Diferencia y normalidad

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Que todos queremos ser diferentes parece algo normal. Pero, paradójicamente, si es normal es porque forma parte de la norma, y por lo tanto deja de ser diferente para igualarse a los demás.

En realidad, lo de ser diferentes entraña demasiadas complicaciones, sobre todo racionales, como para despacharlo en cuatro líneas. Abiertamente, admitimos que todos los hombres somos iguales, y sin embargo, también admitimos abiertamente, que todos somos diferentes.

La cuestión está en saber cuáles son los elementos “normales” que nos igualan a todos, y cuáles los diferentes que nos otorgan la exclusividad existencial que nos distinguen de lo “normal”.

En todo caso, la búsqueda de la distinción, tanto en el vestir, como en el éxito, o la creación artística es una tentación de la que pocos escapan. Pero, al mismo tiempo, la moda irrumpe en medio del grupo para volver a igualarnos a todos. Queremos ser diferentes a los demás, pero nos vestimos, por esos dictados del mercado global, al igual que se visten los demás.

Los países modernos se presentan ante el mundo como los paradigmas de la igualdad frente a otros Estados mucho más desiguales y, al mismo tiempo, es en estas sociedades desarrolladas donde más desigualdades existen entre sus habitantes, donde hay mayor proliferación de grupos étnicos y religiosos, y donde poder destacar frente al grupo es lo que marca la diferencia.

No hay nada más natural que la diferenciación, porque el ser humano es irrepetible. Sin embargo, todos llevamos, marcado al fuego, la lucha por limar diferencias y, en casos extremos, hasta se persigue a los diferentes, bien por su color, su religión, su forma de pensar o su inclinación sexual.

¿En qué quedamos? Desde luego, no es el ser humano el que tiene la autoridad para marcar los límites de la diferencia, y cuando lo hace, le está arrebatando a la naturaleza su más genuina atribución de hacernos a todos diferentes, genuinos y exclusivos los unos de los otros.

Qué curioso que los que abogan por la igualdad, sean los primeros en establecer normas para suprimir a los diferentes, al igual que los diferentes que pretenden “normalizar” lo que les distingue de los demás, a través de la imposición de los rasgos que les hace exclusivos.

Mientras no admitamos que el hecho diferencial es natural, y nada tiene que ver con la política, la ideología, la religión y la economía, estaremos mancillando la esencia misma del ser humano, y eso es algo demasiado grave como para convertirlo en “norma” de conducta.

La riqueza de la naturaleza reside en sus características singulares con la que todo ser humano nace. Pero, si hacemos del hombre una creación exclusivamente social y cultural, entonces qué más da que existan o no diferencias, si tan alejados estamos de su propia esencia.

No me gusta que los demás sean los que me igualen a los otros, pero tampoco que sean los demás quienes me diferencien del resto. Lo que la naturaleza otorga distintivamente a cada uno es lo “normal”, y eso no puede desdeñarse nunca, por atenerse a imperativos sociales que, en este caso, nunca son naturales, por muy “normales” que pretendamos que sean.

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