Una pregunta sobre el amor

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Sus embates amorosos han debido durar buena parte de la noche. A la hora más temprana del alba, rendida por los goces carnales, con las mejillas aún cubiertas del rubor del placer que apenas ha aprendido a dar y recibir, ella duerme con abandono. Su brazo ingenuo, buscando prolongar la cercanía con ese cuerpo ardiente que en la oscuridad le proporcionó tanto placer, reposa inverecundo sobre el sexo de su amante. Su gentil y virginal aspecto, no obstante las llamaradas de pasión nocturna que el espectador adivina, sólo destella inocencia.

El jovenzuelo con rostro de zascandil que se apresta a abandonar el amoroso lecho, sonríe con descaro y auto complacencia al espectador. Su mirada y su sonrisa dejan intuir que para él se trata de una conquista erótica más y sin mayor consecuencia. En su arrogante impostura no parece darse cuenta que tiene un pie enredado en las sábanas, y que su durmiente conquista reposa sobre una de sus alas, apresándolo. De hecho, una segunda mirada sobre el cuadro revela un nudo amoroso hecho por los cuerpos de los amantes en el centro mismo de la pintura. Abriéndose la interrogante: ¿se despertará la joven cuando Cupido —pues así se llama el personaje— abandone el lecho?

Es de Cupido el arco que descansa apoyado sobre el lecho y, son de Cupido las alas sobre las que reposa la doncella en gesto de abandono, quien por la mariposa que revolotea sobre su cabeza y el emblema que decora el lecho, los espectadores pueden deducir que se trata de Psique —que en griego tiene la doble significación de alma y mariposa—.

Una pregunta sobre el amor

El asno de oro, considerada la primera novela de la cultura occidental, cuenta que Venus, celosa de la contumaz belleza de Psiche, envió a su hijo Cupido a la tierra para castigar a la bella y mortal Psique. El castigo consistiría en hacer que Psique se enamore del hombre más feo y abyecto que existe en la tierra. En vez de llevar a cabo su cometido, Cupido al verla se enamoró de Psique y gracias a la complicidad de Zéfiro, se la llevó a un lejano palacio en el cual convivían como amantes con la sola condición de que Psique no lo vea durante el día y, por tanto, desconociera la identidad de su misterioso y fogoso amante.

La historia original, recogida o inventada por Apuleyo en los libros centrales de su novela es mucho más complicada: las hermanas de Psique, celosas de su fortuna amorosa, le aconsejan que viole su promesa y le dan la cera y el mechero para que cuando su amante esté dormido, ella espíe su rostro y descubra quien es tan fabuloso amante. En su desgraciado intento, Psique derrama un poco de cera sobre Cupido, éste se despierta presa de encono y la abandona inmediatamente. En una serie de pruebas y desgracias —dignas de un culebrón venezolano— Psique al final es perdonada y Zeus mismo interviene para que la pareja quede constituida oficialmente. Al final Psique y Cupido tienen una hija llamada Voluptuosidad.

El lienzo de Jacques Louis David —realizado en 1817 y que ahora cuelga en el Museo de Arte de Cleveland— presenta la historia en una forma tan poco ortodoxa que en su tiempo despertó las críticas de la Academia. En la mayoría de las representaciones del mito, Cupido es un jovencito tan virginal como Psique, y es representado volando antes del amanecer. Por el contrario, David hace de Cupido el más probable sospechoso de las vicisitudes que vivirá Psique.

La mariposa que se cierne sobre el cuerpo de Psique, amenaza con perturbar su delicado sueño. David probablemente sabía que Psique alude, tanto a la mariposa como al alma, y, por tanto, el insecto también alude a lo onírico, al espíritu dormido que flota, separado de su cuerpo durante el sueño. La refundición del mito de David deja al espectador en un estado de suspenso. ¿Qué pasa si es Cupido quien despierta a Psique? ¿Qué pasa si Psique domina su abrumador deseo de verlo, pero es la torpeza de Cupido la que hecha a perder los secretos de su amor?

Y si hiciéramos un salto cualitativo y nos preguntáramos: ¿Debe el amor enceguecer nuestro entendimiento para poder subsistir? Yo —antes de tocar la puerta del estudio de Bleuler— también sonrío con malicia ante la idea de hacerle esta pregunta a la Doctora Montserrat Pí en nuestra última sesión.

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