Elixir

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El de la eterna juventud…

Perdonen que me la atribuya. El 2 de octubre cumplí setenta y dos años. Eso no me impide trabajar setenta horas a la semana, escribir libros, columnas y reportajes, intervenir en programas de radio, dirigir y presentar espacios de televisión, dar conferencias, viajar constantemente por todo el mundo, hacer ejercicio (diez mil pasos, treinta kilómetros de bicicleta estática o diez de cinta mecánica cada día), ver a los amigos, seguir a los toreros, correr juergas, meterme en líos y, como aconsejaba Hemingway, mezclarme estrechamente con la vida.

Y no me canso, pese a los tres codos de fontanería que regulan el paso de la sangre por mis coronarias.

Seguro que ahora, por chulo, estiro la pata antes de terminar el artículo. Bueno. Eso de morirse le puede pasar a cualquiera. Lo habré hecho, en todo caso, con la pluma en ristre, las botas puestas, recién duchado y de excelente humor. Lo malo es que mi obra literaria quedará incompleta. No creo que el mundo vaya a detenerse por tan poca cosa.

Casi todos los amigos de los viejos tiempos están hechos unos carcamales. Se han jubilado. La jubilación debería estar prohibida por ley. Jubilarse y morir: todo es uno. Quizá se trate de una treta de los políticos para resolver el overbooking demográfico y reducir el déficit de la seguridad social.

Cada seis meses me hago un análisis de sangre completísimo. Soy un puñetero. Pido refitolerías al doctor Federico Peco, amigo de la infancia que no está hecho un carcamal, sino todo lo contrario, y las atiende con infinita paciencia que el Señor, si existe, le premiará algún día.

Tengo ahora ante mí el último de esos análisis. Lleva fecha del 25 de septiembre. Lo repaso. Todo está mejor que bien. Pondré sólo unos ejemplos. Colesterol total: 148 miligramos. Triglicéridos: 61. HDL (colesterol bueno): 60. LDL (colesterol malo): 76. Glucosa: 71. Transaminasas GOT: 20. Transaminasas GPT: 26. Y así todo, refitolerías incluidas (proteína C reactiva, tiroxina libre, tirotropina, apolipoproteínas A y B, hemoglobolina glicosilada, y cosas así). ¡Ah! De PSA –la dichosa próstata– tengo l’65. Comprueben la virtud de tales cifras, si no están familiarizados con ellas.

Acabo de tomarme la tensión: 120 y 70. Y eso que hace tres horas ingerí, como hago todas las mañanas, doscientos miligramos de cafeína Nodoz made in Usa.

¿Tendrá algo que ver todo eso con las setenta pastillas, grosso modo, que degluto a diario? No se asusten. Casi ninguna de ellas es de farmacia.

Estoy convencido de que es así. Llevo más de treinta años metiéndome entre pecho y espalda ese elixir. El de mi eterna juventud. A partir de mi próxima columna empezaré a revelarlo y desgranarlo. Tengo ya contratado por Planeta un libro que llevará ese título.

Stevenson, avisado por su médico de que moriría joven, por ser hombre de salud frágil, si se empeñaba en seguir llevando la vida bohemia –noctambulismo, alcohol, mujeres, desenfreno– que llevaba, respondió:

–¡Pero doctor! ¡Siempre se muere joven!

Y en su caso, por desgracia, así fue. Pongo mis barbas a remojar. Los jóvenes tienen que ser humildes.

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