¿Cree usted que es libre?

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En los inicios del mundo, y en un lugar tan remoto que nadie había hollado sus tierras, vivía un mono. El mono cultivaba las tierras y recogía los frutos de su esfuerzo de manera cotidiana, las condiciones materiales de su existencia no eran malas, y seguramente el mono hubiera vivido muchos años o —¿quién sabe?—, hasta el fin de su existencia sino se hubiera hecho la siguiente pregunta: ¿Este mundo es mío?

Porque en este cuento —que es inventado, pero ahora esto no importa, porque lo estoy contando yo— había un Dios. Este Dios —en mi cuento al menos— no era ni bueno, ni malo, ni se manifestaba haciendo arder sarzas o con voz tronante en alguna montaña. Pero, el caso es que, el mono sabía que ese Dios estaba ahí, así que un buen día lo llamó: “Soy yo tu criatura, tú me has dado todo lo que tengo, las tierras en que trabajo y me permites sobrevivir con los frutos de tus tierras”, a lo que el Dios de nuestra historia contestó “Pues, ya que lo mencionas, todo esto es cierto. Este es mi reino, y aunque a veces no todo funcione como yo quisiera, es mío y te permito usarlo.”

El mono reflexionó varios días sobre esta situación y un buen día subió a una de las colinas más altas de este reino y le habló a Dios de esta manera: “No quiero más ser dependiente de ti, quiero salir y buscarme la vida” —Dijo el mono, quien no era muy dotado para el uso del lenguaje con Díos, pero en realidad no importaba porque sabía que no había nadie por ahí escribiendo un Génesis o algo por el estilo—.

Así, el mono, antes del amanecer abandono sus lares y se echó al caminó. Durante varios días caminó por valles, atravesó espesos bosques y caudalosos ríos, cruzó varios precipicios vertiginosos y estuvo a punto de perecer al atravesar un desierto infernal. Al fin, exhausto pero satisfecho de la distancia que el mono había puesto entre él y su antigua majada, decidió marcar este nuevo lugar e iniciar una nueva vida en él: así que se sentó sobre una piedra y orinó —al fin y al cabo estamos hablando de un mono—. Allí vivió un tiempo y no fue más feliz de lo que había sido antes en la tierra de su ex-Dios, pero el mono se sentía libre y sin deudas. Un buen día —quizá por nostalgia, quizá por curiosidad— decidió hacer una visita a sus antiguos lares y quizá encontrar a ese Dios de quien se había liberado.

El camino de vuelta no fue menos arduo y varias veces nuestro mono estuvo tentado de regresar sobre sus pasos y dar por olvidada su vida anterior, pero un sentimiento de orgullo y —hay que decirlo en aras de la imparcialidad del narrador— vanidad lo incitaban a franquear todos los obstáculos para retornar. Así al cabo de un agotador viaje, el mono reconoció la colina en que por última vez había discutido con Dios. Se dirigió hacia allá y justamente encontró a Dios quien al verlo le sonrió amigablemente y le dijo sin más “¿Cómo estás?”. Nuestro héroe —al que espero le hayáis tomado algún aprecio—, se sorprendió de esta amabilidad y respondió con recelo. “He venido tan solo de visita. He atravesado distancias enormes e inverosímiles, y arriesgado mi vida innumeras veces por obtener mi libertad” —respondió el mono, con un vocabulario que dejó sorprendido al propio Dios e incluso a su narrador—. “Vivo ahora solo muy lejos de aquí, mi vida es solitaria y a veces extraño estos lares, pero soy libre”. Continuó y observó a Dios esperando su quizás airada reacción.

Dios sonrió con complacencia ante su criatura. “¿Recuerdas cómo marcaste tus nuevos territorios el día que llegaste a esas lejanas tierras? Le preguntó Dios. —Sí, marqué mi majada miccionando en la piedra más grande que encontré. ¿Cómo lo sabes?. Preguntó con recelo, nuestro mono.
Dios sonrió nuevamente, le tendió la mano y le dijo, casi con ternura, “Huele aquí, entre mis dedos”. Nuestro héroe reconoció su olor y supo en ese momento que nunca había abandonado la mano de Dios.

¿Y usted? ¿Cree usted que es libre?

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