Los días pasarán

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Amanezco en Ponferrada. Ayer (14 de enero) di una conferencia sobre el juego de la oca y el club Bilderberg. El vaho de la bruma envuelve la ciudad. En el hotel no tienen el periódico cuya lectura suele acompañar mis desayunos. Se les habrá terminado. Cojo otro, de cuyo nombre no voy a acordarme, y lo hojeo, instalado ya en el asiento pasivo del coche que va a llevarme a Madrid. Conduce Naoko.

Mi buen amigo y excelente escritor Juan José Millás inscribe en la columna de la página trasera del periódico en cuestión un par de frases que me sorprenden. Dicen: “Esos chicos que se encadenan a las puertas de una reunión del G-8 no son antisistema. Por el contrario, lo fortalecen al dar trabajo a la policía”.

¡Hombre, Juanjo! Eso es un sofisma. Por la misma regla de tres tendrías que romper lanzas a favor de los terroristas, los maltratadores, los proxenetas o los narcotraficantes.

Sigo. Un tal Jorge Urdánoz Ganuza escribe: “En la polémica sobre el crucifijo en las escuelas olvidan lo esencial: un Estado de Derecho que se precie ha de ser neutral en lo tocante a las creencias religiosas. O se inhibe o da a todos en proporción a su peso”.

Lo de la inhibición parece razonable. Lo de la proporción es un desatino. Supongamos que por cada musulmán hay en España cien cristianos y mil por cada budista. ¿Qué deberían hacer los directores de los centros escolares? Colgar en las paredes de las aulas mil crucifijos, diez versículos del Corán y una estatuilla de Buda o dedicar a los respectivos símbolos iconográficos de las religiones citadas su parte alícuota de pared, medida, por ejemplo, en centímetros?

El pensamiento progre tiene razones que la razón desconoce.

Sigo. Otro titular: “El Vaticano cree que España avanza hacia la estadolatría”. Cierto. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o el Santo Oficio. ¿Acaso no es así? El Leviatán que Hobbes denunciase es ya un demonio omnipresente. Parece lógico que la Iglesia lo exorcice, pero sin olvidar que el Vaticano también es un Estado. Suprímanse todos: los laicos y los confesionales.

Es un decir. Ya sé que no caerá esa breva.

Sigo. “Más de cuatro mil cajas sobre la represión de Franco llegan a Salamanca. Se exponen tebeos de la Guerra Civil como Flechas y Pelayos o Camaradas”. Perplejidad: la mía. ¿Fui un niño reprimido? ¿Padecí persecución política? ¿Es una tortura leer tebeos? El primero de los citados me encantaba. Tendré que ir al psicoanalista.

Sigo, y acabo. Carta al director. Su primer párrafo dice: “Algunos hablan de que lo que está ocurriendo en Grecia es la antesala de una revolución. Yo veo este análisis demasiado optimista”. ¿Optimista? ¡Caramba! No se me ocurre mejor comentario. ¿ Aún quedan a estas alturas del siglo XXI, después de lo que el mundo ha visto con posterioridad a 1789, partidarios de las revoluciones? ¡Marchando otra de perplejidad!

Llego a Madrid. Preparo con mimo el equipaje de mi próxima fuga. Es inminente. Dentro de unos días me largo a Camboya. Es uno de mis países favoritos. Voy a empezar allí mi libro sobre Soseki.

A eso de las ocho pongo rumbo al teatro Alcázar para ver la obra –Un dios salvaje– de la que todo el mundo habla, y habla bien, y lo hace con razón. El texto de Yasmina Reza es magnífico, magnífica es la puesta en escena de Tamzin Townsend y magníficos están Pere Ponce, Antonio Molero, Aitana Sánchez-Gijón y Maribel Verdú en sus respectivos papeles. No cabe pedir más. Llevaba mucho tiempo sin reírme tanto y tan a gusto mientras un escalofrío de terror –el que se deriva del espectáculo ofrecido por la eterna condición humana– añadía al cóctel unas gotas de angostura.

Me voy, para celebrarlo, a beber saké y comer sushi en el restaurante Aki, de mi gran amigo Masato. Está en la calle de Echegaray. No se lo pierdan, y no se pierdan tampoco el acontecimiento teatral del año que ya termina. Aún están a tiempo, pero apresúrense. El dios salvaje, dentro de unos días, hará mutis y reaparecerá, a partir de febrero, en otras ciudades de España. Tiemblen después de haber reído y rían después de haber temblado.

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