¡Es la guerra!

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Frente a mí, en Castilfrío, al otro lado del ventanal, bruma, vapor de hielo, niebla londinense y tejados con costra de nieve en sus junturas, canalillos y canalones.

¿Nieve? No. Será otra cosa, porque no ha nevado. ¡Ojalá lo hiciese! La tele ha vuelto a engañarme. Estoy a mil doscientos metros de altitud, y nada. Ni por ésas. Los in formativos mienten incluso cuando nos dan el parte meteorológico. Hay que verlos al revés: buscando la verdad en el reverso de sus mentiras.

Sueño, desde que me instalé en las Tierras Altas del llano numantino, con quedarme aislado por la nieve, como en las películas de Hollywood. Y no hay manera. No me ha sucedido nunca. Caen cuatro copos y en cuestión de horas aparecen horribles máquinas con hechuras de dinosaurio, dientes de ogro, halitosis de hidrocarburo y vocación de escobas, y lo despejan todo. Las detesto.

Marinetti, D’Annunzio y otros poetas del fascismo italiano volvieron los ojos a la antigua Roma para extraer de sus catacumbas el hermoso ideal de la vita pericolosa. Hemingway lo hizo suyo: caza mayor, pesca de altura, boxeo, toros, enviado especial… Cuando estallaba una guerra, allá que se iba. Estuvo en la de China, en la española y en la mundial. Encajó heridas de metralla, escuchó de cerca el silbido de los obuses, corrió los sanfermines, convirtió el Pilar en buque espía al servicio de los aliados, esquivó acometidas de búfalo, sobrevivió a accidentes aéreos, ayudó a Fidel Castro y un mal día se voló la tapa de los sesos mientras su última mujer, que lo llamaba papá, dormía plácidamente encima de su cabeza recién volada.

Hemingway, al que conocí muy de refilón en el entierro de Baroja, fue para mí, como para Mary, una especie de padre, que sustituía al que no pude conocer, porque también amaba éste la vita pericolosa y fue eso lo que lo condujo a salir de Madrid, rumbo al sur, en otro amanecer aciago: el del l8 de julio del 36.

Siempre, desde que leí Fiesta, quise imitar a Hemingway. Era mi modelo de conducta, mi magister vitae, mi director espiritual y mi fuente de inspiración vital. O sea: lo dicho… Un padre.

Y también yo, como buen hijo, siento el impulso irreprimible de salir disparado (nunca mejor dicho) hacia el teatro de los acontecimientos cada vez que estalla una guerra, hay un golpe de estado, revienta un volcán, ruge un tsunami, cruje un terremoto, deflagra una revolución o la emprende a tiros con cuanto lo rodea un grupo salvaje de alimañas, como siempre lo son los terroristas.

Acabo de volver de Egipto, no quepo aquí, me hierve la planta de los pies, busco afanoso algún otro lugar del orbe en el que refugiarme huyendo de esa orgía de estupidez gregaria que son las inminentes fiestas de navidad, constato por enésima vez que no queda en el mundo un solo rincón que no haya sido devastado por los turistas, recorro con el dedo el mapamundi, es en vano, me desespero, estoy a punto de darme por vencido y, de repente, la maldad humana viene en mi ayuda.

Ya sé dónde ir. Acudo a personas amigas que saben navegar por Internet y les pido que lo hagan a escape para averiguar qué vuelos baratos salen en los próximos días con destino a Bombay y a Bangkok.

Entiéndase en sentido ligeramente lato lo de la proximidad en el tiempo. Me gustaría estar ya volando hacia una de esas dos ciudades o hacerlo, a más tardar, dentro de unas horas, pero no podré emprender la huida hasta que las lucecillas de la navidad se enciendan. ¡Ánimo, me digo, que ya falta poco!

Sé, porque los turistas no son hijos de Hemingway, que no me encontraré con ellos en ninguno de los dos lugares citados. ¡Aleluya!

¿India, Thailandia (y, desde ésta, Camboya, Laos, Vietnam, Birmania… Es la zona del mundo que prefiero)? That is the question. Responderé a ella en función del precio de los billetes y de lo que en el último momento, hacia el 20 de diciembre, me pida el alma.

Anoche puse en el deuvedé Los hermanos Marx en el oeste. Razón llevan, en lo que me concierne, sus protagonistas, hijos también de Hemingway: ¡Es la guerra! Sí, pero en el este. Mejor aún. Allá que me voy. Merry Christmas. Que ustedes lo pasen bien con los turrones de El Almendro.

Vete, vete de casa, por navidad…

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