El final del principio

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Antes de comenzar a leer la Muerte sobre Armantes, conviene tener en cuenta un dato: la literatura de anticipación (no confundir con ciencia ficción aunque a veces se entremezclan) no goza de una tradición en las letras aragonesas, de modo que su aparición en 1981 supuso un pequeño hito.
Su autor, José Verón Gormaz, venía del mundo de la poesía y el periodismo además de ser un reputado fotógrafo, lo cual hacía la apuesta aún más arriesgada: un poeta adentrándose en los procelosos territorios del posibilismo y el futuro, esos donde Ray Bradbury, Isaac Asimov, Stanislaw Lem o Philip K. Dick gobiernan…
Antes de escribir la novela, Verón había dado a la imprenta libros como Legajo Incorde (1980) o Tríptico de Silencio (1981), donde el lirismo se fundía con la ironía en feliz maridaje envuelto en formas vanguardistas. Antes de escribir esta novela, había dejado bien claro su apuesta por la inteligencia y el culturalismo no exentos de la sorna.
Para colmo de desconcierto, el marco de La muerte sobre Armantes era tan real y cercano que resulta que se encontraba en el casco urbano y las suaves colinas de Calatayud, la tierra del autor, lo cual aún ponía más en guardia al lector. Verón nos presentaba un retrato fantasmal del porvenir, algo así como aquel Zardoz de Sean Connery, Mad Max de Mel Gibson ó 1984 de George Orwell; un mundo fragmentado en tribus enfrentadas, en este caso “terrones” y “espigos”, donde se ha desterrado la rueda y donde consiguientemente las distancias, cualquier distancia, son enormes; algo así como una tierra de taifas en una atmósfera figurativa pero irreal; un mundo cotidiano pero mágico, con esa magia primitiva donde la pintura y las artes, al igual que en la prehistoria, gozan de un valor casi sobrenatural; un mundo con aires de ensoñación cercana al despertar: una ensoñación que sabe que no puede durar.
El resultado es un relato épico pero también una alegoría moral; una novela sobre las convenciones de la civilización y la persecución de la libertad. De todos es sabido que, del mismo modo que la novela realista se ha refugiado en la negra e incluso la policíaca, la novela con voluntad crítica, esa heredera de Jonathan Swift (La muerte sobre Armantes me trae a la memoria aquel inolvidable párrafo de los Viajes de Gulliver: “La diferencia de opiniones ha costado miles de vidas. Por ejemplo, si la carne era pan o el pan, carne; si el mosto de cierto vino era sangre o vino; si silbar era inmoral o era una virtud; si era mejor besar un poste o era mejor arrojarlo al fuego; qué color era preferible para un chaqueta, si negro, blanco, rojo o gris, y si debía ser larga o corta, ancha o estrecha, estar sucia o limpia, además de muchas otras cosas… Y no ha habido guerras tan sangrientas y encrespadas, ni que se prolonguen tanto tiempo, como las ocasionadas por diferencias de opinión, en particular si era sobre cosas indiferentes”) y los autores de la Ilustración, que pretende hacer una revisión del mundo, ha elegido este género, es decir, el viaje a otros mundos y civilizaciones, incluso el nuestro pero en un futuro lejano, para hacer un examen de su época; pues bien, a ese grupo pertenece este libro estructurado en 39 breves capítulos de factura sencilla, que pasó como un cometa sobre los cielos de la República de las Letras, produjo asombro y desapareció. Veinticinco años después vuelve a pasar como un Halley de hielo y fuego. He aquí un libro que ganó el Premio San Jorge de 1981, publicó la Institución Fernando el Católico en edición agotada y sorprende, como en su momento, al lector: La muerte sobre Armantes, una muerte anunciada, pero sin duda burlada.

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