Tormentas y amores imposibles en una pared

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Tormentas y amores imposibles en una pared

Piramus y Tisbe de Poussin

El formato de la pintura es enorme, 1.92 x 2.75 mts, incluso comparada con los encargos que la Academia solía hacerle. Ya en su época considerado como una de las pinturas de Poussin más difíciles de leer. El título «Píramo y Tisbe«, normalmente clave esencial para la interpretación de la pintura barroca, en este caso tan sólo muestra la punta del iceberg del drama que la tela representa. Estoy en el estudio del Dr. Bleuler, en lo que debió ser el salón de fumadores de la casona manicomio. Una de las paredes está tapizada de libros sobre psiquiatría y medicina. A un lado veo las ediciones de Jung, Piaget y la inevitable obra de Freud en la anotadisima edición de Fisher Verlag. Para romper el silencio embarazoso de que suele iniciar nuestras sesiones, le hago notar al Dr. Bleuler que la historia de Piramo y Tisbe no sólo fue tratada por Boccaccio o Shakespeare, sino que también Góngora le dedicó un poema. Él no se sorprende, y me replica que la reproducción que ocupa casi la integridad de una de las paredes del estudio, fue ordenada por el mismo director Maynard. Fue un pequeño escándalo, me cuenta en tono conspirativo, la dirección cantonal casi revocó el pedido que Maynard había hecho a un copista famoso de Sidney que había residido unos meses en la casona.

¿Por qué creo que la historia de Píramo y Tisbe fue tan importante durante el medioevo? —Me pregunta el psiquiatra a boca de jarro. No estoy seguro. Quizá porque su historia, su drama, su amor imposible, pero inquebrantable, la pasión que fue alimentada tan sólo por sus propio discurso amoroso a través del espeso muro que los separaba, y finalmente la muerte trágica, fue una especie de consuelo para el mundo de represión sexual propio del medioevo. Le respondo mientras fijo la mirada en el cuadro, como cuando en el colegio miraba al techo en los exámenes orales.

Píramo encuentra el velo de Tisbe ensangrentado la noche en que finalmente han convenido entregarse mutuamente en el bosque, enloquecido de dolor al creer que Tisbe ha sido devorada por una leona, desenvaina la espada nacarada y se da muerte. Al volver de la cueva donde se había refugiado, Tisbe se da cuenta que el velo que había perdido al huir despavorida está manchado de la sangre que la fiera traía en sus fauces, y que esa confusión es la causa de la muerte de su amado. Sin dudarlo, toma la espada ensangrentada de las manos de Píramus y se da muerte, haciendo de la daga del amado «verdugo y ministro», como dice Góngora en su poema. En la versión que Ovidio recogió e hizo entrar en el imaginario medieval, la sangre de los amantes es la que explica el color de las moras.

¿Hablar de la «Metamorfosis» de Ovidio es parte de mi tratamiento? Le pregunto de manera provocativa al psiquiatra. Usted nunca quiere hablar de nada personal, me replica el Dr. Bleuler. Yo sonrío y le hago una mueca de «¿Qué podemos hacer?»

El parece comprender y comienza a hablarme de la pintura de Poussin, sobre quien resulta ser una autoridad. Me habla también de muchos pintores menores y me muestra reproducciones y variaciones del tema en varias técnicas. En todas ellas siempre aparece Tisbe en el momento de quitarse la vida, desesperada por la muerte de su imposible amante. En algunas Tisbe, con ropas de la época de Poussin, anacronismo típico de la pintura de la época.

Yo lo miro con atención, pero mi mente vaga en la tormenta del cuadro. En esos árboles que se doblan bajo el efecto del viento impetuoso, en la oscuridad desbordante, en la lluvia, en los relámpagos y truenos que caen en diferentes lugares, y otorgan a la escena ese sentimiento de caos.

En una especie de orden cósmico, los personajes del cuadro, actúan según el tiempo que hace; unos huyen a través de la explanada, y siguen el viento que los empuja; otros por el contrario van contra el viento, y avanzan penosamente, cubriéndose los ojos con las manos.
Por un lado un pastor corre y abandona a su manada, al escapar de un león, que luego de haber diezmado a unos bueyes, se apresta a atacar otros. Mientras otros arrean el ganado y tratan de salvarlos. En ese caos se elevan polvaredas en forma de tornados. Un perro a lo lejos, ladra y erizado pero sin osar acercarse. En primer plano de la pintura Píramo yace muerto, y cerca de él Tisbe transida de dolor trata extiende sus manos hacia él en señal de ayudar. Ellos se opusieron a la dirección del viento… a la dirección del destino. Si Tisbe viviera en nuestro tiempo, la tendrían como a Riva, encerrada en una habitación. Pienso y asiento para mí mismo con la cabeza. Mi psiquiatra también asiente y sonríe, sin darse cuenta que estamos de acuerdo sobre cosas diferentes.

Todo el mundo habla del academicismo de Poussin, termina diciéndome el Dr. Bleuler, pero escuche lo que dice Cezanne: « Quisiera, como en el Triunfo de las flores, unir las curvas de las mujeres a las cuestas de las colinas. Quisiera como Poussin, insuflar razón en la hierba y lagrimas en el cielo. »

Los cuarenta y cinco minutos de mi sesión semanal han concluido y el Dr. Bleuler me mira con simpatía: -Un día tendremos que hablar de Usted. Me dice, tendiéndome la mano.

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