Pero, ¿qué demonios significa «dantesco»?

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Pero, ¿qué demonios significa "dantesco"?Una búsqueda rápida e indiscriminada en Google arroja más de ocho millones de entradas para el adjetivo Dantesco. Ingrésese la palabra en el buscador de La Comunidad y arrojará más de cuatrocientos posts conteniendo la palabra. Más interesante es el resultado de la búsqueda entre los artículos de “El País”: pues allí el adjetivo aparece tan sólo 55 veces. Como si los profesionales de la palabra escrita se cuidaran de utilizar el malhadado adjetivo. Porque seguramente, más de una vez, habrá usted querido saber qué exactamente se está diciendo cuando en un texto se lee la palabra “Dantesco”.

En tanto que modesto bibliotecario, aún sea de una insana y pequeña biblioteca, y sin compromiso de exhaustividad, he querido entender que hay detrás del uso de esta palabra. No me ocuparé de la primerísima influencia de Dante y la Commedia en el Catalán o en el Cancionero de Baena, ni tampoco de todo lo que los amantes de Dante que hablamos español le debemos al Marqués de Santillana, quien se mandó traducir la Divina Commedia, pues ésto sería más bien materia para un libro o alguna publicación más enjundiosa.

En el uso común, y el que hemos constatado, es dantesco lo horrible, lo espeluznante —deliciosa palabra que merecerá un artículo en su momento—, lo macabro, lo desolador. Y no seré yo, quien juegue al viejo cascarrabias y venga a decir: “eso no se dice”. Pues en realidad, está muy bien utilizado lo horrible, lo espeluznante, lo macabro y lo desolador son adjetivos que aplican perfectamente, a la Divina Commedia. El detalle está en que no aplican a TODA La Commedia, sino y exclusivamente al Infierno, que son los primeros treinta y cuatro cantos.

En ese infierno reinventado por Dante es donde hallamos esas escenas desgarradoras de almas llorando y sufriendo mientras esperan ser transportadas por Caronte. El Dante personaje que viaja en el reino del más allá muchas veces se asusta como un niño y busca consuelo en Virgilio, su maestro, cuando se confronta a la escena del Limbo, en el que no se escuchaba nada más que suspiros. Otras veces llora aterrorizado cuando unos diablos no los dejan pasan las murallas de Dite —la ciudadela infernal— y le piden a Virgilio que se los deje en prenda.

Es desoladora y tristísima, y hace desmayar a Dante, la historia de Francesca que cuenta como se enamoró de Paolo por la culpa de una novela de caballerías. Y como la vida de ambos amantes fue segada en el instante mismo que se iban a dar el primer beso. El espectáculo que circunda la escena es terrible, espeluznante si se quiere: una gran tormenta y un viento eterno azota a las almas de los lujuriosos contra los farallones donde sus cuerpos frágiles y alados se destrozan eternamente. Lo sobrecogedor de la escena es que todo aquello ocurre en la más absoluta oscuridad, y la poesía de la Commedia no los comunica gracias a un perfecto ritmo de símiles y metáforas.

También el ruido en el Infierno de la Commedia podría considerarse como uno de los aspectos “dantescos”, muchas veces es ensordecedor, como cuando Dante y Virgilio se encuentran con Geronte —el monstruo alado— que los ha de transportar a los últimos círculos del infierno. Es el ruido de las aguas infernales el que se escucha caer en la oscuridad profunda y que llena de terror el alma compungida del Dante peregrino.

Lo inverosímil, lo desconocido, —lo Unheimlich— como se le conoce en Alemán, aparece también en ese infierno, como cuando Dante y Virgilio penetran en el bosque de los suicidas, en el que las almas se han convertido en arboles, y cuando Dante sin querer le arranca una ramita a Pier della Vigna este habla y sangra a la vez.
Irónicamente, el fuego, los demonios o los diablos casi son inexistentes en el infierno de Dante. Están guardando la puerta de Dite, luego tienen una escena curiosa y más bien farsesca con los estafadores —no se espere mucha ortodoxia teologal tampoco en la Divina Comedia—, en la que uno de los condenados se escapa de la pez y unos diablejos parten en su persecución.

Incluso el encuentro con el príncipe del mal en los círculos más profundos del infierno es más triste que espectacular: yacen en la inmovilidad total, congelados a una temperatura tal que apenas una lágrima aflora se vuelve hielo. Una técnica narrativa, genialmente empleada por Dante, es que las escenas más terribles no son vistas en el infierno, sino que han sucedido en la tierra, en el pasado de los pecadores y son ellos los que las relatan. Así, por ejemplo, el más pasmoso relato del Conde Ugolino, quien encerrado en una torre con sus hijos cuenta como los dejaron morir de hambre, y al lector no le queda claro si se comió a sus propios hijos para saciar su hambre. Mucho se ha escrito sobre esta escena —una de las favoritas de Borges—, pero se olvida fácilmente que Ugolino, mientras cuenta esta escena, se está comiendo a su enemigo y que esto es parte de su castigo.

No quiero abusar de la paciencia del interesado lector, y espero tan sólo que la próxima vez que escuchen o lean “dantesco” recuerden que la realidad del infierno es inmensamente más compleja y rica que un incendio o unos muchachos embriagados en torno a un botellón.

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