Comerse la diversión

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La proliferación de las “drogas de diseño” refuerza la lógica de consumo de la que ni siquiera el ocio nocturno ha podido escapar.

Para James, viajar a Madrid le permitía cumplir sus expectativas sobre las discotecas y la vida nocturna en España. Al cabo de pocos minutos de recorrer su primer centro nocturno, localizó a un hombre que vendía pastillas de MDMA, también conocido cono éxtasis. Por veinte euros compró cinco pastillas. Al cabo de una hora, pulverizaba la segunda en el baño y la inhalaba, pues la primera no había hecho efecto.

A los pocos minutos, empezó a notar mareos y taquicardia. La mejora de su estado por el litro de agua que bebió evitó que su acompañante llamara a los servicios médicos y que la cosa terminara como el caso de varios jóvenes españoles que han muerto en los últimos años por sobredosis de este tipo de drogas.

Por menos de cinco euros, una pastilla de éxtasis ofrece hasta diez horas de alteración de la conciencia. Se consiguen con relativa facilidad en discotecas, polígonos o “botellones”, como en España se conoce al fenómeno de beber en lugares públicos.

La sustancia produce sensaciones de equilibrio físico, de apertura emocional y de identificación afectiva con el otro. Estos efectos explican que, en los años cincuenta del siglo pasado, el ejército de Estados Unidos realizara pruebas con la droga para utilizarla como un arma psicológica, según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La experimentación con la sustancia saltó de los cuarteles al diván de psicoanalistas, que veían que el éxtasis amortigua el temor y las reacciones frente a información traumática. También experimentaron con la droga para facilitar la comunicación interpersonal con los pacientes y para tratar estrés post-traumático y para que la gente abriera sus emociones. Sin embargo, la OMS cuenta que Merck la fabricó por primera vez hace casi un siglo y especula sobre si buscaba un supresor del apetito, otro de los efectos que produce el éxtasis.

También puede producir hiperactividad, por lo que se utiliza con frecuencia en las macro-fiestas nocturnas conocidas como raves. Surge el riesgo de deshidratación por el aumento acusado de la temperatura del cuerpo y por el movimiento continuo al que induce la droga. Esto explica que circulen numerosas botellas de agua en las fiestas masivas de música electrónica. Los efectos posteriores se asocian con estados de ánimo bajos, depresiones, dolores de cabeza y fatiga.

Como sucede con otras drogas, el consumidor tiene poco control sobre lo que compra, que puede ir desde un placebo a una peligrosa mezcla de anfetaminas que disparan los efectos o que generan reacciones distintas. Pero en general, las muertes por el consumo de este fármaco se ha producido por una sobredosis, pues muchos jóvenes tardan el percibir los efectos y consumen más de lo recomendado. O lo mezclan con otras drogas como el cannabis o el alcohol.

El MDMA preocupa a expertos y a padres de familia porque supone una alternativa rentable frente al alcohol y frente a drogas más caras. Además, se trata de una substancia que se puede fabricar con métodos caseros sin demasiadas dificultades, por lo que ha proliferado la producción, el tráfico y el consumo de la sustancia, especialmente en ambientes de mucho ruido.

Como sucede con la cocaína, el consumo del MDMA ha dejado de ser un privilegio para personas con recursos. Ahora circula entre las clases medias y bajas de países del Sur, que han importado la cultura de los raves.

El consumo del éxtasis no produce efectos agresivos, pero la mezcla con el alcohol y otras drogas presenta graves riesgos para la salud de los jóvenes. Las nuevas drogas sintéticas se ajustan a los criterios de rentabilidad de nuestras sociedades y al consumismo alienante actual en el que muchos jóvenes se evaden. Por ello se trata de actuar desde la educación (incluida la de los padres) y no desde las medidas policiales de siempre, populistas pero poco eficaces.

Carlos Miguélez Monroy

Periodista

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