebidas extraordinarias. Una es, precisamente, la horchata, que nutre, refresca, embriaga sin emborrachar y sirve de postre, de desayuno y de tentempié a cualquier hora del día o de la noche.

La segunda es el vino. Ponderarlo sería ocioso.

La tercera es el gin tonic preparado por Juan Antonio Gómez Angulo.

¡Atiza! Hay un cuarto néctar divino. Ya se me olvidaba. Es el dry martini tal como sale de las manos de José Luis Garci, el mejor director de cine, junto a Berlanga, de la historia de este país. Aún no he podido ver su película sobre el Dos de Mayo, pero estoy seguro de que es magnífica. Apuesta segura.

Otros lugares donde aún se puede tomar horchata decente en Madrid: el aguaducho de la esquina de Narváez con Jorge Juan y la cafetería Alboraya, en Alcalá, frente a lo que fuera cine Tívoli. Existía también hasta hace poco, en la plaza de Santo Domingo, la confitería La Alicantina, pero las obras de remodelación de dicho lugar se la han llevado por delante. El Altísimo, algún día, pedirá cuentas por ello a Gallardón.

Dentro de un año tendré setenta y tres. ¿Podré celebrarlo tomándome una horchata en Los Alpes? Omnia vulnerant, ultima necat.

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