Para que desaparezca el mundo

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RESEÑA DE:

Humus

Alfredo Saldaña

Editorial «Eclipsados»

Zaragoza, 2008, 69 pnas.

Entre las abigarradas calles de la poesía (Tradicional, Surrealista, de la Experiencia…), existe una más secreta y menos transitada donde sus vecinos como Jaime Siles (La realidad y el lenguaje), Antonio Gamoneda (Esta luz), José Ángel Valente (Punto Cero), Paul Celan (Rejas del Leguaje) o Paul Valéry (salvo en el maravilloso Cementerio Marino, belleza en estado puro) caminan meditando. Es esa que se ha dado en llamar de la Poesía del Silencio, pero también de la Metapoesía y no pocos nombres más; esa donde la búsqueda de la belleza es también del conocimiento, y donde los recursos literarios son ágoras de indagación, reflexión o discernimiento; ágoras profundas y hermosas.

Entre los habitantes ilustres pero casi escondidos de esa calle se encuentra Alfredo Saldaña, por ello cuando en el 2006 la actriz Rosa Fontana me dijo que su hija Esperanza Lemos (nieta del actor Carlos Lemos e hija del realizador de TVE del mismo nombre) me encargaba que realizase una antología teatral con textos de los principales poetas aragoneses contemporáneos, no lo dudé y junto a las tres uves (Vilas, Verón, Vallés) -la poesía aragonesa es un whisky que sabe a soledad y locura-, junto a Guinda, Tello, Forega y un puñado más como M. Labordeta, Ildefonso Manuel Gil o Julio Antonio Gómez, puse a Alfredo Saldaña. Después, los compromisos de Esperanza aparcaron el proyecto y queda pendiente su realización.

No conocía entonces a Alfredo Saldaña personalmente; de hecho, no conozco a la mayoría de los poetas aragoneses pues trescientas razones que son kilómetros me lo impiden, además de que prefiero leerlos antes que frecuentarlos ya que como imprimió Keats: «Un poeta es la cosa menos poética del mundo»; sin embargo, seguía con interés los textos de este poeta, así que en Julio del 2008 y a petición mía, tuve un desayuno de trabajo con el autor en una historiada cafetería de Zaragoza. Humanamente Alfredo Saldaña me decepcionó por su sensatez y sentido común, pues su poesía honda y filosófica me hacía esperar un destello de esa rabia y enajenación que sólo produce la lucidez, mientras que el autor resultaba contenido, inteligente y amigo de escuchar más que de hablar. No necesita hacerlo. Su poesía y, más en particular, su última entrega, se desperdiga por Internet en versos que hablan por él y que invitan a leerlo.

Alfredo Saldaña nació en 1962 en Toledo. Es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Zaragoza, y autor de los libros de poesía Fragmentos para una arquitectura de las ruinas (Zaragoza, PUZ, 1989), Pasar de largo (Zaragoza, PUZ, 2003), Palabras que hablan de la muerte del pensamiento (Zaragoza, Olifante, 2003), y El que mira las palabras (Bari, La Torre degli Arabeschi, 2004). Humus (Zaragoza, Eclipsados, 2008) es su último poemario.

Humus es un libro pausado, introspectivo y devastador. Un libro que canta al vacío y el silencio; que es una forma de resistencia (Caballero Bonald, tan diferente, lo suscribiría) ante la banalidad imperante y la fragilidad de vivir. Un libro existencialista (somos meros organismos, parece decir, adornados por la razón -o sinrazón- que acabarán siendo humus), esencial y sobrio. Un canto a la vida que se quiebra segundo a segundo, para constatar como Bergamín que somos tiempo (sin duda, nuestra alma) y memoria.

Tiene la poesía de Humus algo de la pintura de Francis Bacon, ese pintor inglés que desvela al hombre como carne mortal y estéril, putrefacción en marcha, ceniza rosa; y de la conciencia de Maurice Blanchot, pues el ser humano de este poemario camina, ama, lee, sueña y, sobre todo, sabe que está solo en el desierto de la existencia, solo ante el abismo de la tierra que le rodea; solo y condenado a acabar en carroña. Tiene el autor algo de la reserva, la renuncia, de un filósofo de viejo cuño que hace que su poesía tenga, asimismo, algo de aquello que decía Blanchot en La Escritura del Desastre: «Si para Freud <<nuestro inconsciente no sabría representarse nuestra propia mortalidad>>, eso significa que morir es irrepresentable»; a lo cual Saldaña le da la vuelta adelantando a Freud, Blanchot o Derrida para decir que el presente, lugar y tiempo de la muerte es la vida misma, es decir, que ya estamos muertos y somos pedros páramos en el Yucatán de nuestros días, nada más que humus, o sea, nada tornándose en  humus.

Eso es, pues, la poesía de este libro, un afilado bisturí de pensamiento lírico que desentraña la falacia del mundo, pero igualmente una maravilloso velo tras el que esconder el estremecimiento, porque: «El mundo se esconde detrás de la palabra. / Aparece la palabra / para que desaparezca el mundo. / Polvo en el viento, relato de nadie. Y /  mientras tanto -ya lo ves, ya lo sabes- / todo eso sigue sin curso, sin por qué», escribe el autor.

He aquí un libro con la belleza de una cuchilla de afeitar junto a las venas en un instante de desesperación; un trago largo de absenta y lucidez. Absténganse seguidores del pensamiento débil.

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