Barbarie o Civilización: Entre el Americanismo Norteamericano y el Hispanoamericanismo Latinoamericano

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Ágora de Atenas

 

Dr. Belisario Rodríguez Garibaldo
Abogado, Sociólogo, Periodista, Analista Político, Profesor y Escritor
E-mail: brodgari@hotmail.com

Web: http://www.pa/secciones/escritores/rodriguez_belisario.html

 

Los Estados Unidos representan el espíritu utilitario y la democracia mal entendida. La civilización norteamericana no puede servir de modelo al mundo. La concepción utilitaria como norma de la proporción social, componen la fórmula de lo que ha de llamarse el espíritu del americanismo. Se ha podido decir mejor del utilitarismo, que es el verbo del espíritu inglés y anglosajón, pues los Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Nacidos con la experiencia innata de la libertad, ellos se han mantenido fieles a la ley de su origen, y han desenvuelto los principios fundamentales de su organización. Sin sacrificarle esa soberana concepción del individuo, han sabido hacer al mismo tiempo, del espíritu de asociación, el más admirable instrumento de su grandeza y de su imperio. Han hecho de la escuela el quicio más seguro de su prosperidad. Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una eficacia admirable, siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad inmediata. El rasgo fundamental de la vida de los norteamericanos es la pasión infinita del trabajo y la porfía de la expansión material en todas sus formas. Aun por sus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es indudable que aquella civilización produce en su conjunto una singular impresión de insuficiencia y de vacío. No le apasiona la idealidad de lo verdadero. Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad. La investigación no es sino el antecedente de la aplicación utilitaria. Mas no existirá un gran pueblo si no ostenta, como razón de su existencia, un ideal desinteresado por los demás. No son bastantes, ciudades populosas, opulentas y magníficas, para probar la constancia y la intensidad de una civilización. No basta la grandeza material para la gloria de los pueblos. Lo que éstos necesitan para perdurar en el tiempo, es que a su sola enunciación, surja a la evocación del espíritu por sobre los arrabales mundanos, cuyo nombre esclarecido anticipe todo un horizonte del tiempo.

Sin embargo Hispanoamérica tiene bases culturales heredadas de España, en cuyo fundamento cultural y social se encuentra a la civilización clásica greco-latina y germano-románica con la influencia espiritual judeo-cristiana. Es la gran tradición de la civilización occidental. La Grecia antigua señaló a las bases generales en reconocimiento a la gran importancia de la filosofía, pero también de la literatura, del arte, en resumen del la cultura en general, y poniendo de manifiesto el respeto a la libertad humana que caracterizó la democracia griega, deteniéndose en esa gracia y equilibrio que el milagro helénico legó a la posteridad. Las características fundamentales de ese pueblo fueron: la gracia, la sencillez, la meditación desinteresada, la moderación, el equilibrio, el dialogo, el respeto al principio de la igualdad ante la ley, unido al criterio del reconocimiento en función de méritos, el insaciable afán de aprender inspirado a la juventud, la esmerada atención al adecuado desarrollo de las potencialidades artísticas del ser humano, el cultivo de la belleza, el culto al coraje, al respeto a la dignidad del individuo, el repudio de la intransigencia y siempre el énfasis en el logro del control racional del mundo, en auspiciar la habilidad de resolver los problemas por la discusión razonada y objetiva. Como ejemplo grandilocuente esta la famosa ‘Oración Fúnebre’ de Pericles o el mundo ideal de ‘La República’ de Platón. Vale destacar la extraordinaria contribución ética que constituyó el mensaje del cristianismo. Siguiendo muy de cerca en influencia a la importancia de las fuentes hebraicas en la percepción literal de la doctrina de Jesús, pero que éste había hecho sensible, con su prédica, la poesía del precepto, es decir su belleza íntima, acerca de la doctrina del Amor de Jesucristo y la gran repercusión de su mensaje redentor para la humanidad. 

La tradición en la corriente de los intelectuales de Hispanoamérica fue la consecuencia ilustrada a través del proceso de emancipación continental. Empezándose a serenar las aguas de la tormenta independentista con la influencia apaciguadora del transcurso del tiempo, se inicio en la búsqueda de nuestras genuinas esencias culturales, en que algunas de nuestras figuras más destacadas comprendieron que no podíamos prescindir de nuestro pasado, que si bien debíamos aspirar legítimamente a nuestra independencia espiritual y cultural, el camino para lograrla tenía que ser el riguroso análisis de nuestra evolución y herencia cultural ibérica que tanto España como Portugal, contribuyo con el aporte de su lengua, su importante historia cultural, que conlleva a la gran tradición greco-romana y el profundo mensaje cristiano, siendo un fundamental elemento de nuestra idiosincrasia espiritual. En este sentido Hispanoamérica hace profesión de su fe en el glorioso destino de esta nueva América nacida de la tradición hispánica de la península ibérica, pero en híbrida mezcla con las culturas indígenas y africanas del nuevo continente, mas no será el único mérito que la Historia le tendrá reservada al puente cultural de la nación ibérica en su histórica relación con los cien cachorros sueltos del León español, que será América Latina.

