Errores de Bush y desafíos de Obama en Oriente Medio

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OR ADRIÁN MAC LIMAN.

La política reciente para Oriente Medio ha llevado a un callejón que tiene como única salida el diálogo y el cambio de enfoque.

George W. Bush, el tejano que estuvo a punto de llevar a la civilización occidental al borde del precipicio, se despide de la vida política. “Lamento haber dicho algunas cosas que dije”, afirmó el 43º Presidente de los Estados Unidos en una entrevista concedida esta semana a la cadena de televisión CNN, fiel aliada de las sucesivas Administraciones estadounidenses en las últimas guerras contra el Islam.

Sin embargo, Bush puntualiza: el mero hecho de reconocer algunos errores cometidos en los últimos ocho años no implica forzosamente el arrepentimiento. El inquilino de la Casa Blanca se siente muy orgulloso de las decisiones tomadas durante sus dos mandatos. Sí, es cierto; el Presidente estima que se equivocó al prometer la cabeza de Osama Bin Laden “vivo o muerto”, al subestimar el impacto de la revuelta de los sunitas iraquíes, al…

Los politólogos norteamericanos consideran que Bush, a quien no dudan en tildar de “peor presidente de los Estados Unidos”, ha cometido errores aún más graves, que han dañado la credibilidad de Washington en el mundo árabe. Uno de los ejemplos que esgrimen los analistas es la llamada Agenda para la Libertad, cuya aplicación provocó efectos catastróficos en países que habían logrado alejarse, en las últimas décadas, de las rígidas estructuras autoritarias de antaño.

Estiman los analistas que el empeño de la Administración republicana de “exportar la democracia” o, si se prefiere, de abogar en pro de cambios sociales rápidos y radicales, ha generado una reacción de rechazo en muchos países del mundo árabe-musulmán, donde el concepto de democracia liberal aún cuenta con pocos adeptos. Los movimientos de corte liberal son, por regla general, minoritarios y carecen de estructuras sólidas y coherentes. Sin embargo, al potenciar esta opción, la Casa Blanca ha llevado el agua al molino de las agrupaciones islámicas, que a su vez propugnan la introducción de una normativa legal más democrática, basada en una mayor participación ciudadana.

De hecho, los movimientos islámicos legalizados en una serie de países como Argelia, Marruecos, Jordania y Yemen, tienen reivindicaciones idénticas a las de los intelectuales prooccidentales. En Egipto, los hasta ahora prohibidos y satanizados Hermanos Musulmanes, lograron presentar varios candidatos “independientes” en las últimas elecciones generales. El los países del Golfo Pérsico, las agrupaciones de corte religioso cuentan cada vez con más adeptos. Aunque el modelo de sociedad que preconizan estos movimientos no son asimilables a las llamadas democracias occidentales, su enfoque es mucho más moderno (y liberal) que el marco establecido por los gobernantes tradicionales, sean estos conservadores o reformistas.

En estas circunstancias, resulta sumamente difícil, cuando no totalmente ineficaz, jugar la baza de los llamados “Gobiernos amigos”, es decir, mantener las alianzas con Gobiernos cuyo único merito consiste en hacer alarde de pro-americanismo. Según Marina Ottaway, directora del programa para Oriente Medio de la Fundación Carnegie para la Paz, Estados Unidos debe reconsiderar su actuación en la zona, haciendo especial hincapié en la defensa de sus intereses económicos y estratégicos, la elaboración de políticas que tengan en consideración las condiciones objetivas de todos y cada uno de los Estados de la región y, por último, aunque no menos importante, que reconozca sus limitaciones a la hora de diseñar medidas idóneas. En resumidas cuentas, lo que se pretende es que Washington abandone la postura triunfalista derivada de la supuesta infalibilidad de George W. Bush.

Para la Unión Europea, el desafío que plantean las relaciones con el mundo árabe se percibe de una manera completamente diferente. Los gobernantes del Viejo Continente suelen centrar su interés en los intercambios culturales y comerciales. Este enfoque ha permitido a los europeos a preservar su imagen, pese al fracaso del Proceso de Barcelona.

Actualmente, tanto los americanos como los europeos coinciden en la necesidad de firmar el parte de defunción del Gran Oriente Medio de Bush, considerando al mismo tiempo que la nueva etapa que se abre tras la victoria electoral de Barak Hussein Obama exige la elaboración de nuevas estrategias destinadas a fomentar el diálogo con el mundo árabe-musulmán. Porque la opción bélica de Bush nos ha llevado a un callejón sin salida.

Adrián Mac Liman

Analista Político Internacional

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