La Esfinge

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Dragó con Hosni, el pasado 17 de enero

Desde lo alto de su rostro de Gioconda la historia de la cultura nos contempla. Si Egipto es un don del Nilo, el mundo es un don de Egipto. La UNESCO se dispone a elegir un nuevo secretario general. Hasta ahora sólo se ha presentado una candidatura de peso. Es la de Faruk Hosni, a quien llaman Ministro de la Esfinge, aunque en realidad lo sea de Cultura en su país, por ser el hombre que al hilo de diez años que conmovieron el mundo restauró y consolidó el monumento más sugestivo de la historia. España debería apoyar esa candidatura. Zapatero y Moratinos tienen una ocasión de oro para demostrar que su Alianza de Civilizaciones no es mera palabrería de tente mientras presumo. Hosni es mucho más que un político. Accedió al cargo que ahora ocupa en 1987. Antes había hecho muchas cosas, y todas bien. Nació en Alejandría cuando esa ciudad era aún crisol cosmopolita de cien culturas. Capitaneó allí, jovencísimo, en El Anfushi, paupérrimo barrio de las clases bajas, un centro, hoy leyenda, que irradió artes plásticas, poesía, música y teatro en un entorno donde nada de eso existía. Fue agregado cultural de la embajada egipcia en París cuando en la capital francesa coleaban las levaduras del 68. Dirigió luego la Academia de Artes de su país en Roma. Perdura aún lo que allí hizo. Siempre ha sido, por encima de cualquier otra vocación, pintor de fuste con lienzos colgados en los mejores museos de la tierra. ¿Ministro, sólo, de la Esfinge? Con tan hermoso como injusto remoquete pasará a la historia. Apunta lo de injusto a la evidencia de que Hosni, que es el visir más antiguo de la hégira de Mubarak, ha desarrollado al frente de su ministerio una actividad más propia de los colosos de Memnón que de un hombre de carne y hueso. Mencionar sus iniciativas, coronadas todas por el éxito, requeriría tantas columnas de El Lobo Feroz como las que existen en la sala hipóstila del templo de Karnak (y son 134). Baste con decir que si Egipto es hoy la indiscutible metrópoli cultural del mundo árabe y El Cairo una de las ciudades más ilustradas del planeta, eso se debe al formidable empuje de Hosni. Sé de lo que hablo. Hace unos meses entrevisté al reconstructor de la Esfinge para las páginas centrales de este periódico y raro es el año, desde hace muchos, en que no voy a Egipto. Conozco ese país, del que me siento parte, como si fuera la palma de mi mano. Nunca hasta ahora ha dirigido la UNESCO un musulmán. Ya toca. Es, por añadidura, la primera vez que todo el mundo islámico cierra filas en torno a una sola candidatura consensuada. Invoco, sin retintín, los lazos existentes entre la España que fue mora (porque egipcia, como todo, lo fue siempre) y el Islam que fue español. Huelga añadir que Hosni está en las antípodas del fundamentalismo. Su presencia al frente de la UNESCO suavizaría no pocas tensiones entre zonas del mundo que son complementarias y no opuestas. Consiéntaseme un golpe de efecto y afecto: la Alhambra, la Giralda, la mezquita de Córdoba, Ibn Arabí y Abentofail abonan lo que pido. Abónelo también nuestro gobierno. Egipto espera que España cumpla con su deber.

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