Es así como la generación de pensadores y próceres de América Hispana se sintieron atraídos por esas ideas renovadoras del renacimiento con influencia clasista y la ilustración positivista liberal, caracterizando un cierto heterodoxismo, que lograda la independencia en muchos de nuestros países, las mentes más altas de Hispanoamérica comprendieron que nada se lograría del rompimiento de la vinculación a Iberia si no se lograba una genuina trascendencia espiritual. Los problemas a los que se enfrenta la América Hispana para un intento de solución de los males que padecemos desde siempre, debe interpretarse en un serio, amplio y riguroso esfuerzo de la intelectualidad hispanoamericana de efectuar una búsqueda de nuestras esencias, de acercarse a nuestra genuina manera de ser, para plantearnos un necesario programa de superación de nuestras carencias. Esa preocupación de la América Hispana en su totalidad, ese bucear con genuina penetración en nuestras raíces, esa constante búsqueda de nuestras características, es una de las tendencias fundamentales de la ensayística hispanoamericana del siglo XX. Las condiciones de la vida en América están presente en la diversa visión sociológica, histórica, filosófica y jurídica. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita, por la influencia migratoria de diversidad racial multicultural, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar a un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro equilibrado y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente en nuestro ser, pero que sin embargo se debía entender esencialmente que tal proceso exponía a la América Hispana a los peligros de la degeneración democrática, que aboga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad, que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento de orden, y que librando de su ordenación jerárquica de valores al sentimiento del ocaso de la decadencia materialista de los nuevos tiempos, que conduce forzosamente a hacer triunfar a las más justificadas e innobles de las supremacías hegemónicas en la degeneración del sistema democrático, con el abuso de la nobleza elitista que sometieron al régimen democrático hacia los sistemas totalitarios del siglo XX.  

Es cierto que la concepción de la democracia estaba animada de un innegable elitismo espiritual, que nada tenía que ver con la antigua nobleza de sangre de las monarquías europeas. La aparición y el florecimiento de la sociedad de las más elevadas actividades humanas, de las que determinan la alta cultura, requieren como condición indispensable la existencia de una población cuantiosa y densa, que es precisamente porque esa importancia cuantitativa de la población, dando lugar a la más compleja división del trabajo y el desarrollo de la educación, posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que hacen efectivo el dominio de la calidad  sobre el número. La multitud, la masa anónima no es nada por sí misma. La multitud será un instrumento de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral y cultural. Estos conceptos anticipan y se encuentran presentes en cierta medida, en las mentes españolas que más influencia ha ejercido en la intelectualidad no sólo de la península sino de la América Hispana. Sin embargo las limitaciones que a las naciones de “Nuestra América”, para utilizar la denominación martiana de la América Hispana, le imponía el afán de imitar el utilitarismo capitalista que veía como una característica de la alta sociedad hispanoamericana de la época, que era consecuencia de su tendencia a emular al vecino poderoso del norte, en su afán de utilidad material y el urgente deseo de lograr el bienestar económico que alejaba al pueblo de Hispanoamérica de la preocupación por el arte y la cultura en general, que es un componente fundamental de la gran tradición civilizadora que España trajo a América con las carabelas de Colón, pese a las claudicaciones que sobre este aspecto de su idiosincrasia cultural tuvo la propia metrópoli a través de su historia nacional y el avasallamiento colonizador. Es uno de los  fundamentales motivos de preocupación de diversos filósofos, psicólogos y sociólogos modernos, no solamente norteamericanos sino también de Europa y de Nuestra América, sobre los efectos negativos que frente al adecuado desarrollo de los valores culturales y espirituales de los seres humanos, produce la ruptura humanista presente en la actual sociedad del consumo. Ese utilitarismo elevado a la categoría de destino del ser humano y la reducción a la mediocridad que ese abandono del mundo de las ideas y la cultura, implícitamente conlleva a los elementos que conformaban la visión Greco-latina del mundo del hispanoamericanismo, aun con el desarrollo vital de la gran nación del Norte de América que producía admiración en nuestros pueblos, que se extendía a nuestros grupos dirigentes, que conllevaba a un afán de imitación. Estaba pues el crítico intelectual enfrentándose a nuestros problemas y señalando, sin dejar de tener una gran respeto por la esencia democrática de Estados Unidos, los aspectos que de la nación norteamericana se podrían tener en una repercusión negativa en Hispanoamérica.

Hay una profesión universal que es la del “Hombre”, es decir la Humanidad entera. Tal pensamiento debe aconsejar que habrá que desarrollar, dentro de lo posible, no un solo aspecto, sino la plenitud del ser humano. El peligro de las civilizaciones avanzadas solamente afanadas con el útil progreso material, tal como ocurre en Norteamérica e Inglaterra con su influencia moderna en el capitalismo mundial, frente a la visión de la hermosura de la vida de Atenas clásica que depende del producir al concierto de todas las facultades humanas, en la libre y acordada expansión de todas las energías capaces de contribuir a las glorias y al poder de los hombres. Atenas supo engrandecer la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo, cinceló las fases del alma del ser humano. El fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, cosechar, sentir, imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías con la posibilidad de ofrecer en un tipo individual a un forma general humana de la especie. Debemos defender en la lucha de la vida, contra la mutilación de nuestro espíritu por la tiranía de un objeto único y utilitario, del entregar a la utilidad y a la pasión, una parte de nosotros mismos, mas aun dentro de la esclavitud material que preconiza el éxito inmediato, que existe la posibilidad de salvar la libertad interior del hombre, a través de la razón y el sentimiento, que justifique a los ideales ilustrados inspiradores de la revolución francesa en aras de la justicia, tolerancia, libertad y equidad, con los valores clásicos renacentista de ascendencia griega sobre la virtud, verdad, belleza y amor. No podemos justificar por el trabajo o el combate de la vida, la esclavitud de nuestro espíritu o la de nuestros prójimos. El principio fundamental de nuestro desenvolvimiento como civilización entera dependerá del ser y mantener a la integridad fundamental de la esencia de nuestra condición humana.

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