Los pájaros de Bangkok

0
110

Pues sí… A pesar de los rascacielos, las excavadoras, las hormigoneras y la contaminación, aún hay pájaros en Bangkok. Los escuché, a miles, en la noche del domingo, cuando, a poco de llegar aquí, me adentré por barrios inquietantes en las entrañas de la ciudad. A lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido. Ése era el lema de los alquimistas (aunque no el de Paulo Coelho).

Iba yo en estado algodonoso, con el cerebro convertido en pulpa de pulpo por el zurriago del jetlag, y en eso, inexplicable e intempestivamente, porque no eran horas, los pájaros en cuestión rompieron a alborotar. ¿Dónde se ha visto una cosa así? ¿Eran, quizá, vampiros? ¿Aludía a esa extravagancia de madre natura el título de la novela con la que Manolo Vázquez Montalbán ganó el Planeta?

Hablé de ella, y de él, el otro día, aquí mismo, antes de remontar el vuelo.

La leí, en Nairobi, hace veinticinco años. No recuerdo ese detalle.

Ignoraba yo, en cualquier caso, que las avecicas de san Francisco, tan dadas a cantar el albor en los romances de nuestra literatura, fuesen también capaces de rasgar el silencio hosco de la noche. Cosas, quizá, de Oriente o ectoplasmas sonoros producidos por el salto de los husos del reloj. El jetlag es una droga psiquedélica.

Mi inquietud del viernes carecía de fundamento. Estoy vivo. No me ha dado un siroco. Seguro que no faltarán lectores de Dragolandia disgustados por la noticia. Serán los mismos –pocos– que no compartieron mi tristeza por la muerte de Soseki. El mundo es ansí (con ene de navajeros), dijo Baroja.

No echemos las campanas a repicar, y menos aún a doblar. Aún tengo por delante el viaje de vuelta. Será dentro de tres semanas.

Me gusta el jetlag. Me incita y me excita. También Bangkok me excita (¿a quién no?) y me excita. Es la ciudad más viciosa del mundo, pero su vicio es virtuoso. Todo el mundo sonríe. Nadie se enfada nunca. Los thailandeses viven en permanente estado de inocencia. No gravita sobre ellos la siniestra sombra del pecado original. Tampoco el de la envidia ni el del miedo a la libertad, que son los dos males de España. La vida es fácil y está, por doquier, al alcance de la mano.

Me entero, por este mismo periódico, de que hay manifestaciones, protestas, algaradas frente al Parlamento… Es pasmoso. Ni yo, ni nadie, ni los tres amigos con los que cené anoche (uno de ellos era David Jiménez, corresponsal de El Mundo en el sudeste asiático), hemos percibido nada. Todo fluye, todo está tranquilo. La normalidad es absoluta. La prensa, siempre alarmista, como los pájaros de Bangkok, no refleja el mundo. Lo inventa.

Mañana salgo hacia Pnom Penh. O no. Quizá me entretenga en el camino. Viajar no es avanzar, sino zigzaguear. David me propone otras aventuras. Arriesgadas, claro, porque si no, no lo serían. ¡Pero si yo he huido de España para escribir el libro sobre Soseki! Sus maullidos cosquillean mi conciencia. Decía Oscar Wilde que podía resistirlo todo, menos la tentación.

Ya se verá.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here