Kafka en la orilla. Haruki Murakami. Tusquets.

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Kafka en la orilla. Haruki Murakami. Tusquets.

Hay libros que nos fascinan, que nos enganchan desde el principio. Hay libros que nos sorprenden o que nos encandilan con su estilo sencillo y cuidado. Hay historias que, extrañas a nuestros ojos y mentes occidentales, parecen entenderse con zonas de nuestro ser que están más allá de lo consciente, que atacan directamente al yo y lo rinden. Hay novelas cuyas páginas caen como hojas balsámicas sobre nuestros nervios puestos en tensión por las pequeñas cosas del día a día urbano y “posmoderno”, pequeñeces que nos impiden ver el bosque de la vida.

Kafka en la orilla es uno de esas obras, de todos y cada uno de esos tipos de obras. Su lectura nos atrapa en el tiempo, nos quedamos como el Bastian de La Historia interminable, o como algunos de los protagonistas de esta novela, enganchados en algún lugar donde el tiempo no importa demasiado, donde el reloj carece de sentido y por eso deja de funcionar.

Un adorable anciano que se comunica de forma rudimentaria, que no sabe leer, todo ello a consecuencia de un episodio extraño vivido en su infancia, durante la Segunda Guerra Mundial, pero que posee a cambio la habilidad para hablar con los gatos (con unos mejor que con otros); un adolescente con un complejo de Edipo convertido en “maldición”, que se siente extraño como si de repente se hubiera convertido en insecto (quizá de ahí que elija llamarse Kafka) y que habla con un joven llamado cuervo; una mujer que regenta una biblioteca y cuyo amor y persona quedaron atrás, en un momento concreto de su adolescencia; un joven conductor de camiones que descubre a Beethoven en todo este viaje; un ser humano mitad hombre y mitad mujer… Todos éstos y otros similares son los principales personajes de esta historia que, sin embargo, resulta más normal de lo que parece por lo escrito anteriormente.

Si bajo los sucesos extravagantes que se describen está “tan sólo” el terrible paso por la adolescencia o si, como suponemos, hay más y más que descubrir sobre la naturaleza humana y el intrincado laberinto de sentimientos que conforman su materia espiritual, es algo que queda a elección, por supuesto, del lector y a su capacidad para romper la cáscara de surrealismo bajo la que subyace el texto en algunos fragmentos.

Pero no se puede dejar de recomendar Kafka en la orilla a cualquier mente sensible, a cualquier corazón palpitante, aunque sólo sea para que pueda leer:

“Soy libre”, me digo. Cierro los ojos y, durante unos instantes, pienso que soy libre. Pero no acabo de entender qué significa. En estos momentos, lo único que tengo claro es que estoy solo. Solo en una tierra desconocida. Como un explorador solitario que hubiese perdido la brújula y el mapa. ¿Consistirá en esto la libertad? Ni siquiera lo sé.

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